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viernes, 25 de enero de 2013

La receta - Antonio

300 ml de agua, 250 gr de harina de fuerza, 250 gr de harina integral, 1 cucharada de sal, 1 chorro generoso de aceite, 30 gr de levadura de cerveza, manos fuertes, brazos dispuestos a amasar, reposo, dos veces, y, sobre todo, amor, la masa es un bebé, siempre ha de estar calentita y subir a su ritmo. La receta de mi abuela brillaba amarillenta en la pantalla del ordenador. El silencio de la letras aún hacía resonar su voz en mi cabeza. Mi madre me había hecho llegar una caja entera de fotos antiguas y papeles de la abuela para que los escaneara y pasaran a ser "eternos". Ahora tras la pantalla, inanimada, plana, carente de emoción, viendo ese pedazo amarillento lleno de letras, cayó el peso de la memoria, extrañamente el olfato se llenó de los olores antiguos, casi olvidados, mi estudio se convirtió en la cocina estrecha y triste del piso de barrio obrero de la abuela, donde mamá y yo pasábamos los viernes por la tarde cocinando pan y salsa de tomate, sentadas en los modestos taburetes de contrachapado y patas de metal, feos, incómodos e insustituibles. Charlas que yo primero no escuchaba de niña, que luego intentaba eludir de adolescente, y que no supe perderme nunca de mujer hasta que la abuela no se despertó un viernes por la mañana. El olor y un sabor de cocina que nunca más he sentido, y que, ahora, sin quererlo, me une más que nada a las mujeres de mi familia, y a lo que sin saberlo del todo soy.

El cambio - Pau

Cuando oyó, a lo lejos, explotar las primeras bombas, supo que ese día, un angel de la guarda le había salvado.
El cuartel estaba siendo bombardeado. Se dirigió a paso rápido hacia el lugar dónde la tragedía se abatía sobre sus compañeros. La gente, en las calles, miraba atemorizada hacia el lugar atacado. Señalados por columnas de humo que nada bueno anunciaban. Ricardo, jadeando por lo acelerado de su paso, llegó al cuartel en el que reinaba el caos y la destrucción.
Había muchos muertos y heridos. Había sangre en el suelo y en las paredes. Algunos heridos caminaban como sonámbulos sin rumbo claro.
Se dirigió al comedor. Allí la escena era desoladora. La primera bomba había sorprendido a varios soldados mientras comían y la onda expansiva había hecho bien su trabajo. No quedaba nadie vivo.
Entre los muertos estaba su amigo Arturo. Enajenado, en estado de shock, apartó uno de los cadáveres que se había desplomado sobre la mesa y se puso a comer, despacio, del plato de lentejas que el muerto no había podido terminar, intentando apartar de su cabeza un pensamiento insidioso que le abrasaba por dentro: Si Arturo no hubiera accedido generosamente a cambiarle la guardia ese día para que él pudiera salir con su novia, habría sido él quien hubiera dejado a medias ese plato de lentejas.   

Flashback - Romanie

Estábamos subiendo por la calle Misión esquivando muchas personas que cómo nosotros caminaban rápido para combatir el frío de un sábado noche de febrero. Un ir y venir de voces hablando en español  con acentos muy distintos al mío, México, Puerto Rico, El Salvador… Lapo me llevaba a la concurrida cantina de la que tanto me había hablado, para comer algo antes de ir al concierto. Me di cuenta de que iba sonriendo mientras absorbía el bullicio del barrio, me sentía tan contenta de estar de vacaciones y encontrarme en este ambiente que me resultaba tan exótico . Todo me parecía formar parte de una postal en mi recuerdo. Justo al llegar al cruce con la calle 23rd había una sucursal de banco y Lapo me pidió que lo esperara un momento mientras sacaba dinero. Mientras esperaba mi mirada se quedó absorbida mirando el tráfico que pasaba por la calle y con ese sonido tan particular de los cables que rozan veo cómo se para un autobús eléctrico al otro lado de la calle. En su interior está lleno de personas, unas sentadas y otras de pie, otras se preparan para bajar y otros están subiendo. Esta imagen captura mi atención como el escenario iluminado en un teatro desde mi asiento oscuro. Siento una cierta angustia o un nudo en la garganta. Soy una de esas personas que vuelve del trabajo entre fuertes olores a personas ajenas, esa luz fluorescente y deprimente del interior del autobús. Estoy volviendo al piso después de un jornal de 9 horas en la pizzeria cobrando 4.60$ la hora con un permiso de trabajo falso, llevo tres semanas trabajando y aun no me han pagado. Me siguen dando largas, pero no tengo otra opción. Estoy preocupada y no sé qué voy a hacer. Esta ciudad apenas la conozco y mi situación es clandestina. El piso al que vuelvo para dormir es la cama de Santiago que me la presta mientras él trabaja en turno de noche. Me tengo que esperar media hora en una cafetería cuando llegue a la 24th mientras espero que se hagan las 23h y él me dé la llave. Siento angustia al no tener un lugar dónde descansar la vista en todo el día, estoy cansada, no tengo tranquilidad ni dentro de mí. Pero algo tiene que pasar, tengo que sobrevivir esto cómo sea…es un bache….
….Lapo me dió un toque en el hombro y con una sonrisa me dije que nos fuéramos  rápido, que ya tenía el dinero. Estaba  confusa en ese momento, ya no llevaba esa sonrisa permanente de turista, mi estómago ya no tenía hambre y mi cabeza tardó unos instantes en recoger todas esas sensaciones que mi cuerpo había vivido. Tomé un trago de aire fresco y volví a sonreír. Ya pasó todo eso. Ahora estaba de vacaciones, tenía una buena cama donde dormir, dinero que gastar y era ese mismo escenario el que me servía hoy para disfrutar. Un mismo lugar y tantas emociones distintas que conviven, quizás tantas cómo personas.

Silencios - Marcela

Pregunté por él en la vieja pensión y subí al tercer piso sin ascensor. Me abrió la puerta y me pidió que pasara mientras terminaba su maleta.
Lo observaba en silencio, y en silencio él recogía y ordenaba su ropa.
Sólo tenía que dejarlo en el aeropuerto y volver a olvidarlo.
Cuánto daño me hizo su ausencia en la infancia, pero más daño sentí al no tenerlo durante la adolescencia. Silencios interrumpidos por inesperadas cartas de tono melancólico, quizá una cada tres años; y tan sólo, un par de visitas.
Recuerdo la primera… Yo tenía doce años…

“Mi pose sugería indiferencia pero todo mi ser vibraba de ilusión. Me llevó de compras y aunque me gustó más el regalo que recibió mi hermana – una radio-cassete stereo, de doble pletina – le agradecí gustosamente aquellas zapatillas Nike que tanto deseaba.
Me ganó prometiendo planes que resolveríamos juntos en breve, y se fue para no volver.”

Ahora, a mis cuarenta años, lo tengo a pocos metros y lo observo. Mi pose sugiere indiferencia y todo mi ser también.
No se qué puede sentir él, tampoco me importa, lo que sí sé es que no es capaz de mirarme a los ojos, ni acercarse para darme un abrazo. No conoce a mis hijos, no sabe nada de mi vida pero dice estar orgulloso de tener un hijo policía, y no ve que sólo está orgulloso de una profesión.

En el aeropuerto me pidió que no aparcara. Se bajó rápidamente sin darme tiempo a bajarme, y se despidió desde la puerta, agradeciéndome el favor, un cuídate y besos a los niños. Lo ví alejarse lentamente, con paso torpe y encorvado por la edad, rumbo a ninguna parte. No se si regresará con su segunda familia que también abandonó, o si tiene nuevos planes que nunca resolverá con nadie.

Al llegar a casa, escucho cómo juegan en el salón mi hermana con mi hijo. Me acerco sigilosamente para no ser descubierto. Y veo una escena que me transporta al pasado.

“Tengo una larga fila de coches que recorren toda la alfombra del salón. Sé que cuando coloque el último, mi hermana, que ya asoma una perversa sonrisa, destrozará sin piedad toda la ordenada y larga fila de coches de todas las marcas, que papá me compra
al volver de cada viaje”

Un grito de rabia y risas descontroladas me hicieron regresar al salón de mi casa. Sin dudarlo corrí al encuentro de mi hijo para darle un gran abrazo, ese abrazo que mi padre nunca supo dar, aunque lo deseara con todas sus fuerzas. Mi hermana me observaba en silencio, sonriendo, cómplice del porqué de mi incontrolable impulso amoroso.

La casa de la colina - Guillermo


Bajé del tren en la estación de Bielefeld. Luego de un viaje trasnochado debía darme prisa si quería llegar al albergue. Contaba sólo con el nombre del lugar: La Casa de la Colina, una residencia de estudiantes que se situaba en la zona boscosa.
Era medianoche y la cuidad estaba desierta. Caminé siguiendo las indicaciones de un croquis que había confeccionado con la ayuda de un vendedor de periódicos en la estación anterior. Llegué a la plaza que figuraba en el plano. Varios senderos convergían a ella, y todos se adentraban en el bosque. Había una persona sentada en un banco, decidí acercarme a preguntarle por el albergue, se trataba de un vagabundo, al llegar a él nos saludamos y me extendió su caja con vino, nein, danke shön, ¿conoce ud la casa de la colina? Se sonrió, luego se levantó y me hizo una señal de que lo acompañara, caminamos hacia uno de los senderos, el peso de mi mochila me ayudaba a combatir el frío de la noche, el hombre se detuvo ante uno de ellos, quedé estupefacto, era la entrada de un túnel de vegetación tupida, con un manto de hojarasca de más de un palmo. El viento agitaba un cartelucho de madera y hacía crujir sus bisagras, no había pérdida: Hill House. Pregunté tontamente al hombre nuevamente, este asintió, me dió la mano y me dijo que estaría a unos 15 minutos del albergue andando. Me invadió una extraña sensación, cómo si nos conociéramos desde siempre. Nos despedimos y me dispuse a ajustar mi mochila bajo la última farola de la plaza. Era noche sin luna, tenía que armarme de valor y entrar en la completa oscuridad. A cada pisada, las hojas crepitaban emitiendo un estruendoso eco a lo largo del sendero. Mi corazón se aceleraba por momentos. Ya no sentía la carga de mi mochila. Caminé durante algunos minutos, con una mano adelante como guía, me maldecía a mí mismo por llegar a un pueblo desconocido a esas horas, no había marcha atrás, me encontraba en medio de un túnel completamente oscuro del cual no tenía la certeza de poder salir.
Continúe la marcha dando tumbos entre la maleza, el suelo de hojas se hundía por momentos, la telarañas se pegaban a mi rostro, comenzé a ver alucinaciones en forma de animales que correteaban junto a mí, sentía mi respiración cada vez más fuerte. Pensé en salirme del sendero a través de los setos pero cada vez que lo intentaba quedaba atrapado en ellos. Hasta que por fin divisé un haz de luz entrando por la bóveda del techo, fue una tímida señal de salvación, me lanzé hacia ella a través de la vegetación.  
Y ahí estaba la casa de colina, en un claro del alto de la colina. Divisé a dos estudiantes jugando ping-pong en la sala del altillo, ajenos a los secretos de bosque seguramente. Golpeé a la puerta en dos ocasiones. Salió el anfitrión con cara de pocos amigos. “Llegas tarde!” me reprochó.

Cuaderno de bitácora: sesión 21

9 de febreo de 2012, siete de la tarde, nos reunimos en Can Alone. Asistimos a la sesión: Marcela, Romanie, Jason, Guillermo, Pau, Diana y Antonio.

Ejercicio: Relato de temática libre, introduciendo en la narración un salto al pasado para poder entender la situación que planteamos.

Lecturas compartidas:
  • Luis Rosales: "Diario de una resurrección"
  • Wislawa Szymborska: "Instante"