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domingo, 22 de junio de 2014

Todos los sueños son posibles - Anahi


Bajo la bóveda celeste vivía hace muchos años un caracolito tan pequeño que paso mucho tiempo hasta que el mismo se dio cuenta que era un caracol. Como pasaba el tiempo y no crecía nada, empezó a plantearse como podía hacer para cumplir su sueño de explorador, pero no de cualquier clase de explorador. Quería ser astronauta.
Coco, un  pequeño colibrí azul, que pasaba por allí lo descubrió una tarde tomando el sol en una piedra blanca y brillante he inmediatamente se hicieron amigos. Hablaron de lo difícil que era tener amigos por ser tan pequeños. Y compartieron sus sueños de aventuras.
Coco le contó que el vivía en el jardín de un astronauta que gustaba mucho de prepararle agua con miel para desayunar. Y se ofreció a llevarle hasta allí.
El viaje en colibrí, fue una experiencia maravillosa. Viajaban tan rápido que hasta le pareció que le crecían las antenas.
Por la mañana cuando el astronauta salio con un vaso de agua y miel fresca para coco, se dejo caer despacito sobre la oreja del humano y así fue como esa misma semana, el caracolito se fue  vivir a Cabo Cañaveral.
Entreno muy fuerte junto a todo el grupo de exploradores y así fue como una bonita mañana de primavera. … se convirtió en el primer caracol espacial.

Al terminar la historia. El abuelito se quedó mirando a Pedrito que todavía tenia la boca abierta, al conocer la increíble historia del caracolito astronauta.
-Así es como hasta los sueños más grandes se cumplen, pedro, solo necesitamos saber que queremos y tener buenos amigos. Venga ayúdame, a llevarle un poco de agua con miel a coco, que acaba de llegar y quiere desayunar. 

El pájaro Potoo - Antonio

“El pirata tuerto se acercó a la cubierta con el sable en la mano, mientras Said el pescador caminaba por la tabla atado de pies y manos. Salta, gritó el pirata, los tiburones aguardan, es la hora de la merienda. Said lo miró fijamente, ¿qué crees tuerto, que conmigo acabarás con la maldición del potoo?, te equivocas, el pájaro seguirá cantando tu desgracia, de aquí al final de los días, hasta que seas el último hombre, el hombre solo. El pirata apuntó con  su sable a Said y le obligó a quedarse al borde de la tabla. Acabaré con todos los de tu estirpe, uno por uno, venganza por el ojo que Faisa me quitó en la torre del suspiro, a traición para robarme la hoja del Antedón, la que me da la inmortalidad. Said en equilibrio, a apenas tres metros de distancia de los tiburones, que se movían en círculo alrededor,  lanzó una última frase al pirata tuerto, tu victoria es tu desgracia, estás condenado a repetir una y otra vez el mismo error, cada vez más seguro de ti, cada vez más solo, cada vez más poderoso, temido y abandonado. Said giró sobre sí, y se lanzó hacia el agua, en una caída parecida a la de la princesa Faisa desde la torre del suspiro aquella desgraciada noche, calló al agua y desapareció seguido por los tiburones, a diferencia de la princesa que cuenta la leyenda se convirtió en la caída en el pájaro potoo, ese que imita el lamento humano, el mismo que desde el mástil de la mayor canta ahora, como siempre que el pirata tuerto gana un palmo a su fatídico destino”.

    Tomás se había dormido, apenas medio minuto antes de acabar el capítulo trigésimo primero de la Leyenda del pájaro Potoo. A sus nueve años, había encontrado el libro en la biblioteca hacía apenas un par de meses antes, y desde ese momento se había convertido en su inseparable libro de cabecera. Encontrarlo no era fácil, fue una rara joya publicada a mediados de los años  cincuenta, y jamás reeditada. Yo le regalé esta edición con ilustraciones de Ambrós, que conseguí en una página de coleccionistas. En su entusiasmo, Tomás había querido compartirlo conmigo, y siempre que estaba en su casa a la hora de acostarse, me pedía que leyese un capítulo.
    En la sala de estar, Clara miraba la tele. Rafa estaría en el bar hasta mínimo las doce de la noche, y probablemente llegaría directo a la cama, quizá algo tocado. Sé que ella me espera, mi princesa Faisa, siento que soy Said en la tabla, me acercó, me siento junto a ella, la abrazo y la beso, busco más allá de los límites de la ropa, y en el calor del tacto con la piel, en realidad me doy cuenta que soy el maldito tuerto condenado a repetir su historia ganando un palmo más a su fatídico destino.

La princesa traviesa - Silvia

    Quisiera contaros una historia. Una historia de amor, de traición, de reencuentro. Os quiero contar lo que ocurrió en nuestro Reino, el Reino de Todavía-más-allá. Oh, es un lugar precioso, tenéis que venir a conocerlo.


    Pero antes de nada me gustaría presentarme. Me llamo Martirio, y soy la Reina de  Todavía-más-allá. Y esta chiquilla tan graciosa que veis aquí es mi hija Teresa, a lomos de su dragón dorado. ¡Lo que le gusta a esta niña volar!


    ¡Ay! Teresa, traviesa... Siempre entre la ramas, entre las nubes, entre la flores... Si ve una pared de piedra, o un árbol gigante, allí tiene que encaramarse. No es como otras niñas, a las que les gusta coser, cantar o practicar danzas tradicionales, no... A ella solo le interesan las emociones fuertes.

    Y yo... pobrecita de mí... no lo podía soportar. Cada vez que salía por la puerta, descalza, con un palo al hombro y su sonrisa de tengo-todo-el-día-por-delante-yujuuu, yo me quedaba con el corazón en un puño. ¿Y si se cae? ¿y si se rompe una pierna? ¿y si se cae de cabeza y.. y... no quiero ni pensarlo. Así que yo sufría. Sufría y me enrabiaba. Una rabieta tras otra. En cuanto regresaba mi angustia se convertía en ira. Insoportable. Y es que no es fácil la crianza. Cualquiera que tenga un hijo estará de acuerdo. ¿Cómo soportar que aquello que más quieres se ponga constantemente en peligro?


   


    Total, resulta que un día se retrasó a la hora de volver a casa. No mucho, pero lo suficiente para que yo imaginara toda suerte de desgracias. Cuando la vi entrar descalza, sucia sucia sucia y con las rodillas peladas... ¡estallé!
    -¡¡Teresa!! Pero mira cómo vienes. Estaba muy preocupada, pensaba que te había pasado algo.¿Se puede saber dónde estabas?¿Tienes idea de lo que me has hecho sufrir?. Estoy que no duermo, que no como, y todo ¡por tu culpa!  Esto no puede seguir así, cualquier día nos darás un disgusto, y no voy a permitirlo. Así que desde ahora mismo tienes prohibido salir a jugar a fuera. Te quedarás dentro del castillo jugando a lo que juegan las princesas normales. Así todos estaremos tranquilos. Y ahora, ve a tu dormitorio a lavarte y vestirte. ¡Y ponte zapatos!
    Me quedé tan descansada... Pensé: el fin de nuestros problemas. Aquella noche pude dormir tranquila. Pero algo no iba bien, porque Teresa se quedó en su dormitorio sin jugar, sin salir, triste, cada vez más triste. Yo pensé que en unos días se acostumbraría, pero la cosa fue a peor. Dejó de comer... y enfermó. Me partía el alma verla así, mi pequeña.... Insoportable. Y es que no es fácil la crianza. Cualquiera que tenga un hijo estará de acuerdo. ¿Cómo soportar que aquello que más quieres se mustie y pierda su alegría?
    -¡Cariño! (cariño es mi marido, el Rey de Todavía-más-allá) Esto solo lo puede solucionar el Gran Hechicero del Reino. Necesitamos que venga urgentemente.
    Dicho y hecho. El Gran Hechicero del Reino acudió velozmente a lomos de Casiopea, la gran tortuga voladora, que dicen que es más vieja y sabia que el tiempo mismo. Y en cuanto llegó fue a examinar a Teresa. Enseguida supo qué le pasaba (por eso era el Gran Hechicero del Reino).

    -Ya sé qué mal ha causado la enfermedad de vuestra hija. No es bueno enjaular a los pájaros.  Si se le encierra en una jaula, el pajarillo no volará jamás. La naturaleza le ha dado alas a Teresa y encerrada en su habitación no puede desplegarlas. Por eso se está marchitando como una flor. Su recuperación depende de que pueda correr, saltar y jugar al aire libre, y vosotros debéis aprender a confiar en ella para dejar de sufrir. Debereis encontrar vuestro nuevo equilibrio para vivir en paz y armonía.  No es una princesa traviesa, solo está conociendo cómo es el mundo.
    Entonces comprendí... comprendí lo importante que era para Teresa jugar y experimentar, caerse y levantarse, y que la mejor manera de aprender era probando y equivocándose a veces. Entendí que Teresa sabía hasta dónde podía llegar y empecé a confiar en que sabría cuidar de sí misma. Mi niña había crecido y yo no me había dado cuenta.
    Oh! Todo cambió desde aquel día...al principio tuve que hacer mis esfuerzos, pero todo cambió. Incluso le acompañé algunos días y descubrí lo divertido que puede ser dejar salir a la niña que llevo dentro.
    Y es que no es fácil la crianza. Cualquiera que tenga un hijo estará de acuerdo. ¿Cómo no disfrutar viendo que aquello que más quieres crece feliz y confiado?



   

Desierto - Pau

     Cuando despertó aquella mañana en ca'n Ignasi, todo parecía normal y, sin embargo, sin que aún lo supiera, se había producido un cambio extraordinario.
     Al levantarse de la cama, pensó fugazmente que había un silencio más propio de día festivo que del martes de febrero que estaba comenzando. Se vistió y al abrir las puertas de la casa, se quedó sin respiración. "-Hostia", acertó a exclamar. Le costó un rato creer lo que estaba viendo: su casa estaba completamente rodeada de agua que llegaba hasta la misma puerta. Delante de él sólo se veía una inmensidad de agua. "Hostia", volvió a exclamar cuando subió al techo de la casa y se dió cuenta de que todo alrededor era agua; su casa era una diminuta isla en medio de un gigantesco mar. El silencio era estremecedor, oía perfectamente a su corazón bombear intranquilo, oía el roce de su ropa contra la piel. Gritó hasta enronquecer y sus gritos se perdieron en un horizonte líquido y vacio.
     Después de dos días que se le hicieron eternos, decidió explorar. Hinchó la colchoneta de playa que acumulaba polvo en el trastero,  y con un improvisado remo se fué alejando de la casa. Llegó todo lo lejos que pudo sin perder su pequeña isla de vista y después de dar un gran círculo alrededor, costató su enorme soledad amplificada por ese enloquecedor silencio. Volvió, abatido y  desesperanzado. Hizo recuento de todas las provisiones que le quedaban; por suerte, tenía una despensa bien provista, pero se impuso un severo racionamiento.
     Al poco se acostumbró a hablar solo y a cantar, en un combate durísimo contra el denso silencio. También se dedicó a releer sus libros uno por uno, por orden riguroso.
     Cada día daba la gran vuelta en la colchoneta hinchable alrededor de la casa, más para ejercitarse y entretenerse que con la esperanza de ver algo diferente a su desierto acuoso.
     Por fin un día, mientras comía una de sus últimas latas de sardina, sucedió algo inesperado. ¿De donde salía esa música? La infame musiquilla del despertador le sacó de un profundo sueño. Todavía aturdido se levantó de la cama y abrió las puertas de la casa. Allí estaban los campos, los árboles, el camino de siempre, cantaban los pájaros, zumbaban los insectos, circulaban coches por la carretera y hasta un avión atronaba en el cielo, llenando todo de ruidos que le parecieron maravillosos.
    Un momento antes de salir hacia el trabajo, detuvo su mirada en la colchoneta de playa del trastero, perfectamente hinchada y con un charquito de agua alrededor como recién acabada de sacar del agua.

Cuaderno de bitácora: sesión 64


Sábado, 19 de abril de 2014, seis de la tarde, reunión en Can Pechina. Asistimos a la sesión: Silvia, Pau, Rocio, Romanie,  Anahi y Antonio. Juanjo asiste como oyente.

Ejercicio:  Escribir un cuento.

 Lecturas compartidas:
  • Juan José Millas: "La mujer loca"
  • Miguel Díez: "Antología del cuento literario" - decálogo del cuentista -.
  • Gabriel García Marquez: "Cien años de soledad".