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martes, 10 de diciembre de 2013

La traición - Cristina


Vendí mi alma al peor postor

por una noche de alcoba y un plato caliente.

Sí, mis labios amoratados sucumbieron a su encanto

me prometió prestigio y dinero

pero ellos jamás llegaron.

Y ahora soy su esclavo

le sirvo palabras de quién fue poeta en otro tiempo

palabras muertas que ya no siento

quisiera huir hacia el frío de la noche

y así poder recuperar mis versos,

pero la morada en que habito

es más fuerte que mi anhelo.

Traicione mi vida en una gélida noche de invierno.

lunes, 25 de noviembre de 2013

La traición - Silvia


¿Cómo se puede vivir tras haber sufrido una traición? Estas cuatro paredes frías, éste habitáculo oscuro que solo tiene una pequeña ventana enrejada a un minúsculo patio interior, me recuerda cada día que hay alguien ahí fuera que nunca me quiso bien. Pero no se limitó a eso, se dedicó a tejer una trama a mi alrededor con el único propósito de acabar conmigo, de saberme pudriéndome en esta prisión. ¿Cómo se puede ser tan mala persona? Y peor aún, ¿Cómo pude caer en su red? ¿Cómo pude ser tan idiota y no sospechar en ningún momento?
Si algo se puede hacer en este lugar, donde el día no se diferencia de la noche, es pensar. Pensar, darle vueltas al coco, hasta volverse loco. Suponer, imaginar, llegar a conclusiones que no sabrás jamás si son ciertas o meras suposiciones. Los hechos que creías ciertos se mezclan con los imaginados y los supuestos hasta llegar a un punto en que ya no distingues, ya no sabes qué piensas, los recuerdos se mutan, se modelan según nuevos patrones imaginados repetidamente y la razón se escapa, se fuga por minúsculas fisuras abiertas en el cerebro.
De una cosa estoy seguro. La traición duele. Duele mucho. Es una herida que no se cura jamás. Cuando me detuvo la policía, con una bolsa colgada al hombro llena de billetes y las manos manchadas de sangre, solo sentía el abandono. Mientras me juzgaban y condenaban solo me importaba el engaño. Desde que me encerraron en esta celda solo pienso en la traición, intentando desvelar unos motivos que no acierto a encontrar. Solo se me ocurre la maldad en sí. Me parece macabro que alguien disfrute del mal ajeno, pero no llego a otra conclusión.
Ahora, en mis recuerdos mutados, veo maldad en su mirada, un brillo extraño. Siento mentira en sus palabras, silencios injustificados. Percibo perversión en su sonrisa, un triste escaparate. Desde que nos conocimos estuvo jugando conmigo, me manipuló a su antojo y yo caí en su red, me dejé mecer en su telaraña.
Planeamos el golpe juntos, aparentemente, claro. Cada detalle estaba controlado. El riesgo era mínimo y el beneficio máximo. Parecía perfecto. Después desapareceríamos una temporada de circulación, hasta que se hubieran olvidado de nosotros.
Ni siquiera tuvo la delicadeza de cortar la comunicación conmigo mientras llamaba a la policía. Entretanto yo, incrédulo, veía como se desangraba aquel hombre. No se llevó el dinero. Solo la satisfacción de destrozarme la vida.
Me dijo que las balas eran de fogueo y yo me lo creí.
Me dijo que me esperaría en la puerta trasera con el motor en marcha y yo me lo creí.
Me dijo, varias veces, que me amaba y yo, idiota de mí, me lo creí.

La traición - Antonio


Lo supo desde el momento en que en el mostrador de facturación, la mujer de la compañía aérea que le atendía le preguntó dos veces si estaba seguro de no tener nada que declarar y de sólo tener como equipaje una bolsa de mano. Podría haber pensado en el exceso de celo de la operaria, la intención de hacer un trabajo impecable, no querer dejar nada a la interpretación del pasajero. Pero no estaba en la posición de utilizar argumentos superfluos. A medida que se alejaba del mostrador, vio como la misma operaria descolgaba el teléfono y hablaba con alguien al otro lado, mientras la larga cola de pasajeros continuaba esperando.
¿Qué hacer ahora? No había muchas opciones. La de seguir adelante parecía la menos suicida de todas. Se tenía que arriesgar. Salir del aeropuerto estaba fuera de discusión, en un espacio menos controlable que estas instalaciones podía estar totalmente vendido.
Debía intentar por todos los medios pasar el control de pasajeros.
Subió a la segunda planta, camino del control se paró en uno de los cafés que situados en medio de los anchos pasillos del aeropuerto pretenden simular la normalidad de una terraza  cualquiera de la ciudad. Pequeñas islas en el mar vacío de suelos de mármol. Allí espero diez minutos. Había llegado un par de minutos antes de la hora convenida, y aún así espero tranquilamente mientras acababa de saborear su macchiato. No apareció nadie. La consigna era clara, llegaremos por separado, nos encontraremos en el café Venecia de la segunda planta. De ahí al control de pasajeros.
Apuró el último sorbo y se dirigió a la cola frente a los detectores de metal y la policía de aduanas. Había aprendido a no mostrar nerviosismo a pesar de que las circunstancias fuesen adversas. Entrenamiento militar de élite, algo que había quedado en el olvido de treinta años atrás, pero que se le había pegado a la piel como un tatuaje. Desde su uno noventa pudo ver cómo uno de los guardias de aduana se acercaba hacia él y le sacaba de la cola. En un aparte, rodeado por tres policías y dos militares, era cacheado, su bolsa de viaje registrada en busca de compartimentos secretos. De ahí lo condujeron a una habitación en la que le preguntaron sobre unos documentos secretos oficiales con los planos de un edificio gubernamental. Todo demasiado dirigido y concreto como para ser casual. Notaba la desesperación de su interrogadores, esperando una confesión de plano al no encontrar ninguna prueba entre sus pertenencias. Al cabo de una hora no tuvieron más remedio que dejarle marchar.
Un guardia le acompañó a la puerta de embarque del vuelo a Roma, dónde vio la cara de sorpresa de sus socios en el robo de los documentos, que no esperaban volver a verlo. Los miró sin desafío, hacía tiempo que sabía que el silencio es más amenazante que los accesos de rabia incontrolados. Se giro hacia el guardia y le tendió su tarjeta de embarque, disculpe, mi vuelo no es éste, sino el que se dirige a Madrid. El agente comprobó la tarjeta y continuó su escolta hasta la puerta 19 de vuelos internacionales.
En el asiento 13A del avión, Tobías Coll, se acomodó las gafas para leer un pequeño papel que había sacado del pliegue de una de las mangas de su chaqueta. Era un envío de correo certificado a nombre de Catalina Louise Campistrou, su madre fallecida, y una de las pocas personas en este mundo que jamás le había traicionado.

La traición - Rozio


Se detuvo un momento antes de salir al camino. Encendió un cigarro, más por necesidad de llenar el momento que por deseo de fumárselo. Tosió con el humo. Ni siquiera eso le pasaba a través del nudo de su garganta. Se iba para no volver. Este camino era de ida sin vuelta. Había aprendido que el premio de los traidores era quedarse solos. Entre calada y calada repasó su decisión: No fui capaz de verlo a tiempo. Mientras se gestaba el proyecto, no fue difícil pasar desapercibido. Todos aplaudían y admiraban a los imponentes líderes. Gente con carisma innato y poseedores del don de la convicción propia y ajena. Y nadie se percató de mi presencia: la comadreja en la esquina de la mesa. Ahí, callado, taciturno e insignificante, me relamía instalado en el segundo plano y pensaba en lo importante que sería cuando todos descubrieran que era yo en el fondo la pieza clave del grupo. De su estrepitoso fracaso. Nadie ni nada me había advertido de la derrota que sientes al traicionar. Quien actúa miserablemente en un momento clave, cuando se mira al espejo, ve al cobarde que fue y volverá a ser. Ya nada es lo mismo. La debilidad aparece como algo humillantemente sencillo. Y de ahí nace la vergüenza. Cada esquina parece recordarme implacablemente lo decepcionante que ha resultado la búsqueda de "lo mejor para mi". Debo marcharme, huir. Hoy de este lugar, mañana ¿quien sabe? No es la traición quien me persigue, sino la derrota de haber cedido tan fácil ante ella.

El juego - Anahi


Encontrábanse tres grandes amigos a la sombra de un antiguo olivo en la Grecia del año 327 A.c. grandes amigos eran Teofrasto de Jenovades y Jenovades  de Anaximedes. Y Anaximdedes de Teofrasto. Para que el equilibrio fuera justo  así fuesen los tres, amigos por igual.
Jóvenes he ilusionados de vivir en época tan moderna donde poder platicar de las cosas bajo majestuoso olivo sin peligrar la vida de nadie, mientras debatían grandes cuestiones de la vida mundana, porque también eran grandes cuestiones, las del mundo.
Propongo un juego!!! Dijo dando un brinco Teofrasto que siempre necesitaba de emociones. Sus amigos le miraron intrigados, con la ingenuidad que solo la juventud  besa a los neófitos en los ojos en sus primeros años.
Propongo inventar una palabra y ver cuan lejos llega.
Urra!!!! gritaron Jenovades y Anaximedes
Que palabras propones?
Teofrasto frunció el seño mientras se rascaba un codo murmurando…taron… tracon,tricon,traicion…
TRAICION!! la gritare en el mercado esta tarde mientra empujo a alguno de ustedes al suelo. Y me marcho disgustado.
Urra volvieron a gritar sus amigos y mientras celebraban el ingenioso juego.
Jenovades, pregunto..
Pero que puede significar? Y Teofrasto respondió!! Que importancia tiene, es solo un juego!

Cuaderno de bitácora: sesión 54

Domingo 20 de octubre de 2013, seis de la tarde, reunión en Can Liliput. Asistimos a la sesión: Pau, Paco, Anahi, Rocio, Silvia, Guillermo, Cristina, Antonio. Una segunda Silvia asiste como invitada. 

Compartimos los textos del blog del grupo134 de Antonio.

Ejercicio: Hemos de escribir un texto a partir del tema de "la traición".

- Lecturas compartidas:
  • Antonio: "La noticia"
    •  http://elgrupociento34.blogspot.com.es/2013/08/la-noticia-antonio.html