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domingo, 22 de junio de 2014

Sopa de rana - Anahi

      -Pásame el caldero, con agua hasta la mitad,
      -Este chico no tiene gusto para nada, estos calderos están demasiado brillantes.
      -No importa servirán. Primero picamos muy fina una cebolla china, zanahorias…y las ponemos a hervir a fuego fuerte, pásame las ranas de la nevera,
      -No las encuentro
      -Son las que están en el plato blanco
      -Pero que les ha pasado a estas ranas! Donde están las cabezas, y las entrañas que son lo más bueno?!
     -Se las quite, tiene que pasar por tofu. No quiero asustarlo desde el principio. Aunque seguro que se las comería dije sonriendo
Mi amiga Maya puso los ojos en blancos, no podía creer lo que estaba ocurriendo, ella era una bruja muy tradicional y yo desde hacia tiempo estaba innovando en cosas demasiado nuevas para su gusto. Mientras esperábamos a que el caldero hirviera se puso a registrarlo todo y murmurar.
-No me gusta, no me gusta nada. Tiene demasiados libros. Estos son los peores se creen que lo saben todo y un día les muerde un  lobo y ni se enteran. Como es posible. Acercó lo mas que pudo su nariz puntiaguda hasta la estantería y leyó con dificultad,… Introducción a la antropología general. Orígenes de los instrumentos de música,  antropología estructural, dio un paso a la izquierda y continuo leyendo, diccionario, diccionario, diccionario, ¿!pero cuantos diccionarios necesita una persona!!!
Llame a Maya para que me ayudara en la cocina antes que le diera un disgusto monumental.
               -ya esta hirviendo, le dije, ahora viene lo complicado, la receta familiar es muy estricta con los tiempos. Primero ponemos 4 antenas de ciempiés atrapados a la luz de la luna… mire la estantería interminables de especias que tenía Antonio Y encontré azafrán. Puse cuidadosamente una por una las hebras. Mientras murmuraba la primera parte del conjuro.
-Pero si eso no son antenas de ciempiés!!! Dijo maya con la boca muy abierta.
-No, esto es mucho mejor. El antiguo oro rojo. Si mi tatatatarabuela lo hubiera conocido seguro que lo hubiera escogido a esas insulsas antenas.
Ahora un cuarto de tacita de sangre de vampiro. Volví a mirar  y coloque la salsa de soja en el descascarado cuenco de mi abuela y mientras lo vertía en el caldero murmure la segunda parte del conjuro.
Con mucha atención maya miraba como giraba delicadamente la pócima con la cuchara de madera. Una vez a la derecha y cuatro a la izquierda.
La tercera parte del conjuro era la mas difícil. Ella lo sabia por eso se mantuvo en riguroso silencio. Una cucharadita de tierra de cementerio. Cogi el comino con cuidado y en forma de lluvia lo dejé caer sobre la pócima de amor.
-A no!!! Eso si que no!!! Gritó maya.  Eso es un despropósito, este conjuro tiene un aspecto calamitoso, si tu tatarabuela lo viera se quedaría seca de disgusto.
-O se tomaría dos cuencos dije yo muerta de risa al ver a mi querida amiga perder el juicio. No te preocupes servirá. Estoy segura. Él es el escogido. Lo supe cuando lo vi por primera vez, fue hace tiempo, he tenido que esperar muchísimo  para que estuviera preparado, pero no tengo ninguna duda.
-Por ultimo… Un pelo... Me arranque uno, lo lave con cuidado  bajo el grifo y lo eche en el caldero, una gran bola de vapor salio del preparado mientras levantaba los brazos a la luna llena que entraba por la ventana de la cocina. Di por finalizado el hechizo y apagué la lumbre justo a tiempo, me mire con maya mientras oíamos el ruido de la lleve entrar en la cerradura.
-En un segundo Maya se transformo en una preciosa gatita siamesa que salio corriendo a enroscarse a los pies de Antonio, que la miro sorprendido.
Hola cariño le dije mientras iba a su encuentro, espero no te moleste la traje para que no se quedar sola otra vez todo el fin de semana.
El me abrazo y me beso con el cariño acostumbrado. Miro a la cocina y al caldero que aun burbujeaba.
       - que sorpresa, y que bien huele, que es?
Una sopa china de tofu! Receta de familia. Es muy especial. Espero que te guste.

Sobre la comida - Cristina

¿Qué me apetece comer hoy? No todas las personas pueden hacerse esta pregunta cada día.
El 16 de octubre de cada año se celebra el Día Mundial del Hambre aunque oficialmente se denomina Día Mundial de la Alimentación imagino que para que no se nos indigeste la comida ese 16 de octubre.
Ponerle fecha a cualquier cosa para recordar en un día señalado que hay gente que muere de hambre, que tienes una madre, un padre, una pareja, etc. etc. no se cuantas conciencias pueden despertar en un día pero si todavía hay gente que necesita despertar en un día señalado bienvenido sea.
He de ser sincera y decir que gracias a internet acabo de enterarme de la fecha del Día Mundial del Hambre, para mi la fecha siempre ha estado en mi nevera cada vez que tiro una zanahoria mustia o cualquier resto de comida olvidada durante días.
Comer no es un lujo es una necesidad vital que no esta al alcance de muchas personas. Creo que cualquier día es bueno para recordarlo, por eso hoy como tema de escritura del grupo 134 quiero reivindicar a nuestras neveras como detector de conciencias los 365 días del año.


Comida - Pau

Los ruidos que hacen mis tripas vacias resuenan con fuerza en este silencio increible. Hace ya nueve días que no como nada. Ya no salgo en  mi balsita a explorar, no tengo fuerzas. Tengo preparada la cuerda para acabar con esta locura alucinada cuando la desesperación sea apenas un poco más lacerante.
     Una tarde, mientras miraba viejas fotos de tiempos felices, oí un ruido; era un leve chapoteo lejano, pero para mi oido tan hecho al silencio, perfectamente audible. Subí corriendo al tejado de la casa y a unos 500m.  ví a un hombre en un flotador acercándose a la casa. Cuando llegó, le abracé llorando de alegría y le hice pasar. Era la primera persona que veía hacía más de tres meses. Me contó una historia parecida a la mía, pero en una de sus exploraciones se alejó demasiado de su casa, la perdió de vista y no pudo volver.
     Cuando le expliqué mi situación, me propuso que intentásemos encontrar su casa, estaba casi seguro de que yendo hacia poniente lo conseguiríamos. Me dijo que le quedaba bastante comida en la despensa. "-Bien, mañana al amanecer partiremos.", le dije.
     Le dejé sentado a la mesa del salón y fui a la cocina a coger la barra de hierro. Me acerqué despacio por detrás y con todas mis fuerzas le golpeé en la nuca. No hizo falta rematarle. Le desnudé, observé su cuerpo con ojos de matarife y me acordé de las enseñanzas de psicopigs. Con mi mejor cuchillo corté unas cuantas tiras de los antebrazos y preparé una hoguera con una estantería. Mientras se hacía la comida, luché por apartar de mi cabeza cualquier tipo de remordimiento.
     La carne quedo muy hecha por fuera y algo cruda por dentro, pero me supo a gloria. El sabor era como una mezcla de pollo y ternera. Al día siguiente probé la parte del muslo, de sabor más intenso. Debido al fuerte calor, a los tres días tuve que deshacerme de lo que quedaba de ese buen hombre que me había salvado la vida, o al menos me la había alargado. Gracias a un bote de sal casi lleno que me quedaba pude conservar unos cuantos trozos en salazón.
     Desde que llegó el primer hombre, con una milagrosa regularidad van apareciendo náufragos perdidos a los que recibo con mi acreditada hospitalidad. Siempre me gusta escuchar sus historias, luego los dejo sentaditos a la mesa mientras voy a la cocina a buscar algo.

Bollo papas - Antonio

Me había desvelado como a las cuatro de la mañana.
Un par de cigarrillos en la terraza, bajo el relente de abril, me habían acabado de espabilar. El barrio vivía aún en la placidez. Parecía extraño que las calles estuviesen iluminadas, adoptando la fisonomía de un plató de rodaje preparado y a punto de ser utilizado. En un par de horas comenzaría el movimiento, abrirían los primeros bares, saldrían los primeros trabajadores, comenzaría el tráfico. Para cuando el mundo se pusiese en marcha, yo llevaría horas dándole cuerda al reloj del día.
A las cinco, después del primer café, decidí cocinar. La cabeza no paraba de darle vueltas a todas las situaciones que en los últimos meses se habían acumulado. Lejos de conseguir solucionar ninguna, había adoptado la postura del avestruz que esconde la cabeza. La madeja se iba enredando por momentos, y en poco tiempo ya ni se sabría, ni importaría encontrar el inicio del hilo.
Había sacado las patatas, la cebolla, los tomates y los pimientos. Todos dispuestos sobre la encimera al lado de los fuegos. Cocinar me relaja, me permite despejar las ideas, es un modo de terapia. He conseguido que trabajar en las cocinas de bares y restaurantes no me haya hecho perder el gusto por la cocina casera, por esta burbuja en la que me protejo.
Pongo las patatas sin pelar cubiertas por agua en una olla, y al fuego. Corto la cebolla y los pimientos verdes para sofreírlos en la sartén con un chorrito de aceite a fuego medio. Crecí entre los olores de las cocinas de las casas y el bar de la familia. Las mujeres se encargaban de lo cotidiano y doméstico. Los hombres de la cocina del bar y de algunas comidas de familia para las grandes ocasiones. Todo lo que aprendí, entró primero por la nariz. Y en un día como hoy me gusta volver a la protección de esos recuerdos de niñez.
El agua hierve, y así estará una media hora. El sofrito ya conquista la cocina. He de añadirle los tomates pelados y en dados, una pizca de sal, y dejarlo a ese fuego medio removiendo de vez en cuando. Mi abuelo me decía, nieto, ¿te imaginas un mundo sin aceite de oliva y sin cebolla?, yo me reía y le contestaba que no, porque ya sabía la respuesta, pues claro que no, respondía, un mundo así sería una pena, vaya voy a tomarme una cerveza a ver si se me pasa, y se reía como un niño que hubiese utilizado una maldad para llegar adonde quería.
Aparto las papas del fuego, las remojo en agua fría y las pelo. Lo siguiente es cortarlas en dados y añadirlas al sofrito. La machucamos con la mezcla, hasta llegar a la textura de un puré, y dejamos en el fuego aún un cuarto de hora más. Con trece años suspendí todas las asignaturas del primer trimestre de primero de BUP. Mi tío Rafa después de enterarse, me metió en la cocina del bar y me dio una sartén. Me dijo, niño puede que no aprendas nada en la escuela, pero tienes que saber cocinar. A su manera era la forma de decir que la cocina me podía dar un futuro. Y así ha sido. A duras penas conseguí acabar el bachillerato, pero la cocina se metió en mí como un bendito virus.
Aparto la sartén del fuego y dejo reposar dentro el puré. Saco un par de lonchas gordas de panceta, que corto en tiras y pongo a la plancha en una sartén. Las doro bien y las añado a la mezcla del puré. Le doy un último punto de sal y remuevo. La luz del día entra ya por la vidriera de la terraza. Sé que se acaba la burbuja, el reposo imaginario en el que me he escondido. Sé que el fuego que ha hecho toda esta comida, también puede quemar.
Hoy no lo podré arreglar todo de golpe, puede que llegue a estropear alguna cosa más incluso, pero descuelgo el teléfono y marco el número de la residencia. Hablo con varias personas hasta poder contactar con la enfermera jefe. Me identifico y le pido permiso para sacar a mi madre hoy a mediodía y comer con ella. Me cuenta toda una historia sobre su equilibrio psíquico, sobre la necesidad de que mis visitas sean más continuadas, que no puedo estar dos meses sin pasar a verla.  Sí, si, si, digo, encajo un golpe tras otro, pero sigo de pie.
Finalmente consigo que me deje hablar con mi madre. Le pido que se venga a comer a casa conmigo un rato. Ella sólo acierta a responder, niño ¿me harás bollo papas?, y entonces miro la comida y la sartén, digo que sí, y caigo de rodillas en la lona.

Comida húngara - Silvia

Me llamo Silvia. Tengo 17 años y estoy a punto de vivir la experiencia gastronómica más extraña de mi vida. Llevo dos horas sentada en el asiento de atrás de lo que me parece un coche de lujo, con aire acondicionado, recorriendo carreteras húngaras de pavimento irregular. En el asiento del copiloto se encuentra Judith, una chica de 20 añas que conocí el verano pasado durante mi estancia en Londres. Convenimos, entonces, que el año siguiente podíamos hacer un intercambio, viniendo ella a mi casa durante dos semanas y pasando yo quince días en la suya. Llevamos todo el mes de agosto juntas y estamos hasta el moño la una de la otra, pero somos educadas y no decimos nada.
    Conduce su padre, un señor gordo con gafas, y nos dirigimos a casa de su abuela paterna, donde nos han invitado a una comida familiar. Me parece curioso que su madre no nos acompañe, pero no pregunto. Me han dicho que me prepare para comer, que las comidas familiares son copiosas y se componen, al menos, de siete platos, y que es de mala educación dejar de comer alguno de ellos. Estoy sudando, solo de imaginar lo mal que lo voy a pasar.
    Llegamos a una casa aislada con un florido jardín alrededor, a las afueras de un pueblo. De gruesos muros y cubierta a cuatro aguas de paja o brezo, la casa llama mi atención. Solo tiene tres estancias. Desde un pequeño recibidor ubicado en el centro de la casa, se accede, a mano derecha, a la cocina (según me dicen, pues yo no entro) y, a mano izquierda, al resto de la casa. El resto de la casa se refiere a una estancia que cumple las funciones de estar, comedor y dormitorios, donde estaban, comían y dormían padres e hijos, todos juntos. Pero no es una sala enorme, no mide más de 3x4 metros y acoge 4 camas individuales pegadas a las paredes y una mesa en el centro. No hay sitio para pasar, las camas hacen las veces de sillas y allí está la abuela sentada junto a los hombres de la familia, tres, más el padre de Judith, cuatro. Hoy, Judith y yo somos invitadas y comeremos con ellos, pero lo habitual es que las mujeres se queden en la cocina y solo acudan a servir la comida y retirar los platos. Estoy horrorizada.
    Allí sentada al borde de una cama con colchón de lana, tengo la sentación de estar violando la intimidad de aquella señora, pero a nadie parece molestarle. Empiezan a traer la comida y yo le pido a Judith, la única con la que puedo comunicarme que, por favor, me pongan poca cantidad de cada plato. De lo contrario corre el riesgo de que su invitada la haga quedar fatal. Primero, caldo, después, la pasta de la sopa sin caldo. Bueno. Le sigue una especie de raviolis rellenos de mermelada con una salsa dulce. ¿Una especie de postre de primeros?. Aquí yo ya estoy llena y flipo al ver al padre de Judith repetir plato rebosante. Después vino el Goulash, un estofado de carnes y verduras. A cada plato me dicen si me ha gustado (sonrisa y gesto de afirmación) y si quiero repetir (sonrisa y gesto de negación). Verduras cocidas para hacer bajar la comida, y yo ya estoy mareada. Siguiente plato, otro estofado de vete a saber qué, ya no me interesa y dos platos de postres.
    Llega un momento en que mi mente se desconecta. En esta habitación absolutamente repleta de cosas y personas y sin poder salir, siento claustrofobia. No entiendo ni papa de la conversación, me he emborrachado con un par de copas de ese vino dulce que tanto les gusta y no puedo tragar ni un bocado más. Creo que voy a morir.
    He desaparecido.
    Vuelvo a estar en el asiento de atrás del coche. No recuerdo nada desde los postres. No sé cómo he salido de allí, pero sé que no me he desmayado. La cabeza y el estómago me dan vueltas y sólo quiero volver a mi casa. ¿Qué coño estoy haciendo en Hungría?
    Os aseguro que, a los 17 años, no me interesaba lo más mínimo ni la comida, ni las gentes del mundo. Tenía suficiente trabajo con aprender a vivir conmigo misma y un entorno extraño me hacía sentir vulnerable y desprotegida. De manera que lo que hubiera podido ser una agradable.
 experiencia antropológica lo viví como una auténtica pesadilla.

Cuaderno de bitácora: sesión 65

Sábado, 3 de mayo de 2014, seis de la tarde, reunión en Can Alone. Asistimos a la sesión: Silvia, Pau, Cris, Guillermo, Romanie,  Anahi y Antonio. César asiste como oyente.

Ejercicio:  Escribir sobre comida.



 Lecturas compartidas:

  • Juan José Arreola: cuento "El Faro"
  • Gabriel García Marquez: "Cien años de soledad".
  • Paolo Giordano: "La soledad de los números primos".