Creía que me había doctorado en esto del fluir cuando dejé todo por un golpe de olfato que me llevó a dar mi salto trasatlántico. Una vez allí me moví para cubrir todas mis necesidades utilizando el mismo método simple y directo: preguntar por las mañanas a mis tripas a dónde querían llevarme. Yo, aunque no entendiera de sus motivos, siempre les hacía caso. Y no me defraudaron. Como mínimo me conducían a días sencillos y agradables. Como máximo a conseguir piso, trabajo, y algunos días – más de uno– a coincidencias sorprendentes y abrumadoras.
Debo decir que esto, aunque siempre presente en mi vida, se me fue olvidando a mi regreso. Me desentrené un poco. El I ching dice que la verdadera quietud consiste en estar quieto cuando toca estar quieto y en moverse cuando toca moverse, pero le perdí un poco el pulso a este ritmo. Parecemos querer, constantemente, tener respuestas absolutas a la vida –poder quedarnos en un solo lado de la existencia.
En esto andaba pensando en el catamarán, viendo el sol caer. Zack se había ido a atender una embarcación herida y Marina me hacía señas a lo lejos desde la tabla de windsurf. Había aprendido el día anterior –ya conocedora de los vientos fue capaz de manejarse sobre la tabla en unos veinte minutos– y había decidido aventurarse a probar, esta vez sola, sin tener en cuenta que no se había fijado ni por asomo en cómo se montaba la vela. La botavara estaba demasiado alta y el armatoste se le había vuelto, a pesar del poco viento, ingobernable. Me hacía señas a lo lejos ya rendida, tumbada sobre la tabla y remando con los brazos para llegar hasta el catamarán. Pero le venía el viento de frente y no se movía del lugar.
− ¡Ven a por mi! –gritó.
Yo me asomé al pequeño dingui lleno de remos, de nuestras bolsas y algunas chanclas. A la venida había intentado remar y lo hacía con tanto empeño y fuerza que no lograba acompasar el toque de mi remo en el agua con el de Marina. Solo había logrado que la embarcación se ladease, entorpeciendo la navegación. Tampoco había manejado nunca el motor y a aquel rescate solo le imaginaba un resultado desastroso que en lugar de una naúfraga a la que rescatar dejase a dos a la deriva. Le grité que no me atrevía.
− Suelta el dingui, súbete y no hagas nada.
− ¿Qué?
− ¡Que no hagas nada! El viento, tal como viene, te va a traer hasta mí.
Hice lo que Marina pidió. Solté el cabo, subí a la barca y no hice nada. Ella tampoco, flotando sobre su tabla. Nos mirábamos y nos reíamos. Pasó un barco francés y le saludamos. Pasó una gaviota. Ella esperó y yo esperé hasta que el viento, de un modo impecable y exacto, me llevó hasta ella. Puso el motor en marcha y regresamos al catamarán justo cuando Zack volvía.
Me pregunté qué hubiera pasado de haber sabido remar mejor, y vi que era posible que ni siquiera hubiera llegado mucho antes que siendo suavemente empujada por el viento –aunque sí, probablemente, más cansada. Tan solo habíamos necesitado de una persona capaz de leer el viento y otra capaz de seguirlo para salvar la situación. Las corrientes saben bien, bien de sobra, a dónde van. Y si tú también lo sabes, bueno, entonces quizá sea mucho más sencillo si te subes en una de esas corrientes y confías en su secreto caminar por el mundo.
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miércoles, 9 de octubre de 2013
martes, 19 de marzo de 2013
Navidad - Diana C
Paseaba por
Bryant Park a la espera de que el espectáculo de patinaje artístico comenzase.
Los primeros copos de la tarde empezaron a caer y se acompasaban con un
ambiente de luces y música de Frank Sinatra que me daba la sensación de estar dentro
del gigantesco decorado de la próxima película Julia Roberts. Mi primo no se
sentía partícipe del azucarado espíritu navideño que a mí, por el contrario, me
estaba asaltando por sorpresa y con el corazón tan abierto que no tuve ningunas
ganas de resistirme a aquella alegría. Podría parecer ficticia, pero yo sabía
que era un continuum de la que me había embargado desde que había pisado Nueva
York. Ahora esa alegría estaba manifestando un pico en alza. Campanillas y
bailes para los donativos al cuerpo de salvamento, encendido del árbol en el
Rockefeller Center, nieve posándose en los bancos de Central Park... Sí, como
decía Álex, en esta ciudad, por más renegado que seas de la Navidad, hacen
temblar seriamente los cimientos de tus convicciones.
Calmaba mi
frío entrando en puestos con libretas de cuero repujado, muffins, o finísimas
imitaciones de zapatos en miniatura. ¿Qué le pasaba a esta ciudad con la
idolatría por los zapatos? Esto es algo que antes hubiera criticado sin piedad,
pero ya no me importaba todo en lo que creía creer, todo lo que creía odiar.
Por algún motivo allí la gente está feliz, y ya casi terminando mi viaje dejé
de tratar de averiguar el por qué. Simplemente quería seguir participando el
tiempo que me quedase de esa alegría y dinamismo que se contagian sin esfuerzo por las calles de
Manhattan. Entré en un puesto de joyería donde vi un Ojo Azul, ese amuleto de
protección. El dependiente era turco.
- ¿Crees
que este amuleto te protege?
El turco me
miró fijamente y dijo:
- Si
yo tiro uno al suelo, se rompe. Si no puede protegerse a sí mismo, ¿cómo puede
protegerme a mi?
- No
se romperá – reté al turco – vamos, tíralo. - Pareció dubitativo, a punto de
hacerlo, pero al final decidió dejarlo de nuevo en su estantería. - Es sólo un
trozo de cristal. Eres la primera persona a la que le cuento esto. A todos les
digo “sí, por supuesto, protege”. He de venderlos. No sé por qué te he dicho
algo así.
- Es
sólo un símbolo, ¿entiendes? Sólo algo sobre lo que poner tu conciencia, pero
es la conciencia la que te protege. El símbolo simplemente te ayuda a
recordarlo.
Ah, me sentía
inquebrantable. Le conté cómo había dejado mi trabajo, mi vida atrás, y todo
por un pálpito que me llevó al último lugar del planeta que voluntariamente
hubiera escogido. Ahora me daba cuenta de cuántos prejuicios había dejado caer
durante mi estancia allí. Le conté algunas cosas increíbles acerca de las
piedras que él mismo vendía y que desconocía. Eran increíbles pero él las
creyó, sin saber por qué. Y yo no sabía por qué, pero salté un océano tras el
cual me esperó la dicha con una sola condición: la de no saber qué iba a
ocurrir mañana. Solo podía sonreír
cuando se lo contaba al turco.
La palabra Navidad
significa “nacimiento de la vida para ti”. La vida nace siempre donde uno menos
se lo espera. Debajo del asfalto crecen margaritas que lo atraviesan. Del
vidrio azul sin vida de un turco descreído surge la conciencia sobre el resto
de piedras auténticas que vende. Y para una pseudo hippie con ciertos
principios acerca del consumismo nace en la ciudad más abarrotada de
escaparates del planeta, haciéndole respetar las infinitas posibilidades de
creación de las que es capaz el ser humano. Quizá ese nacimiento de la vida
solo se hace posible con un salto al vacío - ¿pues qué es todo nacimiento sino
un salto que requiere una cierta dosis de fe? Respiré el frío cortante. Observé
los restos de hielo que segaban las patinadoras en sus giros, las hojas caídas
que rescataban de la pista. Me envolvieron las voces angelicales del coro de
niños, las luces del Empire State y el resto de edificios colindantes. Aquella
magia la habían hecho posible los humanos y me pareció esperanzador que
pudiésemos crear cosas tan bellas.
lunes, 18 de marzo de 2013
El pájaro: Diana C
Era mediodía. En el cristal del salón se oía un ligero y desesperado repiqueteo. Un petirrojo había quedado atrapado en la casa. Engañado por la luz y el verdor, el pájaro intentaba escapar golpeando desesperadamente con su cabeza el ventanal. No es la primera vez que esto pasa y que descubro un pájaro muerto en el salón a fuerza de engañarse con la luz, de golpearse con la falsa realidad del cristal. Algo parecido sucede a veces con los humanos: atraídos por la luz, golpean y golpean la realidad-el cristal-, se estrellan contra ella hasta huir o morir en la empresa. Afortunadamente, llegue a tiempo de cogerlo, de abrir la puerta y arrojarlo al aire, a la luz que deseaba. Voló entre las ramas a una velocidad increible. Pero ¿cuál es la mano que -sin peligro- nos puede conducir a los humanos a la plena libertad de la luz?
Me pregunté también, si es que supuestamente la Naturaleza era sabia, cómo era posible que un pájaro se autoengañase, qué clase de función operaba en sus instintos para desviarse de tal modo de las señales -olores, sonidos, temperatura – que indicaban el camino adecuado.
Pensé si, como en los humanos, funcionaba en las aves alguna clase de adicción a la búsqueda, a la lucha, a estar constantemente empecinados en el no-resultado por miedo a la luz auténtica. O si era tal vez alguna clase de biomagnetismo del desamor que, como las tormentas, disparaba las brújulas y los radares interiores de los seres vivientes haciéndolos confusos y cegándolos.
¿Y si se trataba de no querer ver la salida? La puerta estaba a solo a dos metros del petirrojo. La Libertad implicaba la brisa, los árboles y el sol, pero también volar en soledad una gran parte del tiempo. El primer salto, sin duda, debía ser dado a solas. En cambio aquella férrea esclavitud a la ilusión hacía conservar, al menos, la esperanza de una mano cálida guiando el camino aun por un breve tramo. Un Alguien que por un momento agarra y sostiene antes de dejar partir.
Así pues era una actitud repetitiva e ilusoria la pretensión de la falta de olfato, de vista y de oído. Y preguntándome por el ave recordé de súbito aquella vez en la iglesia. Frente a una Virgen blanca un pequeño grupo de desconocidos, la mayoría turistas, habíamos parado a rezar, o a descansar. Un silencio inundaba de respeto la catedral, y la luz blanca otorgaba una paz que iba más lejos de creencias, países de procedencia y otras distinciones. En esa paz reinante, de pronto, un hombre cayó fulminado. Estaba rezando de rodillas y cayó al suelo. Pensé que se había dormido, pero allí se quedó sin levantarse, parecía totalmente desorientado. Todos los que estábamos a su alrededor nos quedamos paralizados sin comprender qué le ocurría, no supimos reaccionar, al igual que él, que no se movía. Entonces un par de vigilantes de la catedral se le acercaron. Por un instante pensé que le iban a invitar a irse por borracho. Pero delicadamente le pusieron una mano en el hombro, con una voz muy suave le preguntaron si se encontraba bien y le ayudaron a sentarse. El hombre salió de su desorientación y pareció adquirir una nueva dignidad ante el apoyo de las manos que, sin juicios ni preguntas, simple y amorosamente le ayudaron a levantarse. Y ese hombre me ayudó a comprender al pájaro. Algo me hizo pensar si no nos perdemos para recordarle a esa mano que la necesitamos. El hombre que cae, el pájaro cegado, le recuerdan a la mano que un poco de su comprensión basta para volver a hacerles dignos. Y así, siendo todo este mundo un juego de espejos, todos un manto entretejido de la misma materia hecha hilos, es el extraviado y ciego el que obliga al que ve a acercarse, recordándole con este acercamiento que no ve solo para sí mismo, sino para una Totalidad mayor. Es así como el perdido le enseña al guía lecciones sobre el Amor.
Me pregunté también, si es que supuestamente la Naturaleza era sabia, cómo era posible que un pájaro se autoengañase, qué clase de función operaba en sus instintos para desviarse de tal modo de las señales -olores, sonidos, temperatura – que indicaban el camino adecuado.
Pensé si, como en los humanos, funcionaba en las aves alguna clase de adicción a la búsqueda, a la lucha, a estar constantemente empecinados en el no-resultado por miedo a la luz auténtica. O si era tal vez alguna clase de biomagnetismo del desamor que, como las tormentas, disparaba las brújulas y los radares interiores de los seres vivientes haciéndolos confusos y cegándolos.
¿Y si se trataba de no querer ver la salida? La puerta estaba a solo a dos metros del petirrojo. La Libertad implicaba la brisa, los árboles y el sol, pero también volar en soledad una gran parte del tiempo. El primer salto, sin duda, debía ser dado a solas. En cambio aquella férrea esclavitud a la ilusión hacía conservar, al menos, la esperanza de una mano cálida guiando el camino aun por un breve tramo. Un Alguien que por un momento agarra y sostiene antes de dejar partir.
Así pues era una actitud repetitiva e ilusoria la pretensión de la falta de olfato, de vista y de oído. Y preguntándome por el ave recordé de súbito aquella vez en la iglesia. Frente a una Virgen blanca un pequeño grupo de desconocidos, la mayoría turistas, habíamos parado a rezar, o a descansar. Un silencio inundaba de respeto la catedral, y la luz blanca otorgaba una paz que iba más lejos de creencias, países de procedencia y otras distinciones. En esa paz reinante, de pronto, un hombre cayó fulminado. Estaba rezando de rodillas y cayó al suelo. Pensé que se había dormido, pero allí se quedó sin levantarse, parecía totalmente desorientado. Todos los que estábamos a su alrededor nos quedamos paralizados sin comprender qué le ocurría, no supimos reaccionar, al igual que él, que no se movía. Entonces un par de vigilantes de la catedral se le acercaron. Por un instante pensé que le iban a invitar a irse por borracho. Pero delicadamente le pusieron una mano en el hombro, con una voz muy suave le preguntaron si se encontraba bien y le ayudaron a sentarse. El hombre salió de su desorientación y pareció adquirir una nueva dignidad ante el apoyo de las manos que, sin juicios ni preguntas, simple y amorosamente le ayudaron a levantarse. Y ese hombre me ayudó a comprender al pájaro. Algo me hizo pensar si no nos perdemos para recordarle a esa mano que la necesitamos. El hombre que cae, el pájaro cegado, le recuerdan a la mano que un poco de su comprensión basta para volver a hacerles dignos. Y así, siendo todo este mundo un juego de espejos, todos un manto entretejido de la misma materia hecha hilos, es el extraviado y ciego el que obliga al que ve a acercarse, recordándole con este acercamiento que no ve solo para sí mismo, sino para una Totalidad mayor. Es así como el perdido le enseña al guía lecciones sobre el Amor.
viernes, 8 de marzo de 2013
Entrevista de Diana C a Romanie
P: Para ti cuál de tus mundos es más real, ¿el de tus
cuadros o el mundo tangible del día a día?
R: qué difícil esa pregunta. Pues no me lo planteo como dos
mundos diferentes. Es como una mezcla de los dos, una fusión, el mundo que
reflejo allí es tan real como el que vivo aquí. Es ver cómo todo fluye sin
poner límites de tiempo y espacio y entonces es una parte de mi vida normal, es
como un fluir.
P: combinar ambos en
lo cotidiano, parece que es algo que tienes bastante integrado.
R: en principio a diario uno se mete en un trabajo y un
ritmo normal, pero creo que es todo un fluir. Una india americana me echó las
cartas de los indios americanos y me dijo que mi animal de medicina era una
araña, quería decir que me gusta mucho crear una red de cosas y relacionarlo
todo y me siento muy identificada con esa imagen. Me gusta buscar gente, ideas,
y cosas, es más, como yo creo en el mundo de las asociaciones el poder ver cómo
fluyen naturalmente, el poder escucharlos y pillar esa conexión es lo que me
interesa. ¡Soy una araña! (risas) En mi vida normal funciona de la misma
manera, intento ser muy disciplinada, muy correcta, tengo ese polo, y el otro
polo que es meterme en el estudio y intentar no juzgar y no controlar, que soy
muy controladora, y es donde puedo permitir que eso salga. Una parte se
complementa mucho con la otra, necesitan estar los dos estados, porque si solo
estuviera un estado estaría colocada y fatal de la cabeza, estaría lo que
llaman loco, y de la otra manera mantengo los pies en el suelo y lo puedo
combinar.
P: ¿si te quedaras solo en el polo de lo correcto?
R: Lo he probado, porque cuando me pillé la hipoteca del
piso me comprometí con muchos trabajos y lo dejé, yo necesito tiempo para
dedicarle a ese estado y me enfermo mental y físicamente si no tengo esa
liberación, empiezo a ser tóxica y neurótica. Me he dedicado a intentar
equilibrarlo. Yo no quiero vivir de los cuadros porque pienso que cambiaría mi
manera de pintar, y lo he comprobado, entonces prefiero contar con trabajar
para sacar un sueldo. Después de ese año en que estuve trabajando muchísimo
intenté ponerme a pintar y lloraba porque no tenía esa conexión con las cosas,
se me había muerto y lo reconocía porque siempre lo había tenido vivo. Cuando
te metes muy a saco en un ritmo que no es el tuyo te pierdes. Entonces siempre
estoy buscando la balanza para por lo menos tener la sensibilidad a flor de
piel. Poder ver detrás del velo. Hay un mantra que me gusta mucho que dice “Sé
que estoy buscando algo pero no se lo que es. Solo espero reconocerlo cuando lo
encuentre”.
P: ¿A qué te refieres con esa conexión?
R: bueno, yo me inventé una religión cuando iba al
instituto, porque no me gustaba la religión normal. Mi amiga que estudió
medicina y yo nos preguntamos en qué creíamos. Bueno, no vas a poner todo esto
¿no? (risas) Me inventé la teoría de los magnetismos. Cuando estudiamos
electricidad en 7º de EGB a mí me encantó, era positivo, negativo y neutro. A
partir de ahí pensaba que todos éramos como imanes que teníamos dos polos y que
nos vamos atrayendo y repeliendo según la electricidad y la carga que llevamos.
P: ¿Cuál de tus lenguajes expresa más claramente lo que
quieres decir?
R: Para mí la música sería el mayor modo de expresarlo,
porque tengo ese dolor en el fondo, la escritura si no escribo bien me da
igual, pero la música … de todos modos se me hace una montaña empezar a
aprender un instrumento, y entonces pienso que hay poco tiempo en la vida y que
prefiero dedicarlo a lo que puedo. Creo que la pregunta que más me viene a veces
es si sirve de algo pintar porque siento que estoy sola en un sitio pintando.
La música la gente la puede disfrutar, es más adaptable, la escritura también
es más algo físico, y luego la pintura es muy bonito, pero a veces me siento
inútil, pienso que tal vez estaría siendo de más utilidad yéndome a lo que hago
a veces, a trabajar con niños con problemas pero a la conclusión que he llegado
es que para poder transmitir yo tengo que estar bien. Por eso me gusta combinar
las dos cosas, trabajar con niños y pintar, porque ellos me dan algo, yo
también les doy algo, y es trabajo conjunto.
5 personajes - Diana C
Al llegar a casa Merche se dio cuenta de que se había dejado
las llaves dentro. Eran las seis de la
madrugada y la madre de Laura y la mía pensaban que pasaríamos la noche donde
Mer viendo alguna película. A Laura le habían pedido que la llamase a las doce
para avisar de que ya estábamos en casa. Entonces no había teléfonos móviles,
sino hubiera sido tan fácil como salir un momento del Vinilo, llamar y volver a
entrar. Pero Laura se las arregló para que su hermana pequeña, Ale, que también
dormía fuera, suplantase su voz. Todo el mundo las confundía por teléfono.
-
Dile a mamá solo “soy yo”, no digas soy
Laura ni nada, no trates de disimular.
Cuando nos vimos en la calle Laura de imnediato se puso a
trepar por las enredaderas. Era un primer piso y parecía fácil llegar al
balcón, pero de todos modos estaba alto y las hojas se arrancaban y quedaban
entre sus dedos. Mer comenzó a intentar abrir la cerradura con unas tarjetas.
-
¿Y quién te ha enseñado eso? - le
pregunté
-
En el instituto se aprenden muchas
cosas. Te tenías que haber cambiado con
nosotras, vas a seguir hecha una pija toda la vida. - decía mientras la
cerradura parecía ceder. Laura seguía tratando de trepar hacia el primer piso,
se estaba arañando las manos y clavándose astillas de la celosía.
-
Si, pija, pero mi casa no es la que
tiene piscina.. ¿Vamos a darnos un baño? - entonces la cerradura cedió y
abrimos la puerta. Entramos pero Laura seguía trepando. -¡Eh, Laura, bájate de
ahí que ya se puede entrar!
-
¡No! ¡Voy a conseguirlo! ¡Hoy es la
noche de las hazañas! !Es la noche en que Laura Herradón trepó hasta el primer
piso y logró rescatar a sus amigas de una larga y sombría noche sin techo!
-
Laura, menuda castaña llevas, bájate ya
y entra – le dijo Merche
-
¡¡No!! - gritó, de pronto - ¡Dejadme en
paz! - y se agarró con fuerza. Ya no subía ni bajaba, se quedó ahí quieta. La
celosía era endeble y crujía. - lo voy a conseguir, lo voy a conseguir –
susurraba, ahora entre lágrimas.
-
¿Qué es lo que vas a conseguir?- le
grité - ¿Sabes qué? Me tienes harta con tus números. Me voy a la piscina, si
quieres te vienes y si no, ahí te quedas. - y me di media vuelta mordiéndome el
labio de rabia.
Me di un baño en la piscina. Clareaba la luna en los
árboles. Nadé en silencio para no despertar a los vecinos, pero un golpe seco y
un llanto hizo esa labor por mi. Al poco llegó Merche con Laura cojeando,
lloraba y sonreía a la vez. Tenía una brecha en la cabeza y la pierna
sangrando. Acabamos la noche en urgencias.
-
¿Tú crees que me escayolarán?
-
¿Y yo qué coño sé, no podías haber
entrado por la puerta y ya está?
Le dijeron que estaba bien, y le dieron en la cabeza unos
puntos que no se veían. Para la pierna, betadine, y como llevaba pantalón de
campana, un poco a lo Janis Joplin, su herida de guerra quedó oculta. A la mañana siguiente volvió a casa. Su
hermana pequeña tras llamar haciéndose pasar por Laura, había salido con su
amiga a comprar tabaco. Salieron solo cinco minutos de casa, pero como estaban
a dos portales su padre las pilló y le cayó un castigo de cadena perpetua por
el resto del verano. Fue entonces cuando Ale empezó a fumar. De nuestra llegada
a las cuatro de la mañana, de abrir puertas con tarjetas, de nuestro alcohol y
nuestro tabaco, y de la caída y la brecha de Laura, nunca supieron nada. Me
dijo:
-
Mi madre ni siquiera se ha dado cuenta
de que no era yo, la del teléfono.
Y ese fue el verano en que Laura comenzó a salir con Nano,
un motorista que la llevaba a carreras ilegales. Volvía siempre a casa llena de
cardenales, pero en su casa nunca se daban cuenta. Hoy hemos estado en el
hospital. Con fracturas múltiples en la pierna izquierda y en el codo, y media
cara morada, la he visto sonreir como aquel verano. Sus padres al fin estaban
allí, desencajados, preguntándole en qué demonios andaba metida.
Nota de suicidio - Diana C
“Cielo, ya no puedo más. Este sufrimiento me tiene esclavo y
la vida ya no es vida, es una tortura. Necesito que las niñas sepan que las
adoro, que lo sepan siempre, pero me martiriza que vayan a recordarme así. Si
me marcho ahora que aún son tan pequeñas, ¿crees que podrán acordarse de mí
cuando era grande, cuando aún trabajaba? Tengo esa esperanza. Cariño, no
llores. Tú ya no vas a poder acordarte de mis besos, pero inténtalo, haz como
si te hubiese besado una última vez antes de todo esto. Después, por favor,
intenta ser feliz. Te quiero. Os quiero más de lo que puedo decir”
Aquí paré de escribir, no podía seguir por las lágrimas
emborronándome la vista. Él me estaba mirando, atravesándome con esos ojos
enormes suyos, y después volvió a mirar el tablero, pero fui incapaz de
seguirle mostrando el abecedario. Sin embargo él, implacable, siguió
pestañeando el morse de sus párpados. S.O.S., repetía. Hasta que accedí a
continuar taquigrafiando sus últimas palabras. He tardado tres horas y media en
escribir su carta, letra a letra, cada pestañeo suyo un golpe de martillo en mi
pecho y ahora la tengo frente a mí. Lo último que ha dicho es “No soy tuyo.
Suéltame, por favor. Déjame ir”. Pero no sé si puedo. No había nadie más en la
habitación. Qué difícil es algunas tardes encontrar a las enfermeras. Creo que
voy a tirar esta carta horrible a la basura. No había nadie más en la sala,
solo él y yo.
Fábula - Diana C
La libélula se había posado en una rama del gran árbol donde
todos los insectos tenían su hogar. Poco a poco salieron de sus secretos
escondrijos para ver a la nueva habitante. El escarabajo negro se abrió paso
entre el resto de moradores del árbol y habló.
-
¿A qué has venido extranjera? - la
libélula les miró en completo silencio. Había extendido sus alas que brillaban
de iridiscencia dorada al sol. Todos los insectos quedaron cegados por su
belleza y su imponente presencia.
-
Vengo a pediros cobijo. He sido
desterrada - habló la libélula.
-
¿Qué has hecho para merecer tal
castigo?
-
Volar – y la libélula alzó su barbilla.
-
No es posible, extranjera. La mariquita
vuela y no la hemos desterrado – y la mariquita negó con la cabeza aleteando en
un rápido zumbido sus alas- la mosca vuela, la abeja, la mariposa, todas ellas
vuelan y son parte de la comunidad. Hasta yo que soy de tierra tengo mis alas y
soy el alcalde de este pueblo. ¿Quién osaría desterrarte por volar?
-
No habéis volado muy lejos de este
árbol si no conocéis la respuesta a esta pregunta. Me ha desterrado mi amado.
Los insectos hicieron asamblea y decidieron de común acuerdo
dar cobijo a la libélula, pues había
sido sincera. Al principio la acogieron y la trataron como a una más. Sin
embargo con el pasar de los días algo les iba inquietando. Era el brillo de sus
alas, que les dejaba a todos ciegos y no podían mirarla demasiado tiempo
seguido. El ciempiés le pidió que ocultara sus alas, incluso la mariposa
acostumbrada a desprender magias y brillos en su vuelo, le solicitó que se
replegase. Pero la libélula se negó a la petición que el pueblo le hacía. Le
dejaron entonces un hueco en lo alto de las ramas, donde sólo si miraban hacia
arriba se cegarían.
Un día todo el poblado se despertó alarmado. Temblaba el
árbol, sus ramas en terremoto, sus hojas cayendo violentamente al suelo. El
escarabajo dio la voz de alarma: estaban siendo atacados por el Dragón que
embestía el árbol con sus testa.
-
¿Por qué viene aquí? No somos
suficiente alimento para tan voraz apetito.
La libélula descendió y dijo:
-
No viene por vosotros, viene a por mí –
y con su habitual dignidad se dirigió volando hacia donde se encontraba el
Dragón.
La libélula aleteó a su alrededor y el brillo de sus alas
cegó a la bestia que ya no veía y no podía asestar más testarudos golpes al
árbol. Entonces la libélula le habló:
-
Ya me desterraste en una ocasión, ¿por
qué vienes a molestar a estas gentes de bien?
-
¡He de vencerte!
-
No puedes – el resto de insectos
miraban estupefactos a un pequeño insecto como ellos enfrentándose a un Dragón
– por más lejos que me expulses nunca te librarás de mi. Deberías haberle
pedido a aquella bruja otro hechizo.
-
Es cierto, no debí pedirle que te
convirtiera en insecto, solo debí pedirle que te quitara las alas.
-
¿Y por qué en lugar de eso no le
pediste que te hiciera brotar alas a ti también?
La libélula se situó justo enfrente del Dragón como un
espejo. Y todos los insectos enmudecieron ante lo que sucedió. La libélula se
transformó en una gigantesca Dragona alada.
-
No soy nada que tú no lleves dentro,
pero has querido derrotarme. Qué gran error has cometido, amor mío.
El
Dragón cegado y avergonzado se sumergió como una serpiente en las entrañas de
la tierra y desapareció. Y la Dragona sin espejo volvió a ser libélula. Desde
aquel día fue venerada por el resto de insectos que la honraron por haber
salvado al poblado del Dragón con la belleza y el brillo de sus alas.
El rincón de Angelina - Diana C
Caminando elijo, tarde, dónde sentarme. Se me han terminado
los bares, se me acaba el pueblo en la carretera y regreso pensando que se me
ha acabado también el tiempo.
Entonces me rescata un parque lleno de niños.
Lucía, rubísima, patalea en el columpio. Sara pasea una
cometa serena, sin viento. Después baja un monopatín por las escaleras con el
mismo aire imperturbable. Ambos objetos le pesan lo mismo – ha nacido ya siento
fuerte para tener el peso y la ligereza en sus manos por igual.
Angelina ha dado el grito de alarma avisando a mamá de que
ha visto a una garrapata enorme volando viniendo hacia ella.
-
Sólo quédate aquí mirando, mamá,
mientras yo vuelvo a ver si está.
Y ha vuelto, y ha llorado, y mamá ha trepado por el gran
escalón que las separaba ensuciándose toda la ropa y ha corrido hasta el rincón
de Angelina.
Ismael y Óscar están luchando con espadas, custodiados por
un dragón con escamas verdes.
Y María, con un pegote de chocolate en la mejilla, me ha
dicho que ella ya se sabe subir en el columpio sola.
Y yo en la plaza estoy tratando de traducir en palabras la
magia que provoca vuestra pequeña presencia, esa pureza que tenéis todos, dando
vuestros primeros pasos, o escondidos tras unas gafas enormes, o llorando o ya
queriendo empezar a ser responsables pero aún trepando a las copas de los
árboles.
Y sé que no puedo explicaros. Que tan solo quiero sumergirme
en ese mundo vuestro donde las peleas se hacen con una espada de plástico que
al tocar al contrincante solo le provoca risa. Donde al dragón se le derriba de
un golpe seco y ya no muerde más. Donde ante un problema que da miedo mamá
trepa intrépida un muro y en dos segundos su presencia lo soluciona todo.
No puedo contaros a vosotros, quizá preferiría contar
algo para vosotros... y entonces
sé que solo puedo hacerlo si miro el mundo con vuestros ojos, y cojo
perspectiva subida a un columpio y miro el cielo que va, y que viene y que va,
mientras Jorge se columpia a mi lado, suelta sus chanclas por el aire y ríe descalzo.
viernes, 25 de enero de 2013
Seres Alados - Diana C
Siempre había soñado que volaba, pero ahora que le
habían salido las alas no sabía qué hacer con ellas. Iván se miraba las plumas
relucientes, cada mañana las cepillaba, las extendía y se asombraba de su
envergadura y su belleza. Pero, ¿cómo aprender a usarlas sin que alguien lo
viera en la ventana y lo creyera un suicida? En el metro se veía obligado a
replegarlas bajo la ropa, protegiéndolas de la masa voraz. En casa se relajaba
y las extendía, pero al moverse siempre tiraba el mando del televisor o, como
aquella vez, el jarrón de la difunta tía Tomasa. Cuando una chica le gustaba
sus alas resplandecían y aleteaban a pesar del propio Iván. Al fondo del
autobús, tras una hilera de plumas quebradas, se preguntó si alguna vez
encontraría, junto a las plazas reservadas a minusválidos, ancianos y
embarazadas, un lugar para los seres alados.
Escritos sobre el mar
Analia:
-->
al mar !
azul
misterioso
poema húmedo
callas la fiebre
de Cualquier opaco
Diana:
-->
Lengua generosa que lame las heridas de los
hombres/ de la tierra/ de la arena
Abrazo/caricia imposible de ser negado
Lametones/ Lengüetazos que juegan a
recordarnos a Dios/ el infinito
Sustentador de vidas infinitas
Náufrago borracho que siempre vuelve a casa
Porción infinita de vida
Cielo
al revés conteniendo sus propias estrellas/ Cielo bocabajo fabricante de sus
propias estrellas
Marcela:
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1. “Matriz de Gea, líquido salado, de vida y muerte”
2. “Matriz
salada, envuélveme. Silencia mi tormento en tu oscura profundidad”.
3. “Mientras
surco la matriz salada, sólo veo la estela”
Antonio:
Tira, estira, va, viene, se retira
Romanie:
Movimiento de vaivén. Caricias marinas.
En el mar recuerdo los rincones olvidados de mi cuerpo.
Guille
Una ola muere
Donde nace otra
La espuma estará
Cuando te extingas.
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