Los días de la semana son siete hermanos muy distintos entre ellos. Cada uno tiene unas características muy particulares, pero el más destacado por su diferencia es el Domingo.
El Lunes, por ejemplo, es un día muy enérgico y ambicioso. El Martes es menos fuerte y le sigue la corriente a el Lunes, solo hace lo que le mandan, aquello a lo que no le da tiempo al Lunes.
El Miércoles tiene una personalidad muy estable, organizada y sólida. No se altera por nada. Va haciendo sin dar la nota y saca muchísimo trabajo. El Jueves está siempre cansado. Es muy quejica y tiene un paso lento.
Sin embargo el Viernes es aparentemente muy normal pero esconde una personalidad gamberra y transgresora, más incluso que el Sábado, que pese a su reputación de fiestero, francamente es alegre pero es como es, un camaleón. Tiene una capacidad de convertirse en cualquiera de sus hermanos, menos uno, el Domingo.
El Domingo siempre ha sido el rarillo, al que no le van los horarios, ni las obligaciones. Al Domingo no le gusta que sus hermanos le digan lo que tiene que hacer. Siempre que el Miércoles o el Jueves deciden por él, acaba como un Domingo agobiado. Eso sí, el Domingo es comilón. Le encanta el buen comer y las siestas. Sus hermanos le critican de vago, de pachorro, pero a él no le importa. El Domingo sabe que es diferente. En cada familia hay un Domingo, ahora lo llaman bohemio. A todos les gustaría ser el Domingo pero no se atreven, no saben vivir sin sus horarios y obligaciones.
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domingo, 22 de junio de 2014
Domingo - Silvia
Domingo era un niño con cara de domingo. Nunca tenía prisa, nunca se enfadaba, era tranquilo y paciente, como suelen ser los domingos, días de sueño y calma. Como Domingo no era muy activo, ni movido, ni competitivo, le costaba seguir a sus compañeros de clase en sus juegos, vamos, que nadie quería a Domingo en su equipo de fútbol. Podríamos decir que Domingo era.. diferente a los demás. Pero como a menudo los niños no saben encontrar las palabras adecuadas o no se detienen a buscarlas, simplemente se burlaban de él. Le llamaban torpe, o vago, e incluso, feo.
Tenía Domingo un compañero de clase llamado Martes. Martes era todo lo contrario de Domingo, activo, nervioso, impaciente e irascible. Como, además, era creído y presumido, se comparaba a menudo con Domingo, considerándose muy superior. Era capitán del equipo de fútbol, sacaba mejores notas y era más popular. ¿Cómo no iba a ser mejor que él? Definitivamente superior. En cuanto tenía ocasión, ridiculizaba a Domingo y promovía la burla, consiguiendo la risa y la complicidad de otros compañeros de clase. Disfrutaba haciéndolo.
Aquel viernes toda la clase fue de excursión a un parque natural. En el trayecto de autobús, Domingo miraba por la ventana mientras los demás compañeros jugaban, hacían bromas y rivalizaban entre sí para ver quien era más gracioso. Domingo conocía bien ese parque. Había pasado allí muchos domingos con su padre, domingos de paseos sin prisa. Conocía el camino que llevaba a los saltos de agua y a las antiguas minas de carbón, en las que estaba prohibido entrar, pero que tenían el candado de la reja de entrada roto.
Cuando bajaron del autobús, los monitores propusieron una caminata por el parque. Mientras caminaban en fila india por un sendero, Martes y otros compañeros se dedicaron a tirarle piedras a Domingo quien, cansado, aprovechó un quiebro en el camino para desaparecer entre los árboles. Nadie dijo nada, nadie pareció echar de menos a Domingo, habían conseguido expulsarle del grupo.
Horas más tarde llegaban, Martes y otros compañeros, a la entrada de las antiguas minas. Después de la caminata, tenían tiempo libre. ¡Vaya descubrimiento! Unas minas abandonadas... y ¡se podían colar dentro!. Martes sacó el gallito que llevaba dentro y se apostó con sus compañeros un chocolate a que era capaz de llegar hasta el fondo de las minas. “Va, ¿quién se atreve?”. “Es peligroso, Martes...”. “Está prohibido entrar, lo pone en el cartel...”. Nadie se atrevía a entrar y Martes se quedó solo en su aventura, pero no se podía echar atrás, su orgullo no se lo permitía. Tenía que demostrar su valía. Sosteniendo un mechero en la mano traspasó la reja y se adentró en la oscuridad. Una bandada de murciélagos le salió al paso, tirándolo de espaldas. El corazón se le desbocó y un sudor frío empezó a recorrer su cuerpo, pero decidió seguir adelante, animado por sus compañeros que le gritaban lo valiente que era. Unos minutos más tarde, le costaba respirar de miedo y claustrofobia. No llegaba a ningún final y el encendedor empezó a fallar. Quiso volver atrás, pero dudaba de por dónde había venido. A oscuras y paralizado por el miedo se acurrucó en el suelo. No podía pensar, temblaba, le faltaba el aire y le pareció que jamás saldría de allí. Con la cabeza entre las piernas y sumido en la oscuridad más absoluta, lloró. Seguía llorando mientras un resplandor se le aproximaba lentamente y no se dio cuenta de ello hasta que una voz tranquila le dijo “¿te has perdido?”. Martes levantó la vista, sobresaltado y se encontró con Domingo, que llevaba una linterna en la mano. “Tranquilo, Martes. Conozco bien este lugar. Te ayudaré a salir de aquí. Vamos, levántate”. Martes le siguió en silencio y al poco vieron la claridad de la entrada de la cueva. Entonces Martes le preguntó -¿por qué me ayudas?Lo normal es que hubieras aprovechado la ocasión para reírte de mi-. Y Domingo le contestó -por que yo no soy como tú. No me río de las debilidades de los demás. Respeto a la gente como es. Y tú eres un muchacho como cualquier otro, con sus virtudes y sus miserias. Ya se encarga la vida de ponerte en tu lugar.
Una vez fuera de la cueva, Martes era otra persona. No dijo apenas nada, miraba al suelo y parecía reflexionar. La vida de Domingo no cambió aquel día, pero la de Martes sí. Aprendió a ver a las personas de otra manera y ya no quiso ser mejor que nadie.
Domingo - Pau
Mañana
El domingo es un niño con los zapatos limpios y bien peinado.Hay un casi silencio en las calles por las que circula mucho tráfico de barras de pan recién hechas y periódicos dominicales.
En todas las cocinas, tras el mejor desayuno de la semana, se aprestan las ollas y sartenes para comenzar guisos lentos y suculentos.
La mañana cumple todas las promesas que la noche exaltada formuló y la vida discurre despacio, limpia y sensata.
No hay momento mejor para lecturas junto a chimeneas invernales o en terraza primaveral.
Las casas se aroman con paellas, canelones o carnes al horno y las visitas a la cocina se van haciendo cada vez más frecuentes.
Alrededor de la mesa, conforme se sacian los apetitos, es cuando alcanza el domingo su plenitud, la cima de su prestigio.
Tarde
Es justo tras la sobremesa cuando el domingo empieza a fracasar.
Hay una casi inevitable tregua en forma de siesta.
Luego, todo comienza a adquirir un insidioso color rojizo, casi granate, marrón finalmente.
Hay una música que insiste en impregnarnos de su languidez untuosa.
Ha llegado la hora insoslayable del sofá, nunca bien alabado, y la buena película o lectura mientras la luz de la tarde se deshace tras las ventanas.
Con la noche muere el domingo, esa extraña aleación de gloria de sábado y miseria de lunes.
El domingo es un niño con los zapatos limpios y bien peinado.Hay un casi silencio en las calles por las que circula mucho tráfico de barras de pan recién hechas y periódicos dominicales.
En todas las cocinas, tras el mejor desayuno de la semana, se aprestan las ollas y sartenes para comenzar guisos lentos y suculentos.
La mañana cumple todas las promesas que la noche exaltada formuló y la vida discurre despacio, limpia y sensata.
No hay momento mejor para lecturas junto a chimeneas invernales o en terraza primaveral.
Las casas se aroman con paellas, canelones o carnes al horno y las visitas a la cocina se van haciendo cada vez más frecuentes.
Alrededor de la mesa, conforme se sacian los apetitos, es cuando alcanza el domingo su plenitud, la cima de su prestigio.
Tarde
Es justo tras la sobremesa cuando el domingo empieza a fracasar.
Hay una casi inevitable tregua en forma de siesta.
Luego, todo comienza a adquirir un insidioso color rojizo, casi granate, marrón finalmente.
Hay una música que insiste en impregnarnos de su languidez untuosa.
Ha llegado la hora insoslayable del sofá, nunca bien alabado, y la buena película o lectura mientras la luz de la tarde se deshace tras las ventanas.
Con la noche muere el domingo, esa extraña aleación de gloria de sábado y miseria de lunes.
Domingo - Guillermo
Domingo
Algunos domingos eran dulces
como el sabor de las moras
negras del Prado.
Los cascos de los caballos
resonaban bajos las calles adoquinadas.
Un afilador descubría la verdad de los cuchillos.
El cura esperaba a los feligreses,
los niños jugaban al fútbol, cuatro ancianos
se debatían al azar
bajo la sombra de un sauce;
Por la tarde, mientras la ciudad dormía,
acudíamos al cine Ambassador.
Una de animación, una de vaqueros,
Muchas horas soñando.
Regresábamos a casa
con la brisa del atardecer.
Los gatos se perdían entre los tejados.
Y asomaba la dócil luna.
Eran dulces nuestros domingos.
Domingo - Anahi
Abre los ojos y piensa…papá está en casa.
Baja las escaleras para confirmar. Atraviesa la puerta de la
habitación de sus padres y ve las dos siluetas dormidas. Sin hacer ruido se
dirige a la cocina. Acerca el taburete a la mesada de la cocina y allí
encuentra todo listo para preparar el desayuno. Una lata de leche en polvo, el
azucarero, una jarrita metálica vacía, otra con agua y una cuchara sopera. Con
cuidado cuenta 6 de leche 3 de azúcar y lo mezcla bien en la jarrita metálica
con la cuchara. Vierte un poquito de agua y sigue mezclando, sin poder resistir
rápidamente, se mete la cuchara entera en la boca y cierra los ojos al saborear el manjar.
Mientras piensa en las indicaciones que le dio su padre hace unas semanas
atrás.
-Bien mezcladito con muy poquita agua y
cuando está lista la pastita nos podemos comer una cucharadita. Pero una solita.
Luego termina de poner toda el agua de la jarrita lo menea un poquito
más y ya está listo.
Se baja del taburete todavía relamiéndose y sube las escaleras para
despertar a su hermano. Lo sacude hasta que se despierta. Aunque todavía es
chiquito sabe muy bien lo que eso significa. Papá está en casa.
Bajan corriendo como un rayo, se suben a la cama de sus padres, trepando por los andamios. Y se lanzan sobre
su padre mientras ríen y brincan.
Pero nada ocurre…sigue dormido. Solo hay una solución el besito mágico
de los buenos días. Ella le da uno
chiquito en la nariz, pero sigue sin despertar, así que increpa a su hermano Marcos
para que la ayude y entre los dos le llenan la cara de besitos.
Mágicamente dos
grandes brazos salen de debajo de las mantas y los aprietan fuertemente
mientras se escapan algunas cosquillas.
Ojala fuese domingo
todos los días!!!
Domingo - Antonio
Es domingo.
Mi tío Rafael ha venido después de comer para ver conmigo la final de Roland Garros. Es algo que hemos hecho juntos pocas veces, pero ambos las recordamos con mucho cariño.
Ivan Lendl contra McEnroe en el 84, una final épica, en cinco sets, los dos primeros ganados por el estadounidense, los tres siguientes por el tenista de la antigua Checoslovaquia. Estábamos en la casa de la playa, con los abuelos. Mi tío había tenido que cerrar el bar por obras, mi madre estaba en el hospital sedada por una grave crisis de ansiedad, mi padre había desaparecido hacía una semana con la paga del mes, y sólo sabíamos que se había despedido del trabajo. Recuerdo su frase al verme: “Sobrino, tranquilo, el mundo es tan grande que la gente siempre vuelve al punto de origen”. Mi padre apareció tres días después, y mi madre y él hicieron cómo si nunca se hubiese ido.
En el 96 nos tragamos una final inédita, entre un ruso, Kafelnikov, creo, y un alemán, Stich. Tres sets, dos con muerte súbita. Aburrida e injusta. Yo me había marchado de casa de mis padres, había logrado alquilar un estudio en un bajo, con una única ventana y un pequeño patio al que los vecinos de los pisos superiores lanzaban todo tipo de objetos, colillas, paquetes de tabaco vacíos, pinzas, algún condón usado. Lo que hacía salir a él, un deporte de alto riesgo. Mi tío y mi primo vinieron a ver la final conmigo. Los tres sentados en la cama, que hacía las veces de sofá, mirando una tele desproporcionadamente grande en comparación a la vivienda. Mi tío se quedó dormido a la media hora y roncó hasta que entregaron la ensaladera.
Hoy juega Nadal la final, y hay pocas dudas de que la vaya a ganar una vez más. Hemos pasado del café al coñac, y con él pensamos seguir las próximas dos horas. Hace tiempo que no le veo borracho. Creo que la influencia de mi padre en el exceso, le ha hecho medir más la influencia de los malos hábitos. Rafael siempre tiende a ser agradable, próximo. Me ha dado los abrazos más fuertes que recuerdo desde mi niñez. Soy su sobrino y siempre me ha tratado tan bien como a su propio hijo. Ayer me llamó para venir a ver el partido. Mi tía se había ido unos días al pueblo, y no le apetecía ir al bar a ver la final.
Al tercer set del partido mi tío ya ha dado cuenta de casi media botella. Empiezo a sentir que hay algo en su visita hoy, que aún no sé.
-Sobrino. ¿Tú te acuerdas de tu padre?
-Hombre tío. Más de lo que quisiera.
-Ya sabes lo cabrón que era, ¿verdad?
Me callo, no contesto, esperando que Rafael acabe lo que quiere contar.
-¿Sabes que se tiró a la primera novia que tuve yo? En aquellos tiempos. Imagínate, las mujeres tenían que llegar vírgenes al altar. Y el muy cabrón se tiró a aquella cría de dieciocho años sólo por competir conmigo.
-Ostia tío. No sabía.
-Me los encontré un domingo por la tarde, en casa de los abuelos. No te imaginas la cara de gilipollas que se me quedó. Nada de lo que hizo tu padre después me dolió más. Fíjate, que tontería.
Se para, mira a la tele, sin mirar, mientras me habla.
-Sobrino, lo que quiero decir es que esas cosas duelen. Mucho. No al que las hace, pero sí al que las sufre. Que a veces hacemos cosas sin medir las consecuencias.
Le observo los ojos vidriosos y un pequeño nudo en el estómago, temo dónde quiere llegar.
-Sobrino, lo que quiero… Lo que quiero decir es, ¿desde cuándo te estás acostando con la mujer de tu primo?
Mi tío Rafael ha venido después de comer para ver conmigo la final de Roland Garros. Es algo que hemos hecho juntos pocas veces, pero ambos las recordamos con mucho cariño.
Ivan Lendl contra McEnroe en el 84, una final épica, en cinco sets, los dos primeros ganados por el estadounidense, los tres siguientes por el tenista de la antigua Checoslovaquia. Estábamos en la casa de la playa, con los abuelos. Mi tío había tenido que cerrar el bar por obras, mi madre estaba en el hospital sedada por una grave crisis de ansiedad, mi padre había desaparecido hacía una semana con la paga del mes, y sólo sabíamos que se había despedido del trabajo. Recuerdo su frase al verme: “Sobrino, tranquilo, el mundo es tan grande que la gente siempre vuelve al punto de origen”. Mi padre apareció tres días después, y mi madre y él hicieron cómo si nunca se hubiese ido.
En el 96 nos tragamos una final inédita, entre un ruso, Kafelnikov, creo, y un alemán, Stich. Tres sets, dos con muerte súbita. Aburrida e injusta. Yo me había marchado de casa de mis padres, había logrado alquilar un estudio en un bajo, con una única ventana y un pequeño patio al que los vecinos de los pisos superiores lanzaban todo tipo de objetos, colillas, paquetes de tabaco vacíos, pinzas, algún condón usado. Lo que hacía salir a él, un deporte de alto riesgo. Mi tío y mi primo vinieron a ver la final conmigo. Los tres sentados en la cama, que hacía las veces de sofá, mirando una tele desproporcionadamente grande en comparación a la vivienda. Mi tío se quedó dormido a la media hora y roncó hasta que entregaron la ensaladera.
Hoy juega Nadal la final, y hay pocas dudas de que la vaya a ganar una vez más. Hemos pasado del café al coñac, y con él pensamos seguir las próximas dos horas. Hace tiempo que no le veo borracho. Creo que la influencia de mi padre en el exceso, le ha hecho medir más la influencia de los malos hábitos. Rafael siempre tiende a ser agradable, próximo. Me ha dado los abrazos más fuertes que recuerdo desde mi niñez. Soy su sobrino y siempre me ha tratado tan bien como a su propio hijo. Ayer me llamó para venir a ver el partido. Mi tía se había ido unos días al pueblo, y no le apetecía ir al bar a ver la final.
Al tercer set del partido mi tío ya ha dado cuenta de casi media botella. Empiezo a sentir que hay algo en su visita hoy, que aún no sé.
-Sobrino. ¿Tú te acuerdas de tu padre?
-Hombre tío. Más de lo que quisiera.
-Ya sabes lo cabrón que era, ¿verdad?
Me callo, no contesto, esperando que Rafael acabe lo que quiere contar.
-¿Sabes que se tiró a la primera novia que tuve yo? En aquellos tiempos. Imagínate, las mujeres tenían que llegar vírgenes al altar. Y el muy cabrón se tiró a aquella cría de dieciocho años sólo por competir conmigo.
-Ostia tío. No sabía.
-Me los encontré un domingo por la tarde, en casa de los abuelos. No te imaginas la cara de gilipollas que se me quedó. Nada de lo que hizo tu padre después me dolió más. Fíjate, que tontería.
Se para, mira a la tele, sin mirar, mientras me habla.
-Sobrino, lo que quiero decir es que esas cosas duelen. Mucho. No al que las hace, pero sí al que las sufre. Que a veces hacemos cosas sin medir las consecuencias.
Le observo los ojos vidriosos y un pequeño nudo en el estómago, temo dónde quiere llegar.
-Sobrino, lo que quiero… Lo que quiero decir es, ¿desde cuándo te estás acostando con la mujer de tu primo?
Canto al séptimo día - Cristina
Domingo, para muchas
personas paella familiar, para algunos creyentes de palabra pero no de hechos,
misa matinal, para algunos el único diario semanal a devorar junto con la caña,
las olivas, boquerones, mejillones, patatas o cualquier aperitivo, no importa,
todo sabe mejor en domingo. Porque en Madrid no pasear por el rastro o el
retiro en domingo es un pecado en la capital.
Por que hasta los parados
descansan en domingo, doy fe de ello. Por que no hay nada más excitante que hacer
en domingo que jugar bajo las sábanas, solos o en compañía masculina o
femenina. Pero también es el día de las chapuzas, caseras por supuesto.
Por que a la gente le
interesa lo que has hecho en domingo, no lo que hiciste el resto de la semana,
eso no cuenta.
Para algunas personas es un
día especial, para otras un día más, pero para mi los domingos son únicos
porque un lunes, martes, miércoles, jueves, viernes o sábado festivo, es
cualquier día disfrazado de domingo. ¡Viva el domingo!
sábado, 21 de junio de 2014
Cuaderno de bitácora - sesión 62
Sesión 62
Domingo, 23 de marzo de 2014, seis de la tarde, reunión en Can Ignasi. Asistimos a la sesión: Silvia, Silvia2, Romanie, Pau, Rocio, Cris, Guillermo, Anahi y Antonio. David asiste como oyente.
Ejercicio: Escrito acerca del domingo.
Lecturas compartidas:
Domingo, 23 de marzo de 2014, seis de la tarde, reunión en Can Ignasi. Asistimos a la sesión: Silvia, Silvia2, Romanie, Pau, Rocio, Cris, Guillermo, Anahi y Antonio. David asiste como oyente.
Ejercicio: Escrito acerca del domingo.
Lecturas compartidas:
- Julio Rodríguez: "Tierra batida", poema: Serenidad
- Simone Weil.
- Ian McEwan: "Sábado"
- Pablo d'Ors: "Biografía del silencio"
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