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martes, 6 de agosto de 2013

María (Canción de amor) - Hassan Ahmar

María (Canción de amor)
Leída cantada, improvisación musical a capella con palmas, ritmo flamenco.


Dipichí, dipachá, ¿quién la cantará, quién la bailará?

Iba yo por la calle del llanto y lloraban toditas las flores.
Cayó el dragón y su fuego engulló toditas mis penas.
Vino que vino, vino que va por mis venas,
sabor de alegría, por ti María,
todo lo daría por besarte un día.

Dipichí dipachá, ¿quién será que la besará?

Ay luna, luna lunita,
viendome partir,
cieguito de amor,
por la avenida de los sueños,
sonríe toda todita.

Ay María, en tus labios navegando estoy,
llorando de alegría.

Yo por ti, tú por mi,
zozobrando de amor,
cada día.

Dipichí dipachá, por ti yo moriría.

viernes, 5 de julio de 2013

Incluso un reloj parado da la hora dos veces al día o de cómo Miguel y Claudia se perdieron y se encontraron - Silvia


Podríamos decir que Miguel disfrutaba de su trabajo. Habitualmente su mente era muy creativa y mientras trabajaba en un prototipo su cabeza ya estaba ideando otro. Tenía una carrera brillante a sus espaldas y era considerado un buen inventor entre sus colegas. Había ganado el premio “objeto revelación del año” en un par de ocasiones y su última patente, “el descodificador transgeneracional” se estaba vendiendo muy bien. Una multinacional se había interesado en el “Transcode” (su nombre comercial) y ya estaban en negociaciones para lanzarlo en Francia, Alemania e Italia.
Todo le iba viento en popa. Su mujer, a quien amaba, y sus hijos, Juan, de seis años y Paula, de dos, eran sus tesoros más preciados.
No obstante, hacía unos días que a Miguel le costaba concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos veía a aquella pareja pegándose el lote dos mesas más allá, en la terraza del bar donde, como casi cada domingo, se tomaban unas gambitas saladas y un Martini antes de ir a comer a casa de sus suegros. Se podría decir que estaba un poco obsesionado con el episodio y no sabía muy bien por qué. No es que llegara a sacar conclusiones sobre el asunto, simplemente se repetía la escena:  Juan preguntando –papi, ¿qué les pasa a esos señores?-. La pareja quitándose la ropa, ajenos al lugar público donde se hallaban, él mismo ruborizándose y disimulando ante su hijo –eh… no es nada Juan… creo que juegan. –¿se hacen cosquillas?           -mmmh… eso parece. Te echo una carrera hasta el parque. –yo quiero gambas. –esto… volvemos enseguida, no pasa nada. Venga, vámonos al parque. Ahora volvemos ¿vale, Claudia?- Su mujer, atónita, no responde ni parpadea. Mira a la pareja sin disimulo ni intención de dejar de mirar. Él arrancando a su hijo de la silla y arrastrándolo al parque. Mientras se alejan su mujer todavía no ha parpadeado.
Claudia se había quedado en estado de shock. Apenas comió ni intercambió palabras durante la comida y su actitud mejoró muy poco durante la tarde. Era como si una parte de ella se hubiera quedado en la plaza.
Pasaban los días y los dos se iban separando. La casa descuidada, los hijos menos atendidos y los silencios eternos. Cada uno en su mundo donde, de alguna manera, se habían quedado parados. La situación no era ni cómoda ni incómoda. Entretanto el mundo seguía girando sin contar con ellos. Así pasó un tiempo que no pudieron medir. Tal vez fueran días, tal vez semanas, incluso puede que meses. No podían saberlo.
Un día se encontraron, sin saber cómo, en la terraza del bar donde comenzó aquel extraño episodio. Martini, gambitas y silencio. Miradas perdidas. Un hombre se aproximó a la mesa y les pidió la hora. Miguel consultó su reloj: la una y cuarto. Miró al hombre mientras le respondía ¡era él!¡ Era el tipo que -¿hace cuánto?- estaba pegándose el lote con la parienta! Algo se sacudió en su interior. Miró a su mujer y supo que ella también lo había reconocido. Sus miradas se encontraron, después de siglos, y se vieron.
Claudia dijo: -¿quieres más gambas, cariño? ¡Juan! ¡estáte quieto, que te manchas!
-Sí, sí, están riquísimas… ¿otro Martini?
Algo se puso en marcha. Estaban de vuelta.

miércoles, 3 de julio de 2013

Reloj averiado - Guillermo


Pensábamos que podíamos salvar al mundo
pero las bombas continuaron
cayendo sobre las ciudades.

Hablábamos en la misma lengua
pero los traidores ensayan una diferente.

Renunciamos a todos los objetos
algunos huyeron hacia las montañas,
otros prefirieron cuidar de su oro.  

La ignorancia y la avaricia siguen ocupadas.

Parada obligatoria - Romanie


Este cuerpo en el que vivo tiene hábitos que a medida que envejece esculpen más el carácter que manifiesta. Uno de aquellos hábitos más traicioneros es el de la prisa, el querer aprovechar este tiempo valioso en mi paso por la vida terrenal. Si no estoy haciendo cinco cosas a la vez siento que estoy perdiendo el tiempo. Llevo años ya que observo este hábito e intento trabajar con él, reducir esa productividad, disfrutar de los pequeños detalles y placeres de la vida.A veces consigo aplacarlo y otras veces, cuando he bajado la guardia, este hábito que es como un diablillo, que vuelve disfrazado de otro modo y me encuentro otra vez reproduciendo el hábito. Es como un reloj que va adelantado, siempre marcando la hora errónea, nunca en el presente, nunca en el aquí y el ahora.
De pronto cuando al sufrir un pequeño accidente doméstico he acabado con mi mano derecha inutilizable,he sentido como si me hubiera parado de golpe. Todas aquellas cosas para las que normalmente me valía sola, se han convertido en un acontecimiento y he de pedir ayuda. Me he quedado parada. Observo cómo pasa el tiempo desde esta postura pasiva. Pienso, leo y duermo mucho, y en un par de instantes del día recibo una sensación muy especial por la que siento mucha gratitud. Es como sentirme llena por haber podido escuchar un pensamiento o reconocer un sentimiento, que de otro modo hubiera pasado desapercibido y que para mí es un tesoro. Ese par de instantes llenan de sentido este estado pasivo del que normalmente huyo. Ahora es cuando pienso que puedo darle cuerda al reloj para que de la hora correcta. Me recuerdo que el diablito de las prisas volverá disfrazado, vete a saber de qué. Es inevitable, solo puedo observarlo, y negociar con él.

El estanque - Cristina

Mientras me dirigía al coche un torrente de lagrimas cruzo mi cara, hacia tanto tiempo que no me llamaba por mi nombre.
Apenas nos vemos una vez cada dos semanas, mi casa se encuentra a 200 km de distancia, paso más tiempo en la carretera de camino a aquí que el tiempo que paso con él. Normalmente salimos al jardín, a él le gusta sentarse en un banco de madera que hay frente al estanque. Cuando le doy la bolsa de pan duro que he ido guardando a lo largo de la última semana, parece la persona más feliz del mundo.
Mientras yo le cuento mi vida diaria él rompe el pan en pedacitos y lo tira a los peces del  estanque, se queda absorto observando el remolino que se crea en torno a un pedazo de pan, a ratos me observa y muchas veces llego a pensar que escucha y entiende lo que le cuento y otras me parece el padre ausente que tan bien conozco. Muchas veces me pregunto si  merece la pena y hoy es de esos días que sin lugar a dudas  anteponen un si a un no.
No recuerdo cuando empezó todo, cuando dejó su memoria de funcionar, cuando olvidó mi existencia, la de todos, pero sobre todo, cuando olvidó la suya. Hoy después de varios años ha dicho mi nombre. Sí, su memoria es caprichosa y me regala momentos  como este.

martes, 25 de junio de 2013

Reloj roto - Anahi

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Caminaba tan deprisa que al tropezarse con la locura se le cayeron todos los segundos al suelo. La pobre loca se los acomodó como pudo, pero el reloj quedó roto para siempre. Incluso así, acierta un par de veces al día, él no necesita más.

Actitud - Anahi


-Callaros que hi viene otro.
-Muy bien acompañado, que elegancia, no como el hippy de ayer, que pena me ha dado, tan desaliñado.
-en que condiciones estará?
- no sé, Arturo, aun no la ha visto, tiene mucho trabajo.
- como han cambiado las cosas con la crisis, antes no entraba ni el gato. Y ahora los traen como oro en paño.

-En el fondo me da un poco de envidia, hace tanto tiempo que estoy aquí sentada esperando, lo peor son los segundos, tic tac, tic tac, como si se burlaran de mi. Hayyyy!!!!!. Crees  que algún día se acordara de que ya estoy bien?

-No seas ilusa, da igual que bonita sea la correa nueva, se le notaba en los ojos que no volvería. Y que manía con volver a casa, yo me acuerdo muy bien de cómo te tiro sobre el mostrador y amenazó a Arturo con la urgencia, esos ojos de loca, mejor si no regresa, como aquí en ningún sitio.

-Eres muy estricta, es verdad que llegue un poco cascada, pero que vida!!!!! De reunión de trabajo en reunión de trabajo, viajando por el mundo, conociendo relojes interesantísimos. No se que hubiera hecho sin mi, no me he atrasaba ni un segundo en toda mi vida.  La empresa entera dependía de mi exactitud.

 -Ufffff, Todos los días lo mismo, estoy hasta las tuercas de escucharte suspirar por esa dueña histérica que seguro ya te cambio por uno de esos nuevos relojes de titanio. olvídala de una vez, solo los tontos se creen imprescindibles. Casi todos los humanos están locos.

-pesimista!
- ingenua!
- eres insoportable!
- y tu una caduca

Al final de la estantería estaba olvidado y roto el reloj de bolsillo, escuchaba con paciencia como cotilleaban el delicado reloj FESTINA con su bonita correa nueva que esperaba desde hacía 7 meses y su inseparable y desesperante amiga Cartier que por cosas del destino, nunca tuvo dueño y solo conocía la estantería. Llevaban 6 meses con la misma cantinela y ya no lo pudo soportar más.

Señoras tranquilícense y escuchen a este viejo reloj que aunque roto al menos 2 veces en el día o 730 veces al año da la hora con exactitud. Lo importante no es nada de eso, sino la actitud de cada segundo de nuestras vidas.

Las cinco en punto - Antonio

Impecablemente vestido de blanco espera que sea el momento. El reloj de su muñeca marca las cinco. Es la hora, está seguro. Hay pocas cosas de las que sienta esa seguridad, pero ésta  es una de ellas. Otra, el banco en el que está sentado, y desde el que puede ver gran parte de la ciudad y el mar. Veinte años atrás, cuando se abrió el parque, su familia, poderosa y rica, contribuyó con algunos de los bancos estratégicamente mejor colocados. Éste, desde luego, tenía unas vistas maravillosas, cobijado a la espalda por la catedral de Notre Dame de la Garde.
Volvió a mirar el reloj, en un gesto automático, sin que hubiese pasado ni un segundo desde la última vez. Sabía que ella vendría.
Son los últimos días de septiembre, el sol aún aprieta a esta hora. Suda ligeramente bajo su sombrero Panamá, pero está tan nervioso que no acierta a sacar el pañuelo de tela con el que secar su frente. El sol busca un horizonte que da la espalda al mar, e ilumina su perfil izquierdo. visto de frente, su lado derecho juega con las sombras. El reloj lo lleva en la muñeca izquierda, y lo consulta compulsivamente cada pocos segundos. Sabe que es la hora.
Dos cormoranes cruzan frente a él, camino de la isla de If, en un vuelo que a él le parece majestuoso.
Dos hombres le observan desde el parking a unos diez metros, vestidos de traje y corbata, fuman un cigarro mientras esperan apoyados en el coche.
-¿Y tú cuánto llevas en esto?
-Mucho. Ni te lo creerías. Es tu primera semana, y se hace larga, pero enseguida te acostumbras, ya verás.
-¡Joder, qué calor! ¿No nos podemos quitar la chaqueta o aflojarnos el nudo de la corbata?
-Ahora es el calor. En invierno será el frío. Tenemos suerte, hoy no hay viento. ¿A qué nunca te habían pagado por tomar el sol vestido?
Siguen indiferentes vigilando de vez en cuando de reojo al hombre vestido de blanco. Él sigue mirando la esfera del reloj. Sabe que no puede estar equivocado. Levanta la cabeza para cerciorarse de que el sol está en el sitio que toca. Ahora sí saca el pañuelo y se seca la frente. Mientras lo devuelve al bolsillo escucha la primera campanada a su espalda. Sonríe por segunda vez en el día. Ha llegado a tiempo. La segunda, la tercera y la cuarta campanada no hacen más que asegurarle esa certeza. La quinta vuelve a clavar su mirada en el reloj. Son las cinco en punto. De nuevo está en el lugar que toca a la hora precisa. Sabe que ella vendrá. Lo sabe tan bien como lo ha sabido siempre.
Los dos hombres a lo lejos tiran las colillas de sus cigarros al suelo y ahora observan atentamente al hombre de blanco.
-¿Y desde cuándo dices que viene aquí todos los días?
- Hace 20 años.
El juego de sombras cambia lenta e imperceptiblemente, en su ciclo cotidiano. Su reloj sigue marcando las cinco en punto. Él sabe que es la hora. Está algo inquieto y desconcertado. Un pequeño nudo se estrecha en la boca de su estómago. Ella no llega. Tranquilo. Las novias son así, han de llegar un poco tarde, han de estar seguras de que todo el mundo las espera. El nudo se relaja mínimamente.
Los hombres de traje se acercan al hombre de blanco, que sigue comprobando cómo su reloj marca las cinco en punto.
-Monsieur Lavale, es hora de irnos. Ella no va a venir.
-Pero son las cinco en punto. Mira.
-Tiene razón. Nos hemos debido de equivocar de día. Volveremos mañana.
-Eso debe de ser. Será mañana a las cinco.
Camino del coche el nudo del estómago con tono de angustia desaparece un mínimo instante, hasta volver en forma de esperanza, y él hombre de blanco piensa, mañana me levantaré a la cinco, me vestiré y estaré listo para cuando ella llegue, mañana a las cinco.

Cuaderno de bitácora: sesión 47


16 de junio de 2013, siete y media de la tarde, reunión en El Pou de s'hereva. Asistimos a la sesión: Pau, Jason, Romanie, Anahi, Rocio, Guille, Cristina y Antonio.


Ejercicio:  Un texto a partir de los que nos haya sugerido la frase: "Incluso un reloj estropeado, acierta dos veces al día."


Lecturas compartidas:
  • Mario Benedetti: "Antología poética" (poema: "Todo verdor")