Me llamo Javier y nací en el país de la mala leche. Cada mañana me levanto y golpeo el despertador con rabia. El 50 % del presupuesto de un malalé se va en este objeto. Total, la comida casi siempre está sosa, el arroz pasado y básicamente, digámoslo: está mala y la dejamos sin tocar en el plato. Algunos ciudadanos notables, incluso tiran éste al suelo, pero sólo se lo pueden permitir los verdaderamente ricos.
La atmósfera negativa que emana nuestro hogar, hace que llueva casi siempre que sales de casa, pero no está bien visto lanzar improperios, sino sólo ejecutar un fuerte chasquido. Esto se aprende desde pequeños. Ahora bien, debido a la abundancia de charcos, siempre te salpica algún coche en la calle, y aquí si que puedes explayarte y largar unos cuantos insultos y gritos, que serán apropiadamente respondidos bien por el conductor o bien con el claxon. Así, nadie puede oírse por la calle y puedes caminar bien cabreado.
En el trabajo, la gente asciende según su capacidad de amargar el día a los compañeros, y los más agradables y bruscos son seleccionados para los puestos de atención a l público. Así, nadie sale de ningún comercio sin haber agriado el humor a cualquiera.
Casi siempre llegamos a casa cansados y con hambre, lo que propicia que el ambiente sea bastante desagradable. Yo he tenido suerte, y he encontrado a una mujer que discute por cualquier cosa y somos bastante infelices. Nos gusta salir los sábados, como todo el mundo, a los lugares más abarrotados donde todo el mundo te cae mal. Ahora vamos a "Mala puñalá te den". Ahí ponen una película o hacen conciertos, pero todo el mundo habla y apenas puedes seguirlos y al volver puedes ir criticando a los de al lado.
En fin, puedo presumir de ser un ciudadano bastante normal. Me despediré con un sincero: que os den a todos y aunque no pienso disculparme por el tono cordial de la carta, debo decir que hoy no tengo el día.
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martes, 10 de diciembre de 2013
martes, 6 de agosto de 2013
Mala leche - Pau
Un pasadizo comunicaba dos patios de mi colegio. Poco antes de las navidades del... debían ser las del 77, mis 10 años, transitaba yo aquel pasadizo, tranquilo, inocente, confiado, con un catálogo de regalos, juegos y juguetes en la mano. De pronto, alguien por detrás, artéramente, me lo arrebató de la mano y se lo llevó corriendo. Le reconocí, era un chico de un curso superior. Creo recordar mi ira, rabia, frustración, impotencia. Un curso por encima era una barrera grande, al menos entonces.
Pasaron las navidades y a la vuelta al cole, un día de esos, me encontré de frente en el mismo pasadizo al causante de la afrenta. Me abalancé sobre él como un remolino furioso, le derribé y le inmovilicé con una llave de judo. Una vez satisfecha la venganza, incruenta en cualquier caso, me fuí del lugar dejando al rufián más humillado que desconcertado.
Ha habido pocos arrebatos así en mi vida, apenas recordaría otro, pero aquel me hizo sentirme un héroe ante mí mismo, el juez más severo para otorgar ese título. Me sentí poderoso, triunfante en una causa justa.
Aquel brote de mala leche se tornó en una dulce leche merengada. Treintaycinco años después, he de decir que no he vuelto a ver a ese héroe que se alzó y venció, que luchó sin importarle las consecuencias.
¿Dónde estás?
Pasaron las navidades y a la vuelta al cole, un día de esos, me encontré de frente en el mismo pasadizo al causante de la afrenta. Me abalancé sobre él como un remolino furioso, le derribé y le inmovilicé con una llave de judo. Una vez satisfecha la venganza, incruenta en cualquier caso, me fuí del lugar dejando al rufián más humillado que desconcertado.
Ha habido pocos arrebatos así en mi vida, apenas recordaría otro, pero aquel me hizo sentirme un héroe ante mí mismo, el juez más severo para otorgar ese título. Me sentí poderoso, triunfante en una causa justa.
Aquel brote de mala leche se tornó en una dulce leche merengada. Treintaycinco años después, he de decir que no he vuelto a ver a ese héroe que se alzó y venció, que luchó sin importarle las consecuencias.
¿Dónde estás?
Mala leche - Antonio
Tocaba escribir sobre la mala leche, así tal cuál. Al menos así me lo había hecho saber el jefe de redacción. Una columna sobre la mala leche, desde un enfoque de dos caras, a favor y en contra. Es lo que hay, añadió. Nunca le he caído muy bien, lo sé, y no pierde ocasión para ponerme a prueba. El director del periódico confió en mí como joven valor de las letras, y me dio esta columna semanal para opinar y atraer a un lector joven y con inquietudes. Ambos estaban equivocados, el director por creer que las letras de opinión entienden de favoritismos magnéticos infalibles, y el jefe de redacción por creer que yo era una amenaza permanente impuesta de arriba. Y qué coño quieres que escriba de la mala leche, le pregunté. Yo que sé, tu eres el joven valor de las letras. Colgué el teléfono con cierta rabia.
Escribir sobre la mala leche, me había puesto justo de eso, de mala leche, desde primera hora de la mañana. Había incluso cortado la digestión del café con leche y provocado una acidez incómoda que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Dudé entre tomar un anti-ácido, un té, una tila, una sal de frutas. Opté por el camino de en medio, me serví un Malbec reserva 2001, de las bodegas Norton en Mendoza.
La acidez siguió, pero las ideas y la rabia iniciales se aplacaron. No podía permitirme estar tan de mala hostia a las diez y media de la mañana. Reflexioné sobre el tema, qué enfoque le podía dar, qué era la mala leche. Descubrí que a partir de esa idea surgían fácilmente otras palabras más o menos afines: rabia, odio, mal carácter, enojo, rencor, mal humor, un mal pronto, venganza… Todas ellas, por supuesto, con un cargado tono negativo. En este caso parecía más fácil ver la cara oculta de la luna, e imposible encontrar argumentos de elogio. Intenté recordar todas las veces que recientemente hubiese estado de mala leche, y conté unas cuatro, por el recibo de la luz, por alguna crítica de mi último libro, por la reunión de la comunidad de vecinos, y hoy mismo, por la llamada del periódico. Descubrí que me ponía muy pocas veces de mala leche, a pesar de que no considero tener un carácter fácil, y que además lo hacía por cosas muy estúpidas.
Cada vez disponía de más datos y de menos estructura para hilvanar un mínimo texto con sentido y con enfoques plurales. Hice un intento de lista con pros y contras de la cosa en cuestión. Agoté la columna de los contras y sólo se me ocurrió una para los pros, el relax que se produce después de una explosión de mala leche (a pesar de no estar demasiado seguro de que la consecuencia justificase la acción).
Ofuscado en la tarea, pasó rápidamente la mañana sin lograr escribir más de media frase con sentido. Hacia la una, la botella de malbec se había evaporado, al igual que la mala leche, y decidí que era tiempo de un antiácido y una siesta. De camino a la habitación, descolgué el teléfono y llamé a la redacción. Escribe tu los pros si los encuentras, que yo me dedico a lo mío, a los contras, le dije. Tendrá consecuencias, me respondió. Me da igual, todo tiene consecuencias, prefiero saber que llegan, añadí y colgué. Me sacudí la última gota de leche agria y descansé.
Escribir sobre la mala leche, me había puesto justo de eso, de mala leche, desde primera hora de la mañana. Había incluso cortado la digestión del café con leche y provocado una acidez incómoda que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Dudé entre tomar un anti-ácido, un té, una tila, una sal de frutas. Opté por el camino de en medio, me serví un Malbec reserva 2001, de las bodegas Norton en Mendoza.
La acidez siguió, pero las ideas y la rabia iniciales se aplacaron. No podía permitirme estar tan de mala hostia a las diez y media de la mañana. Reflexioné sobre el tema, qué enfoque le podía dar, qué era la mala leche. Descubrí que a partir de esa idea surgían fácilmente otras palabras más o menos afines: rabia, odio, mal carácter, enojo, rencor, mal humor, un mal pronto, venganza… Todas ellas, por supuesto, con un cargado tono negativo. En este caso parecía más fácil ver la cara oculta de la luna, e imposible encontrar argumentos de elogio. Intenté recordar todas las veces que recientemente hubiese estado de mala leche, y conté unas cuatro, por el recibo de la luz, por alguna crítica de mi último libro, por la reunión de la comunidad de vecinos, y hoy mismo, por la llamada del periódico. Descubrí que me ponía muy pocas veces de mala leche, a pesar de que no considero tener un carácter fácil, y que además lo hacía por cosas muy estúpidas.
Cada vez disponía de más datos y de menos estructura para hilvanar un mínimo texto con sentido y con enfoques plurales. Hice un intento de lista con pros y contras de la cosa en cuestión. Agoté la columna de los contras y sólo se me ocurrió una para los pros, el relax que se produce después de una explosión de mala leche (a pesar de no estar demasiado seguro de que la consecuencia justificase la acción).
Ofuscado en la tarea, pasó rápidamente la mañana sin lograr escribir más de media frase con sentido. Hacia la una, la botella de malbec se había evaporado, al igual que la mala leche, y decidí que era tiempo de un antiácido y una siesta. De camino a la habitación, descolgué el teléfono y llamé a la redacción. Escribe tu los pros si los encuentras, que yo me dedico a lo mío, a los contras, le dije. Tendrá consecuencias, me respondió. Me da igual, todo tiene consecuencias, prefiero saber que llegan, añadí y colgué. Me sacudí la última gota de leche agria y descansé.
Renata o el elogio a la mala leche - Silvia
Conocí a Renata el
verano del 2003, durante las prácticas que estuve haciendo en un centro
benéfico dedicado a la atención de personas mayores sin recursos. Allí yo
pasaba las tardes acompañando a toda clase de viejitos, dándoles conversación y
llevándolos de paseo por el parque.
Renata era una
mujer altiva y elegante, que, pese a sus 82 años, no permitía que nadie la
viera desnuda y que rechazaba toda clase de ayuda y compañía, pues ella no
necesitaba a nadie, se bastaba y se sobraba. En nuestro primer contacto fue
todo lo desagradable que pudo.
-Buenas tardes,
señora Renata. Soy Anna y voy a pasar las tardes en el centro con ustedes.
-Bah! Una niña…
estoy harta de que solo envíen crías que no saben nada de la vida…
-Bueno, tengo 28
años…
-Pues eso, una
niña acomodada y malcriada que se cree que va a cambiar el mundo. A mi déjame
tranquila, chiquilla. Vete a hacer compañía a otra vieja de esas que hay por
allí.
La expresión de su
cara, con los labios dibujando una perpetua mueca de asco y su manera de mirar
por encima del hombro, permitían adivinar un pasado severo, tal vez marcado por
la guerra o alguna desgracia de gran magnitud, pero ella no gastaba en vano las
palabras, de manera que resultaba difícil saber de dónde provenía aquella
amargura.
Siempre estaba
sola, y no era de extrañar, ya que a todo el mundo, jóvenes y viejos trataba
con igual desprecio. Mientras los demás se reunían para jugar al mus en torno a
una mesa, ella miraba al horizonte, a través de la ventana.
-Señora Renata,
¿le enciendo la tele?
-¡Ni se te ocurra!
No dicen más que mentiras y tienen a todo el mundo engañado. Hay que ser idiota
para creerse una sola palabra de lo que dicen. ¡Panda de embusteros! Si fuera
más joven yo misma pondría una bomba en los estudios donde están todos esos
presentadores y personajes de la farándula que se creen tan maravillosos. Bah!
No puedo soportarlos. No tienen ni idea de lo que es la vida.
-¿La vida?
-Sí, la vida. Yo
sí que sé lo que es y te aseguro que no puedes confiar en nadie, y los peores
son los que tienes más cerca, los que crees que te quieren!
-No exagere,
señora Renata…
Me miró de arriba
abajo con una expresión de repugnancia que me hizo estremecer.
-Bah! Chiquilla
malcriada, a ti también te han comido el coco. Anda, vete, era mejor compañía
la chica que había antes que tu…
Un día la fui a
buscar a su habitación para avisarla de que tenía visita con el masajista en
una hora. Al abrir la puerta me la encontré en batín y con los rulos puestos
(jamás había visto a nadie tan elegante en batín y con rulos), contemplando una
colección de fotografías que colgaban de la pared. Me aproximé, para verlas, y
allí estaba ella, exuberante con plumas de avestruz decorando su trasero
mientras descendía glamurosamente unas escaleras hacia el escenario del Molino.
-¿Has visto que
bonita era? Yo, niña curiosa, aquí donde me ves, fui la más grande vedette del
Paralelo hace más de 50 años. Todos me adoraban…. La Bella Renata me llamaban.
Yo era hermosa, muy hermosa, y nadie se me resistía. Lo tuve todo: joyas,
pieles, hombres…. Bah! Hombres… unos
desgraciados… ven unas tetas bien puestas y se les nubla la razón. Sólo tenía
que pedir por esta boquita y tenía lo que deseaba. Entonces no podía imaginar
que todo aquello acabaría, que algún dia me haría mayor, que mis tetas ya no se
quedarían en su sitio y que los hombres desaparecerían. Bah! Hombres… son todos iguales. Tal como
llegaron se fueron a buscar culos
jóvenes, siempre quieren culos jóvenes.
-Vaya… Señora
Renata, era usted realmente bella… No sabía que había sido vedette del Molino.
-¿Te ha
sorprendido?¿es que te crees que siempre he sido vieja, o qué? Hay que ver, los
jóvenes de hoy en día, que os creéis más listos que nadie. Mocosos malcriados,
cómo os odio a todos… Sólo pensáis en pasarlo bien y os creéis que el dinero
cae del cielo… Bah! Como mi propia hija, que me robó el dinero que tenía y
cuando ya no hubo más, desapareció. Hace años que no la veo, ¡ni ganas! Mocosa
desagradecida... Va, niña, vete, que me estás haciendo perder el tiempo y hablar
demasiado.
Hace dos semanas
hablé por teléfono con una amiga que sigue trabajando en aquel centro. Me dijo
que la señora Renata había muerto, sola, como había vivido. Sentí mucha
tristeza pues, de todas las personas mayores que conocí aquel verano en el centro, la señora Renata
fue mi preferida. Pese a su mala leche y su mal carácter le había tomado
cariño.
Elogio de la mala leche - Hassan Ahmar
Creo que he perdido el texto que leí en la sesión dedicada a ese título.Recuerdo que utilicé la forma de poema, tal vez adrede; la poesía es una
forma de literatura que a menudo me cabrea, ya que mi relación con el lenguaje es más cartesiana. Me gusta la lógica de los enunciados, la claridad de exposición y evitar la ambigüedad en lo posible. Podría argumentarse que en ocasiones la poesía logra esos objetivos con mayor potencia y menos letras. Puede ser, pero para mi no es la norma y las evocaciones (para mi eso es la poesía, evocar) no pueden competir con las definiciones en cuanto a precisión y universalidad. Aún así, a cada uno lo suyo.
Leí mi poema carente de una métrica definida pero con cierta rima. No fue entendido por todos o por nadie. Lo tuve que explicar a petición de alguno de los presentes. Quizá ahí resida la clave de mi infatúa relación con la poesía, no logro transmitir utilizándola. También debo decir que no me he esforzado nunca en el intento, así que no se pueden esperar milagros.
Pues bien, expliqué el poema, y lo curioso es que la explicación tampoco satisfizo a alguno que debió pensar o sentir lo lejos que le quedaban mis versos de lo que realmente quería yo transmitir. Sentí un poco su indignación. Bien, de eso se trata, camino de la mala leche.
El poema decía que la mala leche es un vehículo importante para el autoconocimiento, y yo añado que como tal es susceptible de ser utilizada como herramienta evolutiva. La mala leche es un gran sistema de alarmas que nos indican errores de sistema, zonas de juicios, prejuicios, presunciones, etc. Son luces que alumbran al ignorante de su condición. Gran herramienta que puede utilizarse para trabajar en grupo, de hecho es donde mejor se puede utilizar.
¡Lo encontré! Este es:
Lágrima sorda,
víscera podrida.
Gargantas sangrientas
caballos desatados, verdes prados.
También aporté dos soluciones diferentes pero más crípticas aún:
1. Cuelgan mis huevos de la oz,
camino roto carmesí.
2. Fuego purificador.
Querida mala leche - Anahi
Querida mala leche
Nos encontramos aquí
reunidos, frente este ataúd, para despedirnos de nuestra querida mala leche, junto
a sus familiares y amigos más íntimos. Ejmm y también vamos a ser francos, al
resto del planeta, en este sentido homenaje a nuestra compañera.
Fue una sorpresa para
mi que me escogieran para escribir este elogio, es un placer la verdad, una
amiga tan cercana y discreta. El que nos dejara fue inesperado. Llevaba tanto
tiempo ya con nosotros que al menos yo creí que nunca se marcharía. Aun
recuerdo la primera vez que fui conciente de su compañía. Éramos tan jóvenes.
Venía yo en bicicleta de noche por la ciudad después de una meditación, cuando
un camión enorme me rebaso con tal velocidad que me tiro de la bici. Se que parecerá
una locura pero llevaba un par de meses visitando grupos espirituales y ya
sabemos como son, todo paz y amor. Yo venia pensando en cosas felices y me tomo
por sorpresa verme de culo en el suelo con las rodillas raspadas. Pueden decir
muchas cosas de ella, pero es buena compañera, me ayudo a levantarme del suelo
y a seguir pedaleando con todo el dolor hasta llegar a mi casa. Cuando vio que
estaba bien se marcho tan silenciosa como llegó al recate. Si, si. A ella al
menos conmigo, le gustaba hablar pero nunca sabia cuando llegaba o se iba.
ESA CHIQUILLA. Tan
pasional, acalorada y sentida, que tonta fui al creer que podía desterrarla de
mi vida. Y que paz el día que comprendí que era una compañera en este viaje.
Por eso estoy aquí, hablándoles desde la desazón de ver perdida una amiga.
No quiero despedirla
recordando sus vicios, tenía sus demonios, que eran una constante batalla, pero
era así, Y SÍ, ASI LA QUERIA YO!!!. Y aunque nos costó encontramos nuestro
ritmo, como en la música. Al final me enorgullece decir que encontramos nuestro
tempo.
mi vida no será igual sin ella. Adiós querida.
El tocapelotas - Cristina
Ya anunciaba maneras nada más nacer. El parto fue horroroso como siempre recordó su madre, 12 horas de dolor que acabaron con cesárea y sacando al condenado con fórcex.
Los primeros meses no paraba de berrear, el llanto era el hilo musical las 24h. del día. Darle de mamar siempre fue traumático pero el infierno vendría con la aparición de los primeros dientes. Agarraba el pezón con tanta fuerza que un día lo desgarró. Su madre acabó en urgencias. Nadie lo decía pero todos pensaban lo mismo, este niño esta maldito.
A los 8 años los cadáveres se amontonaban en su cuarto. Cualquier animalito vivo que pasará cerca de él acababa cortado en pedazos dentro de una caja. Le gustaba mostrar sus trofeos e imponer el miedo a los otros niños si no seguían sus reglas.
Durante su adolescencia se centró en tener aterrorizados a todos los vecinos del barrio, entre hurtos, amenazas, palizas, etc. A los 15 años acabó en un reformatorio que por supuesto no lo reformó sino que lo reafirmó aún más en su línea hasta que un balón se interpuso en su camino. Un conocido futbolista dio unas clases magistrales en el reformatorio para motivar a los muchachos y resultó que nuestro campeón era todo un crack al respecto.
Salió del reformatorio para convertirse en uno de los futbolistas más admirados de los años 90. La revista Forbes le dedicó una entrevista titulada "Elogio a la mala leche" en su anuario del año 95 como el futbolista más toca-pelotas de todos los tiempos.
Moraleja, si hay que tener mala leche, buscate una virtud.
Los primeros meses no paraba de berrear, el llanto era el hilo musical las 24h. del día. Darle de mamar siempre fue traumático pero el infierno vendría con la aparición de los primeros dientes. Agarraba el pezón con tanta fuerza que un día lo desgarró. Su madre acabó en urgencias. Nadie lo decía pero todos pensaban lo mismo, este niño esta maldito.
A los 8 años los cadáveres se amontonaban en su cuarto. Cualquier animalito vivo que pasará cerca de él acababa cortado en pedazos dentro de una caja. Le gustaba mostrar sus trofeos e imponer el miedo a los otros niños si no seguían sus reglas.
Durante su adolescencia se centró en tener aterrorizados a todos los vecinos del barrio, entre hurtos, amenazas, palizas, etc. A los 15 años acabó en un reformatorio que por supuesto no lo reformó sino que lo reafirmó aún más en su línea hasta que un balón se interpuso en su camino. Un conocido futbolista dio unas clases magistrales en el reformatorio para motivar a los muchachos y resultó que nuestro campeón era todo un crack al respecto.
Salió del reformatorio para convertirse en uno de los futbolistas más admirados de los años 90. La revista Forbes le dedicó una entrevista titulada "Elogio a la mala leche" en su anuario del año 95 como el futbolista más toca-pelotas de todos los tiempos.
Moraleja, si hay que tener mala leche, buscate una virtud.
Cuaderno de bitácora: sesión 48
30 de junio de 2013, siete y media de la tarde, reunión en Can Alone. Asistimos a la sesión: Pau, Jason, Romanie, Jason, Anahi, Rocio, Guille, Cristina, Amanda y Antonio. Hoy se incorpora al grupo Amanda como nuevo miembro.Ejercicio: Un texto de Elogio a la mala leche.
Comenzamos una nueva dinámica en la que en cada sesión habremos leido los textos de uno de los componentes del grupo134, elegido por sorteo, y cada uno de los participantes elegirá alguno de los textos que más le haya gustado de esa persona. El miembro elegido, leerá un texto que haya elegido de entre todos sus escritos.
La primera persona del grupo134 de la que hemos revisado su producción, ha sido Anahi.
Lecturas compartidas:
- Vicens Navarro: "Los amos del mundo"
- Anahi: sesión 44 - Ancianos "Tata contadora"
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