miércoles, 4 de enero de 2012

Tobias Coll 3 - Antonio


Hacía aproximadamente seis años que no sabía nada de Tobías Coll cuando me llamaron una mañana de agosto desde la embajada de España en Brasil. Preguntaban por Ernesto, al parecer el único familiar directo vivo de Tobías. No sabían que Ernesto había muerto once meses atrás de un paro cardíaco mientras prácticaba paddle. Les tuve que poner al corriente y explicarles que mis dos hijas gemelas eran hijas de Tobías, aunque desde hacía ya muchos años era Ernesto quien había asumido su custodia legal. Diez minutos de absurdos prolegómenos nos llevaron a la naturaleza de la llamada. El tono del funcionario del otro lado del teléfono y la investigación sobre la familia viva de Tobías, hacían presagiar una mala noticia. Tobías había desaparecido, junto a ciento veintidos pasajeros y ocho tripulantes más en una de las vertientes del rio Amazonas entre Manaos y Santa Rosa. Una travesía de cinco días en la que convivían todas esas personas, sus respectivas hamacas, y numerosos animales transportados en las bodegas para ser vendidos y sacrificados en el punto de destino. El barco había ardido y se había hundido en extrañas circunstancias en la madrugada del segundo al tercer día de viaje. De momento decían haber rescatado doce cuerpos. Las primeras patrulleras militares no habían llegado al lugar hasta primeras horas de la mañana, alertados por algunas poblaciones cercanas, testigo del espectáculo de luz que suponen las llamas en un lugar como la selva del Amazonas.
Afortunadamente el barco estaba en una de las zonas anchas del rio y las llamas no habían llegado a la orilla. Eso habría dificultado igualmente el que los supervivientes se hubiesen podido salvar. Ella sabía perfectamente que la mayoría de las personas que viajan en esos barcos no saben nadar, que sólo se bañan allá dónde dan pie. Sabía también que lo que no hubiesen exterminado las llamas, el pánico y la profundidad del cauce, lo habrían rematado las corrientes y la contaminación del agua. Imposible salir de esa situación. El funcionario le pedía paciencia y que estuviese preparada para lo peor.
            Amelia colgó aliviada. Conocía bien el recorrido, el barco y a Tobías. Juntos habían hecho dos veces ese trayecto. Juntos habían conseguido sobrevivir un mes en la jungla. Por separado habían conseguido hasta hoy sobrevivir.

Rodolfo Longares 3 - Pau

Aquella horrible imagen le perseguía todos los días. El insomnio, que tanto preocupaba a Elsa, se lo debía todo a aquellas imágenes.
    ¿Cómo dejar de pensar en la noche en que todo se torció en su vida?
    Volvía tarde a casa esa noche, de calles vacías y húmedas, y al pasar por aquel callejón pudo ver a un hombre cogiendo un adoquín del suelo y a ese otro hombre tendido, malherido pero moviéndose todavía. Tuvo tiempo de intervenir, de detener los movimientos implacables que habían abrasado sus retinas, pero no lo hizo.
    Le invadió un miedo insuperable, pensó en su familia, en su vida, en su seguridad… Se marchó de allí apresuradamente, pero a tiempo de oír el impacto sordo de una piedra contra una cabeza y un gemido.
    A los dos días vio la noticia en el periódico. El muerto era un conocido suyo que al pasear se había resistido a un robo. Aún buscaban al culpable. El muerto era el hijo mayor de unos vecinos suyos. Tenía 21 años. Mientras abrazaba en el entierro a los padres deshechos, Rodolfo lloraba de vergüenza y asco hacia sí mismo.

Coral 2 - Diana C

Nunca accedió a verme fuera de la cafetería de la asociación hasta el día del entierro de mi tío Tomás. Mi tío, con el que solo me llevaba quince años, y que teniendo yo ocho ya me dejaba tomar el manillar de su Harley. En la carretera, con el viento de cara y mi espalda apoyada sobre su estómago firme, sabía que no me caería nunca. Ahora mi tío Tomás ya no estaba. No había sido un accidente de moto como todos vaticinaron. Fue un pedazo de alfeizar que se desprendió de una ventana en el preciso instante y a la velocidad adecuada para caerle a mi tío en la cabeza. “Esas cosas no pasan” le espeté glacial a mi madre que, deshecha en llanto, me comunicaba la noticia. A unos les cae el alfeizar justo después de pasar y ni se enteran. A otros les cae delante, se llevan un susto, y continúan caminando. Pero a mi tío Tomás le cayó en la cabeza y lo mató. La vida puede ser así de estúpida, así de volátil. Y sobre todo así de desconsiderada al dejar aquí personas embrutecidas y oscuras y llevarse a mi tío Tomás. Ahora me había dejado la espalda al raso, y ya solo había nada, una nada inmensa, por todas partes.

Coral me vio llegar con la cara desencajada y pálida. Había pasado toda la noche en el velatorio, donde me ahogaba. Salí a dar una vuelta a solas. El silencio de la noche me calmaba. Prendí un cigarro. El humo ascendió hacia las estrellas y me descubrí pensando en Coral. Fue una sorpresa darme cuenta que era la única a la que en ese momento deseaba tener a mi lado. Cuando aparecí en la cafetería me miró y de inmediato aparcó su desdén habitual poniéndome mi cortado. Se quedó parada ante mí un buen rato con los brazos en jarras, y sus manos dijeron “¿Vas a decirme qué te pasa?”. Agradecí su brusquedad, sería como una desconocida si de pronto hubiera sido demasiado amable. Se lo conté, chapurreando como los indios cuatro signos mal hechos. Coral, viendo mi esfuerzo y mi agotamiento, me tomó las manos haciéndome callar, y me miró. Después, con cuidado, las depositó sobre la barra del bar y las suyas dijeron “puedes contármelo con tu voz. Puedo oír”. Se lo expliqué en una especie de trance. Todo lo extraño, hasta que Coral oyese, empezaba a dejar de sorprenderme en aquel estado, en ese mundo donde era posible que mi tío Tomás muriese, donde de pronto Coral me había tomado las manos. Al finalizar le dije “Te parecerá raro, pero me gustaría que esta tarde me acompañases al entierro”. Coral accedió. Todo lo extraño empezaba a dejar de sorprenderme.

Ni siquiera en un entierro dejaba de haber sitio para chismes. Mi madre me apartó y, con los ojos enrojecidos, me dijo “¿Quién es esa? ¿No me la vas a presentar?” Molesto respondí “mejor en otro momento”, pero me asombré de lo ajena que parecía Coral a las miradas curiosas e inquisitivas. Ella miraba hacia el cielo con una mochila entre las manos y su cuerpo se mecía despacio. Trajeron el ataúd de mi tío, el cura dijo unas palabras y Coral lo miraba todo con un gesto de curiosidad que le elevaba la comisura de la boca. A su lado sentía de inmediato paz en mitad del paseo sombrío de llantos. Cuando alzaron la caja y la intrudujeron en su frío hueco, Coral cerró los ojos y una brisa hizo bailar su pelo. Una brisa que pareció tocarla solo a ella. La muerte no parecía algo pesado a su lado. Cuando todo terminó me dijo “Ahora vamos a hacerle un funeral de verdad”. Me hizo conducir hasta Punta Galera, donde nos sentamos a esperar la puesta del sol. Cuando éste tocó el mar, ella abrió su mochila, sacó una caracola y se puso en pie. Sopló y mis ojos se iluminaron al escuchar un sonido saliendo de su cuerpo. Sopló y el sonido convirtió el mar, las gaviotas, los colores cambiantes del cielo, mi dolor y mi sorpresa en una sola cosa. Luego dijo “ahora dile adiós”. Cohibido no hice nada, “ Vamos, ¡Dile adiós!” y tomándome del brazo me hizo levantar. “Adiós”, murmuré, tragándome un bloque de dolor. Coral me obligó a mirarla y muy seria dijo “no te ha oído. Tu tío se ha ido, Fran, y no le volverás a ver. Dile ADIÓS”. Entonces grité. Grité hasta arañarme la garganta por dentro, y volví a gritar, y grité otra vez. El sol se ocultó por completo en el agua y caí en las piedras. Lloré. Coral tocó su caracola, y mi dolor siguió haciéndose agua.

Coral 1 - Diana C

Sabía cómo pedirle un café sin hablar después de sólo dos clases. Cuando ella respondió moviendo sus manos a la velocidad de un banco de peces tuve que pedirle que fuera más despacio. Improvisé un gesto con las mías y ella rió en silencio. Al parecer había querido decir “cama”. También me confundí al pedirle un croissant que acompañase mi café, creo que le pedí una vaca. Cada vez me gustaba más equivocarme por ver el espectáculo de aquella carcajada sin sonido. Reía con todo el cuerpo, se le hinchaban las venas del cuello, los ojos le centelleaban como gotas marinas al sol, y eso era digno de ver en una chica que estaba todo el tiempo tan seria.

Mi vecino sordomudo me había animado a hacer el curso de intérprete de lengua de signos. De sus seis hermanos, él era el más comunicativo. Los demás, habituados a la normalidad de tener voz, no se esforzaban en ejercitarla lo más mínimo, pero él hacía malabares para hacerse entender. Y siempre lo lograba. Cruzárselo en el ascensor era como saltarse una barrera. Y a mí siempre me han gustado los retos.

Fue él quien me explicó que, aunque se presentaban con su verdadero nombre, después utilizaban un mote, un solo signo, para evitarse el engorro de deletrear letra por letra cada vez que querían referirse a alguien. Ella me dijo que se llamaba Coral. Ahora lo escribo y suena a nombre de culebrón venezolano, pero no podía sonar así de sus manos. Lo deletreó como si utilizara una máquina de escribir prendida del aire, como si estuviese marcando los dígitos de un teléfono invisible que la comunicara con el infinito. Entrar en el lenguaje sin sonidos era penetrar en una dimensión mágica. Era como bucear.  Coral - repetí con mi boca. - ¿Como el coro de una iglesia? - y ella frunció la suya. Apretó tanto los labios que se le pusieron blancos, y me hizo el signo por el que se hacía llamar: cerró su garganta con llave y la tiró. Al ponerme el café, la taza, la cucharilla, el plato, todo entrechocó sobre la barra con un estruendo del que ella parecía ser perfectamente consciente mientras me clavaba una mirada llena de ira.

Probablemente hubiera sido más sencillo, para mí, quiero decir, si no fuera por un detalle muy estúpido: me recordaba a una foto de Alberto García-Alix, una que se titulaba “El dolor de Elena Mar”. Era como si ella encajase en ese muestrario de almas en blanco y negro que se quedaron colgando del aire. Seres que por algún revés de la vida, o por demasiados, se torcieron la cara a sí mismos. Coral, además de ese encanto sórdido de animal roto, tenía algo más: sus manos, que hacían magia de prestidigitador moviéndose como mariposas entre la máquina de café y la registradora, entre el cigarro y el cambio, entre las tostadas con mantequilla y sus sentimientos. Un día, lo sabía, esas manos de maga sacarían de su garganta una hilera de pañuelos de colores anudados como las sábanas que un preso utiliza para escapar de su cárcel.

Blue Light 2 - Romanie

BLUE LIGHT 28 años.
La infancia de Blue Light antes de los 10 años vive un presente en la sombra más absoluta. Sus recuerdos se limitan a sensaciones, colores, personajes de fábula, lugares misteriosos, olores y sabores.
El cambio tan radical que experimentó junto con sus hermanos al dejar la comunidad e irse a vivir a la ciudad, desplazó las vivencias dulces y harmónicas que pertenecían al universo conocido de la niña, al estado constante de vigilia y alerta. Estos recuerdos viven un presente activo.
Luz siempre ha definido y redefinido su carácter  según el aprendizaje y el tiempo que pasa, como cualquiera, pero, hace tan solo un año, empezó a experimentar ideas, opiniones y sensaciones con las que no se identificaba. Se sentía como si su cuerpo estuviera habitado por otro ser, con personalidad propia y estuviera hablando a través de ella. Al no ser una persona alarmista ni sensacionalista, esto no llegó a ningún ingreso en la unidad de psiquiatría. Ella se limitaba a observar  esto como una espectadora de un teatro o de una película. No dejaba de preguntarse el porqué de este fenómeno. Día tras día, aparecían frases de su boca que la sorprendían, defendiendo opiniones que nunca había sentido. Todas estas sensaciones las vivía en las entrañas, en el estómago. Era algo casi visceral.
Durante los últimos 12 años Blue había vivido intensamente los viajes que llegó a realizar, y el que más le marcó fue el de Siberia hace dos cuando dejó a Carlos. Hace unos meses que estaba atascada en el proceso de la novela que empezó a escribir en ese viaje. Le pesaba el hecho de no saber concluirla. Esto se juntaba con experimentar este cambio tan pronunciado en su carácter y esto la mosqueaba. Algo no le encajaba y ahora se estaba cuestionando su presente. Su presente es extrovertido, curiosa e interesada en la realidad cuotidiana de los demás, precisamente son estas realidades por las que le surgen juicios viscerales, las vive como si fuera su realidad, de ahí aparecen opiniones desconocidas has ahora.
Blue ahora está en Tallin, alquilando un ático en el casco antiguo. Vive del dinero que tenía ahorrado desde que se fue de casa de Carlos. En Siberia no gastó mucho. Allí calcula que podrá quedarse solo hasta que pase el verano…y después,  aun no tiene planeado nada. Aquí es donde más ha experimentado este estado alterno en ella. En una cafetería comiendo un bollo, paseando en el campo olió una flor que desconocía que reconocía, una calle le era familiar y le hizo recordar…el qué le hizo recordar? Qué coño le pasaba con su pasado? Nunca le había gustado mirar atrás y ahora precisamente algo en ella le hacía hacer precisamente eso. Se dio cuenta de una cosa,  que antes de los 10 años vive un presente en la sombra más absoluta. Sus recuerdos se limitan a sensaciones, colores, personajes de fábula, lugares misteriosos, olores y sabores, no logra dar forma a estos recuerdos, y se propone un nuevo trabajo: darle forma a esos años que desconoce, hacerlos partícipes de su presente, quiere convivir con estos recuerdos que tendrá que crear…

Blue Light 1 - Romanie

DESCRIPCIÓN DE MI PERSONAJE, BLUE LIGHT.
Ella se llama Blue Light y hoy tiene 40 años.
Se crió en una comunidad hippie durante los años 60´en California.
Madre: Susan tiene carrera en Economía, hija de familia bien de Berkley. Carácter luchador, extrovertido, activista de derechos humanos, antimachista, se convirtió en Budista, ejerce de artesana de joyas.
Padre: Robert tiene la carrera de biólogo, ejerce de trabajador forestal y jardinero. Introvertido, sensible, cariñoso, idealista, activista de los derechos humanos, sin religión pero con sensibilidad espiritual.
Blue light es hermana melliza de Nile, y ellos son los mayores de 4 hermanos en total. Sus hermanos pequeños se llaman Sage y Maple.
Blue Light se cría en una comunidad formada por seis adultos y siete niños/as hasta que tiene 10 años. Este es el momento en el que sus padres se separan y Blue junto con sus hermanos van a vivir a Berkley con su madre y mantienen una relación más cercana a los abuelos maternos. Su padre se queda en la comunidad, lo ven en vacaciones y puentes.
Escolarización: Durante el tiempo que Blue convive en la comunidad recibe clases en casa por parte de los adultos, ninguno de los niños va a la escuela. Una vez en Berkley va a una escuela Montesory y luego hace la carrera de Antropología  en la Universidad.
Cronología:
0-10años: vive en Comunidad en Grass Valley, California.
10-23años: vive y estudia en Berkley, California.
23-28años: Trabaja y viaja. (España, India, Thailandia, Europa, México, Guatemala, Indonesia y Senegal.)
26-32años: Casada con un catalán y vive en los Pirineos.
32-40años: Se separa y viaja con proyectos de investigación en su trabajo.(Siberia, Estonia, Islandia, Alaska, Madagascar, Turquía y Kurdistán)
Entre los 10-28 años Blue Light intenta ser uno más dentro de la sociedad, absorbiendo todo aquello que le brinda la sociedad occidental a la que pertenece. Estudia, trabaja, cumple horarios, tiene coche y todas las tecnologías de última generación, forma parte de sa sociedad de consumo común.
A los 28 años se le ha acumulado una cantidad de cuestiones a las que su mundo no puede contestar y chocan con las vivencias en otras partes del mundo donde viaja. Su matrimonio sufre esta misma crisis, se había enamorado de un hombre cariñoso y estable pero ella se estaba aburriendo de esta forma sedentaria de vida, aún sigue con él hasta los 32, de cerca y de lejos.
A los 32 años comienza una nueva etapa de su vida. Decide vivir al margen de la sociedad de consumo y vivir acorde con sus principios. Es un estilo de vida duro para llevar a cabo en su sociedad.
Hoy a los 40 años comienza otra nueva etapa, que descubriremos. Poco a poco las vivencias anteriores formarán parte de esta nueva etapa, como todo, cada etapa contiene elementos que son la semilla de la siguiente.

Tobias Coll 2 - Antonio

2

- Última llamada para los señores Tobías Coll y Ernesto Roig. Acudan urgentemente a la puerta de embarque número siete…
Tobías y Ernesto andaban apresuradamente por el aeropuerto de Ibiza, camino de la puerta de embarque.  Ernesto le había recibido apenas tres minutos antes en la escalera de acceso al control de equipajes, y lo primero que oyó Tobías de sus labios fue un reproche, por tu culpa he tenido que facturar para que nos esperaran. Ernesto era especialista en hacerle sentir mal, y al mismo tiempo, era especialista en rescatarle continuamente para seguir de pie en la vida.
Diez minutos después de franquear el detector de metales, estaban sentados en los asientos 10 A y 10 B del Airbus A320 que les llevaría a Barcelona. No habían intercambiado ni una palabra más después de su encuentro un rato antes. Tobías comenzaba a sentir los efectos analgésicos del Ibuprofeno y pretendía volver al sueño que había dejado una hora antes. Ernesto le dio un pequeño codazo cuando el avión comenzaba a moverse y él entornaba los ojos:
- O sea que ayer dejaste el pabellón bien alto, ¿no?
- No entiendo que quieres decir, Ernesto. Te juro que no tengo la cabeza para  jeroglíficos.
- Cuando te dejé al cierre de la cata, tenías pinta de irte a seguir celebrando un nuevo día en el paraíso. Y tu retraso, e irresponsabilidad, de esta mañana me lo confirman.
- Joder Ernesto, no me jodas con monsergas de hermano mayor, ¿quieres?
- No son monsergas, es una realidad, tenemos una reunión superimportante para trabajar con una agencia de gente de pasta, y varias citas con proveedores, en un solo día en Barcelona, y tú no tienes otra brillante idea que irte de juerga la noche anterior. Tobías, ¿no podías esperar a hoy, cuando volvamos en el último vuelo de la noche?
- Las cosas son cuando son, ya lo sabes. También tú podías haber fijado este viaje al principio de esta semana o para la próxima, no el día después de la cata.
- ¿Cuándo coño piensas tirar esa bolsa?
- No es una idea que tenga en mente, la verdad. ¿Por qué? ¿Te interesa? Te puedo regalar una igual.
- No, no, gracias. No me interesa.
- Ya sé que te suelen gustar mis cosas.
- Eres un gilipollas – Por primera vez en la mañana Ernesto sonríe – No me irás a recordar otra vez que Amelia te dejó por mí.
- No, no, tampoco pensaba en eso. Hace demasiado tiempo, y no me gusta recordar los errores – Tobías también sonríe, aunque sólo a medias - ¿Cómo está, por cierto?
Ernesto calla. Tobías vuelve a cerrar los ojos y por su mente pasa la imagen de su primera mujer saliendo de casa con sus dos hijas pequeñas y Ernesto cargando las maletas de las tres en la primera furgoneta que ambos tuvieron para el servicio de catering. Habían pasado veinticinco años, y las heridas y el negocio, seguían abiertos.
- ¿Con quién estuviste anoche? – Ernesto le vuelve a sacar del adormilamiento.
- Ojalá me acordara. Por suerte, sea quien sea, se marchó antes de que me
despertases esta mañana.
- Si aceptas apuestas, creo que fue el tío de la bodega de Cariñenas. No te quitaba ojo, y le he visto esta mañana camino de Madrid con la misma cara que tú tienes ahora.

José Manuel Ortega - Diana C

Es la caída del crepúsculo. El azote de los tiempos ha ensombrecido los ánimos ajenos y propios. Como hormigas a su hormiguero, los trabajadores regresan a sus hogares en cómodas hileras de a uno. Pero son las siete de la tarde, y las propias hormigas, hecho insólito donde los haya, van más rápido que los coches. Esto se debe al embotellamiento.¿Por qué será que, al suceso conocido como “atasco” se le otorga también este otro nombre? ¿Acaso porque a todo aquel que vive el citado fenómeno le entran unas ganas furibundas de emborracharse para olvidar?  El embotellamiento es sobrecogedor y mortal a esa hora, en la entrada norte de la M-30. Mortal porque se sabe de cinco casos, entre 1997 y 2003, de muerte por aburrimiento. Ahora la gente va mejor preparada. Nintendos, retrovisores con TDT, y la máquina de hacer ganchillo a lo bestia- que está inventada, y si no me cree búsquelo en internet, que es la nueva Biblia- hacen más soportables las horas perdidas. De este modo los atascos han dejado de ser mortales según ha declarado la Organización Mundial de la Salud. Pero no por ello han dejado de ser insalubres. Bien es sabido por todos que, sobrepasando los 10 minutos, comienzan los pitidos. Primero intermitentes, luego pasan a una irritante continuidad. Uno de los coches pita en Do sostenido, otro en Si bemol, y esto sería estupendo si unos a otros se aplaudiesen. Pero los humanos somos animales de costumbres, y dice la tradición que a los bocinazos les siguen los insultos. Algunos los pronuncian por inercia, se lo vieron hacer a su padre, y al padre de su padre, y al padre de su padre de su padre, incluso cuando en aquella época no hubiera coches. A otros la insalubridad del atasco propiamente dicha les afecta tan severamente que si no es a base de improperios y juramentos varios no son capaces de expulsarla. Pero esta terapia tiene efectos secundarios, y es que sube la tensión arterial, hinchando las venas del cuello y de la frente respectivamente por orden alfabético. Y otros los gritan tan solo por si acaso. No saben muy bien de dónde les llueven, y desde luego no saben bien a quién los lanzan. Pero son de la opinión de que el enemigo está en todas partes, y que “más vale un buen ataque preventivo a tiempo que lamentar después”. 

Así, como cada atardecer, los ánimos crispados de unos y otros van juntándose haciendo una ovillo sobre los cinco kilómetros de entrada de la autopista. La calma es difícil de mantener cuando uno tiene una madeja de cláxones, vituperios y gases tóxicos flotando sobre su coche. La máquina de hacer ganchillo a lo bestia toma la punta del ovillo y con paciencia lo va transformando en una bufanda de otoño, con gorro y guantes a juego, pero los ánimos sulfurados continúan añadiéndole hilo al carrete. Los bocinazos cada vez son más disarmónicos, los que pitaban en Si bemol  han decidido pitar en Re, los insultos son dispensados ahora en chillidos estridentes y además sin vocalizar, lo que hace que la maestra de dicción les ponga a todos un cero. Todo se confunde en un gran estruendo que, por otro lado, no hace que la hilera de coches se mueva ni un ápice. Las hormigas, entretanto, ya están todas en su hormiguero, viendo su programa favorito en la Cuatro.

Pues bien, entre toda esta sinrazón, hay un hombre, uno solo, que no pita, que no grita ni insulta, ni se queja de la mala calidad de las prendas en rebajas. Un solo hombre, tras sus gafas de sol, aunque ya haya anochecido, que mantiene la calma. ¿Quién es él? ¿Será un experto meditador zen? ¿Será que los atascos han vuelto a ser mortales y él es el muerto número seis? ¡No! Este hombre en su calma ejemplar, siempre está alerta, siempre vigila. Para él el mal nunca descansa y su jornada laboral no termina, empieza AHORA. Él es José Manuel Ortega, detective privado.

Rodolfo Longares 2 - Pau

    El azar es tan injusto… Rodolfo Longares se rebelaba contra su buena suerte. Por más antinatural que pudiera parecer, por más incomprensión que pudiera generar en quien supiera de su inconmovible postura vital (en realidad nadie, porque él se guardaba mucho de compartirla), no soportaba el sufrimiento ajeno. Había conocido tanta infelicidad, tanta tristeza en los demás… Amigos para los que la vida era una lucha sin tregua ni cuartel, seres sin nombre que le rodeaban y que asomaban la mano por encima del agua que, inmisericorde se esforzaba en ahogarlos. ¿Y él? ¿Qué había hecho él para ser premiado en esta ruleta cabrona de la vida?
    Todo su posible mérito había consistido en remar (y sin demasiado brío) a favor de la corriente.
    Sí, había tratado de disfrutar, y lo había conseguido; en su vida sin estridencias procuró aquietar la pena a su alrededor, ayudar a que triunfara el bien en torno suyo, pero sentía que no era suficiente. Rodolfo creía que era un cobarde, que nunca había luchado, pero dentro de él, sostenía la más cruenta lucha, sin piedad, contra sí mismo.
    Daba gracias, y después escupía.

Paco Azcoitia 2 - Iván

                                  LA TABERNA DEL PATO

  En la taberna del pato nunca falta el olor a caldereta ni el Txacolí, tampoco estarán ausentes en su larga historia de buena gastronomía las noticias no tan buenas. Y es que sobre la foto del pelotari, está el sitio donde descansa una vieja radio Saba, que aun tiene muchas cosas que decir, que contar.   

                                               EL PERSONAJE

    Conozco bien a las gentes que le arrancan al Mar lo que le pertenece, a mi Padre y a mi Abuelo les templó El Cantábrico y Euskadi. Los días de temporal era costumbre ponerse en lo alto de la cuesta del Txolo y mirando a la bocana cagarse en los elementos, luego, todos se iban a la cofradía y tranquilos remendaban redes rotas. De crío, el Abuelo me decía medio en broma medio en serio, que un arrantzale siempre será un arrantzale y me miraba a los ojos y después se reía poniéndome en la cabeza una mano pesada. Los dos viejos eligieron durante la guerra civil la fidelidad a los suyos. Como veis, vengo de noble familia, pero lo de ser un mal nacido es aleatorio y yo nunca quise bailar con el Mar, la única pesca que me pareció interesante fueron todas las morfologías de mujer que exploré. Y mi Madre, intuitiva hechicera con la vista a lo lejos, me decía que la naturaleza de la hembra es más tormentosa que la del cantábrico, y que en ambos mares el aparejo debía ser diferente; Creo que este fue uno de los motivos por los que me matriculó en el colegio de los jesuitas, allí comencé a jugar al fútbol y a rivalizar con otros machos de cinco años.

                                                     LA NOTICIA

    Tras una cuña publicitaria de jabón, una noticia que nadie escucha por que a nadie preocupa. Viene a decir, que disidentes del partido nacionalista vasco fundan otro grupo contrario a las buenas costumbres del régimen. Era el año 1959 y entre los universitarios y clérigos que gestan Euskadi Ta Askatasuna se encuentra el jesuita Diego Ortuña, quien tres años después será tutor de 2º de bachiller.

                                                      CHILLIDA

                              Regresa definitivamente a Donosti en 1951.

Belén García Calvo 1 - Rozío



El sonido de las maletas al caer en el suelo del piso hizo eco.
¡Que vacío!, pensó Belén entre agobiada y divertida… finalmente desechó pensamientos negativos y se quedó con la idea: eso es lo que pasa por no tener moqueta.

Había sido un fin de semana divertidísimo, pese a ser la boda de una de las pocas amigas solteras que quedaban. Hasta el momento, fuera quien fuera quien se casase, desde que vive en Inglaterra, s ha puesto triste en algún momento de la celebración… era una mezcla de dudas sobre ella misma y sus presentes, melancolía de todo lo perdido, sobretodo, del tiempo en que la inocencia creía que el momento del “si quiero” era el culmen del amor, punzadas de añoranza por su familia, que sentía muy lejos en estos momentos de encuentro…. Las bodas inglesas le caían al ánimo como su clima, además….¿porqué siempre tenía que llover?

Esta vez fue distinto, totalmente distinto…

Estaba agotada. Sólo quería conseguir la energía suficiente para desmaquillarse y yacer en el sofá.

Frente al espejo del baño, empezó a sonreír a su reflejo… esta soy yo, ¿quien lo iba a decir?, increíble… desde el primer momento, esa sonrisa y él me miraba todo el rato…vamos, vamos, no te emociones, que ya has pasado por esto, luego no llama y te quedas hecha polvo… ¿Qué hago si no ha llamado el miércoles? Basta!- se dijo a si misma, pretendiendo controlar sus pensamientos…. Pero ellos seguían girando en un torbellino en su cabeza…

El piso era pequeño, pero moderno y elegante. Suelo de parquet oscuro que hacía resonar los pasos, una cocina pequeña, un salón con un ventanal hasta el suelo, donde dormían sus invitados en un sofá-cama, su habitación y un baño… suficiente para una persona, y bien localizado en un barrio tranquilo y cerca del centro de Londres. Belén lo recorrió entero ordenando las maletas y todo los objetos ya ordenados, movida por una ansiedad extra que se ha instalado al quedarse sola en casa con sus recuerdos del fin de semana.

Una hora después, al lado de un cuerpo descolocado en una extraña semitorsión hacia la derecha del sofá, con un cojín incrustado en las costillas, que acompañaba la respiración rítmica interrumpida por unos suaves ronquidos, la pantalla del teléfono de Belén se ilumina al recibir un mensaje.

Rodolfo Longares 1 - Pau

    Rodolfo Longares llevaba una vida feliz, muy feliz, demasiado feliz, pensaba mirando por la ventana de la habitación de su casa, mientras a lo lejos una formación nubosa compacta y negra, todavía no parecía una amenaza para el día brillante que le saludaba esa mañana.
    Todo le sonreía en la vida: reconocido y bien remunerado en su trabajo, una bonita casa casi pagada, unos padres y hermanos para los que era el ser más querido, amigos extraordinarios, y Elsa, la mujer de su vida con la que compartía la felicidad de amor mientras veían crecer a sus dos hijos.
    Demasiada felicidad, volvió a pensar.
    Ya lo tenía decidido. Era el momento de desaparecer, ahora que todo estaba bañado por ese sol abrumador. Las últimas semanas había terminado los preparativos: las notas de despedida para amigos y familia, y la pequeña barca con todos los pertrechos dispuestos. Su plan era internarse en el océano, lejos de las rutas de navegación y dejar que su vida se apagara entre el mar y el cielo.
    El día elegido zarpó. Pasaron los días y un ligero viento le fue empujando sin pausa mar adentro. Las largas horas de encalmadas  y soledad pensaba en la vida de segura felicidad que había dejado atrás.
    Era un cobarde, lo sabía. Tanta suerte en su vida sabía que tenía una contrapartida, y no estaba dispuesto a pagarla. Prefería que todo quedara así, como un bello cuento inacabado. Él le pondría el final.
    A las tres semanas acabó el agua y las provisiones, pero apenas tuvo que hacer esfuerzos para seguir viviendo, pues el mar se mostraba increíblemente benévolo. Bebió el agua que dejaban en la barca oportunas lluvias y comió peces voladores que iban cayendo a sus pies.
    Harto de su buena suerte, contempló la más bella puesta de sol que había visto en su vida, y se arrojó por la borda, dejando que su pequeño esquife se fuera alejando muy poco a poco de él. La última luz crepuscular dejó a oscuras las bocanadas de aire finales de la afortunada vida de Rodolfo Longares.

Paco Azcoitia 1 - Iván

                                                LA FOTO

   Francisco Azcoitia Nasarre,es el tercero por la derecha en la escalinata del colegio de jesuitas de una ciudad del norte,es el único de la foto que posa de espaldas a la cámara.
Por un motivo que no viene al caso dos semanas después le expulsan del centro.
A pie de foto pone:”2º curso de bachillerato (1962/1963).

                                            EL PERSONAJE

    Lo único que puedo deciros de mi y que suene creíble es que me llamo Paco Azcoitia,
pero sé que esto no es suficiente así que por el momento estoy dispuesto a que sean los demás quienes me definan y de poder elegir prefiero que sea una mujer la que intente llegar a la profundidad de lo que soy,bueno,de lo que aparento ser;y la mujer que mejor me conoce,es,sin duda,Aitana Prado.

                                            LA PROSTITUTA

    Mi relación comercial con Paco comenzó hace diez años, desde  entonces siempre ha pagado su cuenta generosamente tras comportarse como un cerdo. La primera vez que le ví supe que llegaríamos a ser buenos amigos, me  pareció solvente,me gustó su forma de vestir,y sobre todo su forma de mirar.Comprendí inmediatamente que podía ser cualquier cosa menos flojo y honesto . La carrera de prostituta es corta,intensa,y sincera,y he de reconocer que ningún otro hijo de la gran puta de las altas esferas me galopó como lo hizo el miserable de Paco Azcoitia .

                                                  LA FECHA

                                                (1946-1993)

Tobias Coll 1 - Antonio


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Suena el despertador. Un politono de bossa nova, demasiado agudo para una melodía dulce. Son las siete y veinticinco de la mañana. Sigue sonando la música. Quizá no sea el despertador, quizá sea una llamada al móvil. Apenas comienza a ser consciente del ruido, y a duras penas entreabre un ojo. Debe ser una llamada, tiene mucho sueño y siente que es muy temprano a pesar de que la habitación esté invadida por la luz del sol. Antes de poder reaccionar más, se detiene la melodía. Era una llamada, alcanza a pensar, se da la vuelta y decide continuar con el sueño que había dejado a medias.
Ni un minuto después, tiempo en el que ha navegado en velero el Mediterráneo desde Ajaccio, y ha atravesado el canal de Suez hasta Port Sudan en el Mar Rojo, el politono de la Chica de Ipanema vuelve a percutir, parece que aún más agudo y más fuerte. Gruñe, vuelve a girarse, alcanza el teléfono, medio segundo antes de contestar una punzada terrible en la sien le anuncia que tiene una resaca de campeonato.
- ¿Qué coño puede ser tan importante a esta hora?- contesta con sabor a cartón en la boca.
- Dentro de una hora despega el vuelo a Barcelona. Tengo ya tu tarjeta de embarque. En quince minutos tendrás un taxi en tu puerta. Espabila, y procura darle una buena propina al taxista.
- ¿Qué? ¿Barcelona?...
No alcanza a decir más, su cabeza de nuevo parece contener una explosión masiva de misiles atómicos. Su socio ha sido claro, quince minutos.
Salta de la cama, camino de la ducha de agua fría que espera que le despeje el mínimo necesario antes de su dosis de café doble. Bajo el agua, imprudentemente, intenta recomponer su memoria y recordar qué pasó ayer. Tan sólo cuando se gira y le da la espalda a la ducha, ve en la mesita de noche una copa de vino vacía y sucia. Recuerda de pronto la cata de vinos del día anterior, la cena con varios bodegueros y los gin-tonics asesinos finales.
Dos ibuprofenos y una toalla son el siguiente paso. Debería afeitarse, pero lo descarta, no tiene tiempo y, sobre todo, detesta ver la cicatriz de 3 centímetros que le atraviesa verticalmente el brazo derecho a la altura de la muñeca.
Enciende la cafetera Nexpresso y mientras calienta el agua, se viste con el primer pantalón y la primera camisa que encuentra. Una ventaja del verano, piensa. Pone la cápsula de café, la taza y presiona el botón de café largo. La cabeza le sigue matando. Esto ya no es como antes. Está a punto de cumplir los cincuenta y seis años. Un nuevo ciclo de siete, piensa. Comprueba los documentos y el ordenador portátil que hay en su  bolso de tela burdeos. Sabe que a su socio no le gusta ese bolso y que por eso le regalo un maletín de piel, desenfadado, pero de piel con los ángulos perfectamente delimitados. Le da igual ahora mismo, no tiene ni tiempo ni espíritu para reflexionar sobre todos esos pensamientos inconexos que llegan a su mente.
Alcanza la taza de café y da un primer sorbo rápido y largo. Parece la primera tregua de este día. Sobre la cafetera, en la pared delante de sus ojos hay una foto enmarcada. Dos chicas adolescentes, gemelas, sonríen jugando sobre un montón de nieve. El color de la foto está muy gastado. Es una pena que no tenga un negativo original, piensa mientras acaba su taza en el segundo sorbo.
Cuando intenta calcular el tiempo que hace que se tomo la foto, escucha un claxon fuera. Recoge su bolso y alcanza a ver un preservativo anudado y una copa rota al pie de la cama. Joder, no consigue acordarse de nada. Joder. Sale y da un portazo.
El taxi está frente a la verja de entrada al edificio. Se acerca a la ventanilla abierta y escucha al taxista.
- ¿Es usted Tobías Coll?

Cuaderno de bitácora: sesiones 6, 7, 8, 9, 10 y 11


Ejercicio: A partir de esta sesión, iniciamos un ejercicio en el que a lo largo de sucesivas semanas iremos desarrollando un personaje. Para la mayoría es el primer intento de escritura continua en torno a un tema, en este caso un personaje imaginado por cada uno de nosotros.


El personaje formará parte de nuestras sesiones los días:
  • 4, 11, 18 y 25 de mayo de 2011
  • 8 de junio de 2011
  • 15 de julio de 2011
Las reuniones siguen fijándose los miércoles a las cinco de la tarde, en el espacio Asociación Mendiarte.
Sin embargo, dos hechos cambiaran el ritmo. Por un lado, la llegada del verano, con la alteración de ritmos laborales que ello supone, por lo que se toma la decisión de que durante estos meses nos reuniremos una vez al mes. Y, por otro lado, el cierre de la Asociación Mendiarte, por lo que el local que hasta ahora hemos ocupado no podrá seguir siendo utilizado. La decisión, en este caso, es reunirnos en alguna de nuestras casas de forma alternante a partir de ahora.

Lecturas compartidas:
  • Robert Mckee: El guión
  • Marvin Harris: Nuestra Especie 
  • Gioconda Belli: El ojo de la mujer
  • Miguel Munarriz: Poesía para los que leen prosa

martes, 3 de enero de 2012

Pedro Lucas Bermejo del Quintanar - Hassan Ahmar

Pedro Lucas nació antes de morir. Su corazón batió 3.000 millones de veces antes de detenerse... por unos minutos. Vió la luz blanca y todo eso pero su mujer le pegó un calambrazo con los hilos de la lámpara de pie del salón y volvió a arrancarse por soleás; cardiopatía que él estrenó con la denominación de arritmia flamenca afásica.
Fue este suceso el que le impulsó a revisar su vida y escribir sus memorias, de las cuales transcribimos las primeras lineas:

    Hola amigos, zoy Pedro Lucas Bermejo del Quintanar. Su voy a hablá de mi vida pa que quede escrito y dicho, pa que lo lean mi biznietos cuando sean mayore. No ze onde voy a morí pero ze que nací muy joven, en Quintanar de la Sierra. Etoy vivo de milagro, por mi bendita mué que me pegó un xispazo con la lu der saló er dia que me dió un ataque al corasóun. Que güena ella, uaapa! Que Dio te proteja, Carmensita!
Mi papa era Don Pedro Lucas Bermejo er Tonadillero y mi mama era su prima Paqui que un dia hasiendo guarradas se les fue la mano y nasi yo. Por suerte no soy subnormá ni na deso. La familia los corrió a palos y se fueron a viví ar Quintanar de la Sierra, que es aonde nasí yo. Allí cresí y me crié, cuidando cabras y tocando la guitarra desde chico. Fui a la escuela argunos días, pero ezo no era pa mi, azín que no fui ma. Lo justo pa prende a leé y aj cribí.
    No zalí der pueblo hata los die año, que fue pa ir con mi padre a la feria de Zevilla a tocá la guitarra. Macuerdo der viaje en mula que nos dimo, menua paliza pa lo güesos. Tre día de marcha por caminos polvorientos y con un caló de justisia. Mi mama lloró cuando nos vio de partí y a mi se me rompió el arma, que pense que no la vería nunca ma. "Pedro Lucas, que ere lo má güeno y armozo que tengo, haz caso a tu padre y no te zepare der. Pedrito, mi niño, ay cuanto te quiero, mi arma..." y azí un buen rato. Era tambien la primera ve que me iba lejo de mi mama. ¡Como me hiso de zufri ezo!, pero me hise un hombre en eze viaje.
    [...]
   
    .
Puede apreciarse su estilo rudimentario que lo hace muy próximo. Su aventura vital se extiende a través de miles de vivencias, pero le faltó incluir su última experiencia, y es que los cadáveres aún no se dignan a escribir, pero podriamos añadir este epitafio a su obra:
   
    Que el ritmo no pare dice una canción de los ochenta, pero un día paró, y está vez para siempre. Volvió la luz blanca y le siguió el más allá, aunque el cuerpo se quedo en el sitio, soltando lo que tenía que soltar por los esfinters y  descomponiendose como se debe, obediente a las leyes de la naturaleza, como hiciera toda la vida. Porque en vida el cuerpo de Pedro fue obediente, pero él no lo fue tanto, fue malo.

Biografía Inversa - Iván

En una de las pocas etapas lúcidas de mi vida, dos  años antes de fallecer en un accidente de tráfico, me  dio por escribir sobre mi necrografía, no por gusto, sino  porque nada honorable podía contar en una biografía, y dicen los entendidos que las biografías de uno las carga el diablo y luego las leen sus nietos .
Son las 19:30 de un doce de abril, un  tipo que resulto ser yo está tendido en el asfalto de una carretera comarcal ,me cubre una manta plateada y mi mujer mira ausente hacia donde estoy, sentada  en una piedra ,lo veo todo nítido ,mientras negocio con Caronte, llega  el juez, al  poco dos hombres me meten en una bolsa negra y después en un furgón isotérmico, de  todo esto hay algo que me jode especialmente y es lo rápido que se apresuran todos a borrar los restos que quedan en el lugar donde perdí la vida, las  escobas apartan los fragmentos, y las mangueras mis restos de ADN, lo único que queda diez minutos después y de lo cual me siento orgulloso, es el rayanazo blanco que dejó tallado el chasis de mi coche sobre el asfalto .
Visto desde esta nueva perspectiva, descubro  lo idiota que fui los años que estuve vivo, Tan  solo hay una cosa en la que creo haber acertado y es la previsión de haberme hecho un seguro de vida, Santalucía se encarga de todo, allí  estoy, ahora  toca tanatorio, aun  conservo el sentido del humor, me  ayuda con el pudor que me produce el desfile de amigos, familia, curiosos, enemigos y deudores que pasan por delante de mi caja de madera innoble, nunca  me había visto en decúbito supino y me descubro una nariz más larga de lo que pensaba, no  veo lágrimas, lo cual agradezco, el  velatorio me aburre, de  todos los pésames apenas dos sinceros. Otra vez en la carretera, todas  estas coronas alrededor me parecen un gasto inútil, también  el combustible de todos los coches que siguen al fúnebre, el  conductor del mercedes largo en el que voy hace chistes sobre difuntos y el copiloto se parte, a mi también me hace gracia, soy  el prota, es gracioso, estaría  bien abrir la tapa de la caja y ponerme a reír con ellos, eso  si que sería un buen chiste para el cardiovascular.
Omito lo de la misa que me hacen, solo  decir que el cura es amigo de la familia y se le perdona el que no sea un buen orador. Deceso es sinónimo de fiambre, incluso  las aseguradoras utilizan la poética.Voy a descansar en el nicho 431,me parece un buen sitio, no  quiero fotos en el frontal, antes  de que me metan en el hueco, reflexiono  sobre la rentabilidad de los campos santos, es  el momento crítico, saldo  mi cuenta con el barquero, Javier  llora, y su madre también, y yo, yo un poco, lo justo, lo justo antes de volver a reír desde esta cuarta planta de adosados unicorporales habitados por vecinos parcos en carnes y palabras . 

Juan García Hurtado, Inventor del Botilófono - Romanie

Juan García Hurtado nació en Barcelona en 1961. Era el hijo mayor de 3 hermanos en el seno de una familia de clase media trabajadora. Su padre era camionero y su madre ama de casa que mientras los hijos estaban en la escuela limpiaba dos escaleras a la semana.
Juan tuvo que dejar los estudios a los 15 años y ponerse a trabajar para ayudar a la familia. Su carrera empezó cuando a los 18 años se sacó el carnet de camión y se puso a hacer repartos de larga distancia entre España y Francia. Juan era el orgullo se su familia, joven, trabajador y  viendo mundo.
Fue durante las largas horas que pasaba solo en su camión, conduciendo, escuchando conversaciones en su cabeza y otras veces incluso música, cuando inventó un juego de memoria, recordando las secuencias de palabras que venían a la cabeza.  Luego musicalizaba esas letras formando canciones…y ahí fue donde nació el conocidísimo Botilófono, tan apreciado por sus usuarios.  Juan creó este aparato instrumental electrónico,  adaptado al volante de su camión para seguir componiendo y grabando mientras conducía. Su inventor dice que lo hizo por necesidad, ya que la música y palabras se surgían de uno en este estado de meditación mientras uno conduce es imposible reproducirlo. Ahora han pasado 6 años desde que el Botilófono fue inventado y un 25 de la población española ya dispone de este aparato, altamente recomendado por psicólogos y terapeutas. Juan ya no necesita trabajar de camionero repartidor, pero asegura que es una necesidad para él, que si no es por dinero, lo puede hacer como voluntario para alguna ONG. Actualmente Juan está trabajando sobre otro invento que espera llegar al mercado en 2012.

Biografía - Antonio

No queda mucho. Eso escucho continuamente. Parece ser que no soy más que un viejo, alguien que ha superado hace ya algún tiempo su esperanza de vida, y para quien cada día es un regalo. No saben realmente hasta que punto mi vida ha sido una lucha constante.
 Fui hijo único, caso extraño en una familia plagada de partos múltiples. Eso no me hizo ser más querido. Nunca supe quien fue mi padre, y a mi madre la perdí antes del primer año de vida. Mi familia extensa a duras penas pudo hacerse mínimamente cargo de mí. El barrio en el que vivía, una ciudad dormitorio a las afueras de Madrid, ayudaba sobremanera a la dureza del día a día. Desde muy temprana edad, las calles fueron mi medio, y mi escuela. En ellas aprendí por partes desiguales lo malo y lo bueno. Mi clara tendencia a la soledad y a la individualidad, tuvo que moderarse en la adolescencia, donde sólo valía ir en pandilla para poder trapichear de la mañana a la noche, y poder tener una mínima protección. Fue entonces, en esos precoces años, cuando comenzaron los escarceos con el otro sexo y las peleas en callejones oscuros. Cicatrices y conquistas tan frecuentes como efímeras. Llamé la atención, y me atrevería a decir que incluso la admiración, pero, sobre todo, provoqué odio y envidia, entre los míos y los otros. Desde arriba se cae mucho más rápido. Una noche, después de ganar la última pelea, cansado y sonriente, una pandilla me esperaba cerca de mi casa. Eran siete. Uno perdió un ojo, dos salieron huyendo, y los otros cuatro me dejaron en un estado agónico. Dos días pasé escondido entre la maleza, durmiendo en cartones húmedos, tiempo suficiente para decidir que tenía que marcharme lejos.  Esa misma tarde me colé en un tren comercial hacia el norte.
En Bilbao comencé una nueva vida, anónima, buscando mejores opciones que la calle. Se agotaba mi primera juventud, y sentía las ganas de escribir sobre renglones rectos. La pelea de Madrid me había dejado una leve cojera que arrastraría el resto de mi vida, lo cuál no me impidió pasar los siguientes años como eficiente controlador de plagas en los sótanos y aledaños del Mercado de la Ribera.  Allí apenas hice amistades, a pesar del trato afable que siempre me dieron, y centre mi vida en el trabajo lejos de las distracciones y juegos que parecían atraer al resto. Aún así, mis compañeros siempre supieron respetar esa distancia creada por mí y no tuve que hacer frente a nuevos conflictos y peleas.
Nada dura siempre. La remodelación del edificio del mercado, me volvió a dejar perdido y merodeando. Ya cercano a la madurez, decidí dar un giro total y me fui al interior, a las montañas cercanas, buscando naturaleza y calma. El primer invierno fue muy duro, el segundo peor, y sin embargo alguna extraña razón me decía que había de continuar estando en este lugar. Cuando no has conocido grandes comodidades, el simple sol unos minutos y algo que llevarte a la boca son siempre suficientes.
El tercer año cambió mi suerte. Conocí a Loulou cerca del puente viejo. Hacía poco que su familia había comprado una caserio en la región. Era mucho más joven que yo, pero nunca sentí que estuviese fuera de lugar con ella. Su familia, poco a poco, fue admitiéndome en su círculo, y finalmente en su casa. La vida en el campo me pareció siempre mil veces menos dura que la vida en el barrio. Nuestra familia creció. Loulou y mis hijos me ayudaron a dulcificar mi carácter y a disfrutar su compañía. Fueron sin duda, los años más felices de mi vida.
Hace poco una desgraciada intoxicación alimentaria se llevó a Loulou de mi vida. Mis hijos, de alguna forma, heredaron parte de mi inquietud y se marcharon hace ya algún tiempo. Nuestra familia se conformó temporalmente conmigo. Hasta hace unos días, en que me siento mal y cansado. No han dejado de hablar ni un solo día con el veterinario del pueblo cercano, y parece que hoy iremos a verlo.  Me siento tranquilo y lúcido, no sé lo que me espera, pero tengo la sensación de haber tenido una magnífica vida de gato.

Biografía - Rozío



¿Me preguntas por mi vida? Apenas puedo destacar dos o tres anécdotas con un cierto interés, así que puedo resumir diciendo que he sido moderadamente feliz, apenas he sentido miedo ni hambre y he aprendido alguna cosa. Supongo que es suficientemente bueno para ser un gato.

Apenas tengo recuerdos de mis primeros días: dormir apelotonada, oír constantes maullidos de mis hermanos y pelearme por la comida con todos ellos. Después de eso, tras un viaje en una caja, ya me quedé sola.

Sé que soy bonita, me parezco a mi madre, pero nunca he sentido nada especial por ninguno de los gatos que me rondan. Quizás tiene algo que ver con la herida que me hicieron a los 6 meses, pero apenas recuerdo cómo ocurrió… tenía tanto sueño. Eso sí, volver a subir en ese trasto ruidoso que tiembla todo… ¡ni loca!

Reconozco que no soy muy aventurera. En realidad me da miedo alejarme de casa. Un día estaba olisqueando la guarida de un ratón tan ensimismada que no oí llegar a los dos perros. Reaccioné tarde pero rápido y eso me salvó. Tan sólo alcanzó a clavarme un diente en la cola el primero de ellos. Me revolví y lancé un zarpazo que le dio en la nariz, y me pude escapar. Corrí como nunca perseguida por ellos, pero alcancé el árbol y subí hasta lo alto. Estas emociones son más fuertes que mi curiosidad, así que ahora me limito a husmear en un pequeño territorio, sentarme al sol sobre un cojín, mantenerme bien limpita y dormir todo lo que puedo.

Ahora, después de olernos, me iré a buscar unas caricias.

Hasta la vista

Florencio - Pau

    FLORENCIO (Retazos de una biografía real)


    Yo lo conocí en Cáceres hace ya muchos años. Florencio había llegado allí vagabundeando, y mi tío Ricardo, que entonces trabajaba en aquellas tierras como director de un centro médico, le acogió en su casa. Parker, así le rebautizó mi tío, le hacía de chófer y de asistente, porque los litros de vodka que trasegaba Ricardo le inhabilitaban para las sencillas tareas del día  a día. De la infancia de Parker sólo sabía que era el hijo de una puta de Bilbao. Ya de joven, se fue de voluntario a la primera promoción de los boinas verdes. Fue de los pocos soldados españoles que estuvieron en la guerra de Vietnam, enviados allí por el ejército como observadores. Años más tarde se instaló en Londres donde montó un restaurante que funcionó muy bien. Hizo mucho dinero, se casó, tuvo dos hijos y vivía una vida acomodada. Pero su pasado militar llamó a su puerta: los servicios secretos británicos le localizaron y prácticamente le obligaron a embarcarse en un buque de guerra rumbo a las Malvinas para hacer labores de traductor.
     Un día su mujer le dijo que había dejado de tomar píldoras anticonceptivas y que estaba embarazada otra vez. El montó en cólera: “-¿Y no me habías dicho nada?”. Se marchó de casa ofuscado por la falta de confianza de su mujer. Al tiempo, cuando se le pasó el enfado y volvió, ella le dijo que había abortado. “¿Y has abortado sin decirme nada?”. Esta vez no pudo soportarlo. Vendió el restaurante y dos cochazos que tenía, dejó el dinero en una cuenta para pagar la educación de sus hijos y se marchó por el mundo a caminar por las carreteras, trabajando aquí y allá, recogiendo fruta y viviendo como un mendigo hasta que apareció por Cáceres y entró en la vida de Ricardo, en la mía, y hoy, en este taller de Mendiarte.

Biografía 3 - Diana C

⁃    Disculpe, ¿me podría traer un poco de limón para el pescado, joven?- pidió con sus acostumbrados modales de actriz de cine. El resto de los abuelos engullía sin apenas darse cuenta de lo que tragaba, pero Manolita, cada día, después de terminar el postre, pedía la cuenta y decía “muy bueno, pero he encontrado la tarta un poco insípida, tendrían que echarle un poco más de azúcar”.

Aún recuerdo el día que llegó a la residencia. El resto de mujeres llevaban todas falda. Algunas aún guardaban un luto de hace veinte años, y a las pocas que se veía con pantalón, lo llevaban de chándal, del de oferta en Prymark “lleve tres y pague dos”. Pero Manolita apareció con unas gafas de sol de Gucci y un conjunto de camisa y pantalón violeta que sus huesudas piernas apenas rellenaban. Un pañuelo de seda que llevaba al cuello parecía ondear ante un viento inexistente. Se paró en medio de la sala, se levantó las gafas para mirar a la gente con el ceño fruncido, como un sheriff, y decretó “Me gustáis”. Acto seguido se sentó en la mesa de los hombres, donde estaban jugando a la brisca apostando los sobrantes de sus pensiones, y pidió “reparta para mí, joven”.

A ratos no sabía muy bien qué hacía allí. No Manolita, sino yo. Había sido una salida fácil lo de hacerme auxiliar. Sin estudiar mucho tendría trabajo seguro. Encima en estas profesiones sólo hay tías. En clase tenía sólo tres competidores más, y después seguiría trabajando eternamente rodeado de mujeres. En aquel momento pintaba muy bien. Pero ahora, después de tantos años, la experiencia de la vejez empezaba a cansarme. Las tardes que me sumía en estos pensamientos, Manolita parecía tener un radar pues me llamaba “joven, venga aquí”. Su tono autoritario tenía un toque cómico al que no podía resistirme. Esa tarde llevaba puestos unos guantes de lana con sendas plaquitas metálicas cosidas que rezaban “Pachá”. Qué bien me caía Manolita.

    ⁃    Joven, se parece usted mucho a mi hijo Vicent, el del Royalty, ¿le he contado alguna vez lo del Royalty?
    ⁃    No, nunca señora – mentí. Siempre era un placer volverla a escuchar, incluso cuando las palabras se le atropellaban torpemente en la punta de la lengua. 
    ⁃    Bueno, en realidad con el Royalty empezó mi padre. Lo abrió en el año 1933. Si me pregunta lo que he hecho hace dos minutos, no lo sé – me miró fijamente, casi enfadada – pero me acuerdo perfectamente de que el Royalty lo abrió mi padre en 1933. Iba toda la gente de Santa Eulalia, desde el primer día. Supongo que los dulces de mi abuela eran el secreto. Y ni siquiera venían de ella. Sacaba las recetas de un libro que le había dejado su propia abuela, una cubana con la que se lió mi tatarabuelo cuando la pobreza en la isla era tan insoportable que mucha gente tuvo que marcharse. Mi tatarabuelo fue de los pocos que decidió volver, y lo único que se trajo de aquel viaje fue una niña bastarda y un libro de recetas. Porque la pequeña fortuna que consiguió hacer en Cuba se la robaron los piratas casi llegando a puerto. - lo de los piratas era mi parte favorita, pero se interrumpió-¿Y mi bolso?
    ⁃    Aquí lo tiene, Manolita, a su derecha
    ⁃    Ah, sí, - rebuscó algo un buen rato, sin éxito.- ¿Dónde habré metido mis gafas?
    ⁃    Las lleva en la cabeza- Manolita se tocó sobre el peinado impecable y se desprendió un suave olor a laca. Visiblemente molesta, descubrió allí mismo las gafas de sol
    ⁃    Bueno, joven, tampoco hace falta decirlo así, que un despiste lo puede tener cualquiera, ¿o a usted no le pasa?
    ⁃    Si, claro que me pasa – de hecho, es cierto. Ayer mismo me dejé las llaves dentro de casa. Otra vez. Los cerrajeros van a abrirme una cuenta de cliente habitual.
    ⁃     Luego, cuando la guerra, hubo varias veces que pensamos que tendríamos que cerrar, ¿sabe? Sobre todo al principio, cuando vinieron aquellos de Mallorca, los rojos, ¡uf! No vea, joven, qué miedo pasamos la primera vez que entraron en el bar, yo entonces tenía quince años y a veces ayudaba a servir. Bueno, creíamos que se habían enterado de que al Royalty venían alemanes e italianos, y lo más seguro es que lo supieran, pero ¿sabe usted para qué se acercaron a la cafetería? ¡Para probar la tarta al ron! En solo cuatro años había cogido tanta fama  que de un bando y otro venían a probarla. A ratos no sé muy bien cómo se libró la cafetería de estar de parte de unos u otros. Pero así fue. Como decía mi padre “el poder del dulce”. - y los ojos le brillaron pícaros. - Después vino la época de los famosos, ¡Ah, la época gloriosa del Royalty! ¿Quién nos iba a decir que un bar en medio de una isla tan pequeña iba a ser el centro de reunión de la créme de la créme? Pero sí, empezaron a pedirnos hacer algunas fiestas privadas, y todo para tener en exclusiva la famosa tarta al ron. Bo Derek, Sean Connery, Lola Flores... Tengo hasta una foto con Frank Sinatra.- Y con voz cascada entonó el estribillo de “My way” en inglés, que Manolita era mujer de mundo. De pronto calló, y algo se ensombreció en su gesto- Ahora lo lleva mi hijo. Vicent lo lleva bien, Sigue funcionando. No es lo mismo. A veces no le echa ron cubano a la tarta al ron, por la crisis dice. Que cómo va a desperdiciar ron del bueno en una tarta, dice. No es lo mismo. 

A la hora de la merienda volvió a enfadarse.
    ⁃    ¡Pero por qué me tengo que tomar esto! ¡Yo no he pedido un poleo menta! ¡He pedido una piña colada! Que sepa usted que no voy a volver a este bar- me fulminó, y después, con una dignidad absoluta, se incrustó las gafas de sol y miró para otro lado. Dio un sorbo a la infusión, farfulló un par de insultos, y después, a la hora de pagar, dijo – yo os invito a todos - acostumbrada a desenfundar la cartera como el más rápido del oeste desenfunda su revólver.
    ⁃    Déjelo señora, invita la casa.

Hasta hace una semana Manolita podía seguir comiendo de todo. Pero el médico, en la última revisión, le sentenció una diabetes. Le restringió todo dulce, y Manolita murió a los cuatro días. Su hijo Vicent se la llevó a pasar el fin de semana con él, para celebrar su noventa y un cumpleaños. Por supuesto, fueron al Royalty. Tras empeñarse en que quería tomar su piña colada “mocoso, me vas a decir tú ahora lo que puedo o no puedo tomar si este bar casi lo he abierto yo con mis propias manos cuando tú ni habías nacido”, lo que saboreó fue una especie de mejunje a base de leche de soja, zumo de piña sin azúcar, sacarina y por supuesto nada de ron. Esa noche, en casa de su hijo, cuando todos dormían, debió de escaparse a la nevera, pues se la encontraron a la mañana siguiente en la cama, ya sin vida, rodeada de chocolate, galletas, migajas de pastelitos y unos pedazos a medio comer de la tarta al ron. Había alcanzado a dejar unas breves palabras anotadas en una servilleta “hijo, échale ron del de verdad”.

Cuaderno de bitácora: sesión 5

27 abril de 2011, cinco de la tarde, bar La Manduca, en Sant Jordi.  Nos reunimos Iván, Rocío, Romanie, Diana,  Jason, Douglas y Antonio.
Lecturas compartidas:
  • Jonathan Black: La historia secreta del mundo.
Ejercicio: Realizar una biografía inventada.