Soltó el remo y se miró las manos, estaban irritadas y las sumergió en el agua de forma involuntaria. El contacto del agua helada con las manos la transporto a la realidad, aprovechó para refrescarse el cuello y la cara. Le apeteció tanto beber, pero no podía fiarse. Llevaban mas de 7 horas en la pequeña embarcación y ya no podían remar más.
Aprovecharon el cambio de corriente para dejar fluir la pequeña embarcación, el descanso la lleno de alegría, borrando de su mente el accidentado y precipitado embarque, quien las mandaría a tomar ese maldito paquete de vacaciones al limite.
- ¿estás segura que vamos en la dirección correcta? Se apresuro a preguntarle a su amiga.
- Creo que si. Tampoco era tan difícil. Dijo sacaba del bolsillo del chaleco un trozo de papel emborronado y leyendo mientras en voz alta …Seguir la rama del río mas ancha durante al menos 3 días para encontrar el próximo poblado.
- No estoy tranquila … la ultima bifurcación me hizo dudar.
- No empieces otra vez, y aprovecha el paisaje, en una par de horas tendremos que buscar un buen lugar para el campamento, me preocupan más los animales nocturnos.
Miraba el exuberante paisaje de forma hipnótica, nunca había visto tantos árboles y pájaros, el sonido del bosque era intenso. Pensó que ojala no tuvieran que remar más. el suave cause del río era embriagador.
No habrían pasado mas de 10 minutos cuando notaron que la corriente era mucho mas intensa, a lo lejos un ruido atronador, se miraron aterradas, eso solo podría significar una cosa…
Gritaron al unísono…CASCADA!!!
Remaron con todas sus fuerzas olvidándose del cansancio y el dolor, nunca se había sentido tan fuerte y tan viva. Ningún pensamiento ocupaba su acalorada mente y estallo en júbilo al sentir bajo la endeble embarcación el rascar de la orilla.
Saltaron más de metro y medio y como si fueran una sola persona, alzaron la embarcación sobre sus cabezas y corrieron unos 10 metros en dirección al bosque. Cayeron de rodillas y se abrazaron como nunca. Sintiendo el desbocado corazón de su amiga entre sus brazos sintió que nunca había sido mas feliz.
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miércoles, 9 de octubre de 2013
Un cuento de mar - Silvia
Érase una vez, en una pequeña
isla perdida en medio del mar mediterráneo, un joven pescador solitario llamado
Mariano. Vivía Mariano en una pequeña casa sin más compañía que su gato, y no
recibía visitas pues bien conocido era su mal carácter y su poco interés por
las demás personas. Mariano salía cada día a pescar en su bote de vela y vendía
el pescado que no necesitaba para comer. Lo que ganaba lo guardaba, pues apenas
gastaba, pensando en las cosas que haría en el futuro: comprarse un barco de
motor, viajar quizás…
Aquel día Mariano se levantó
más tarde de lo habitual. Una espesa capa de nubes cubría el cielo, amenazando
con lluvia. Pero como no llovía y Mariano se consideraba un experimentado
marinero, decidió salir igualmente a pescar, pensando que pescaría el doble al
quedarse sus colegas en tierra. Al llegar a la playa encontró a una bella joven
cosiendo y reparando unas redes. Era María, una amiga de la infancia con la que
dejó de relacionarse al crecer. La vió de lejos y le pareció hermosa. Ella
levantó la vista y le dijo –Mariano, tú que tanto sabes del
cuidado y mantenimiento de los aparejos de pesca, ¿podrías quedarte un rato
conmigo y ayudarme con esta red que intento reparar? Pero Mariano tenía un
objetivo claro para ese día y, tras dudar unos breves instantes le contestó –No tengo tiempo, me voy a
pescar.
-¿Con el día que hace? Nadie
ha salido, se prevé tormenta. Yo de ti no iría.
-¿Quién prevé tormenta? ¿Los
demás pescadores, que están esperando la ocasión para quedarse en el bar
jugando a cartas? Hoy es un día como cualquier otro. Está nublado, y ya está.
Yo he decidido ir a pescar y ya se me está haciendo tarde hablando contigo.
Echó la barquita a la mar e
izó la vela. Un fuerte viento le empujaba veloz mar adentro y enseguida estaba
echando las redes. Miró al cielo plomizo y confió en su buen criterio. Al rato
empezó a llover y el mar se embraveció repentinamente. Decidió entonces recoger
las redes y le sorprendió ver que un único y minúsculo pececillo había quedado
atrapado en ellas. El pececillo le miró a los ojos y le dijo, con voz
suplicante: -Mariano, devuélveme al mar. Yo soy pequeño y no podrás ni
alimentarte de mi. En cambio, si me devuelves al agua, creceré y entonces me
vuelves a pescar y podrás hacer una fiesta conmigo. Pero tal era la frustración
y el mal carácter de Mariano que le contestó: -Mira pececillo, todo hombre que
tenga la mente clara sabe que es mejor tener poco hoy que mucho mañana. Y metió
al pececillo en su cesto. El viento había arreciado y las olas, grandes y
fuertes, hacían tambalear la pequeña embarcación. Izó la vela para regresar y
una fuerte racha de viento la rasgó haciendo casi tumbar la barca. No le
quedaba más remedio que volver a remo. Miró hacia la costa a través de la
lluvia, cada vez más fuerte, y descubrió que se hallaba más lejos de lo que
esperaba. Tendría que remar mucho para llegar, pero no vió otra alternativa.
Sacó los remos y remó y remó y remó. Las olas le empujaban mar adentro y él
remaba contra corriente. Seguía remando y la costa no se acercaba. Estaba
agotado y seguía remando. Remó hasta perder el conocimiento y en ese estado de
inconsciencia se le apareció la Virgen del Carmen vestida de sardina.
Resplandecía toda ella envuelta en escamas plateadas y se le acercaba
parsimoniosamente mientras le dirigía las siguientes palabras:-Mariano, querido
Mariano. ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?
¿Cómo se te ocurre echarte a la mar con el día que hacía? Relájate un poco,
hombre, mira a tu alrededor y escucha a los demás. Fíjate en los pececillos,
ellos se dejan llevar a dónde la corriente les empuja. ¿Por qué quieres tú ser
diferente?¿Te crees mejor acaso? En tu afán de remar te vas a dejar la vida. Y
ahora que te he pescado me toca a mi decidir si vives o si mueres…
Cuando
abrió los ojos el sol le hirió. El mar, en calma, mecía suavemente su barca
sobre la que no quedaba nada más que él mismo. No tenía remos, ni cesto, ni
nada. Buscó la isla con la mirada y la descubrió lejana en el horizonte.
Intentó relajarse y se dejó llevar por las olas. Constató al rato que la
corriente le llevaba en la dirección adecuada. Sonrió y pensó en la Virgen. –Gracias!
Dijo, mirando al mar.
¿Remas o fluyes? - Diana C
Creía que me había doctorado en esto del fluir cuando dejé todo por un golpe de olfato que me llevó a dar mi salto trasatlántico. Una vez allí me moví para cubrir todas mis necesidades utilizando el mismo método simple y directo: preguntar por las mañanas a mis tripas a dónde querían llevarme. Yo, aunque no entendiera de sus motivos, siempre les hacía caso. Y no me defraudaron. Como mínimo me conducían a días sencillos y agradables. Como máximo a conseguir piso, trabajo, y algunos días – más de uno– a coincidencias sorprendentes y abrumadoras.
Debo decir que esto, aunque siempre presente en mi vida, se me fue olvidando a mi regreso. Me desentrené un poco. El I ching dice que la verdadera quietud consiste en estar quieto cuando toca estar quieto y en moverse cuando toca moverse, pero le perdí un poco el pulso a este ritmo. Parecemos querer, constantemente, tener respuestas absolutas a la vida –poder quedarnos en un solo lado de la existencia.
En esto andaba pensando en el catamarán, viendo el sol caer. Zack se había ido a atender una embarcación herida y Marina me hacía señas a lo lejos desde la tabla de windsurf. Había aprendido el día anterior –ya conocedora de los vientos fue capaz de manejarse sobre la tabla en unos veinte minutos– y había decidido aventurarse a probar, esta vez sola, sin tener en cuenta que no se había fijado ni por asomo en cómo se montaba la vela. La botavara estaba demasiado alta y el armatoste se le había vuelto, a pesar del poco viento, ingobernable. Me hacía señas a lo lejos ya rendida, tumbada sobre la tabla y remando con los brazos para llegar hasta el catamarán. Pero le venía el viento de frente y no se movía del lugar.
− ¡Ven a por mi! –gritó.
Yo me asomé al pequeño dingui lleno de remos, de nuestras bolsas y algunas chanclas. A la venida había intentado remar y lo hacía con tanto empeño y fuerza que no lograba acompasar el toque de mi remo en el agua con el de Marina. Solo había logrado que la embarcación se ladease, entorpeciendo la navegación. Tampoco había manejado nunca el motor y a aquel rescate solo le imaginaba un resultado desastroso que en lugar de una naúfraga a la que rescatar dejase a dos a la deriva. Le grité que no me atrevía.
− Suelta el dingui, súbete y no hagas nada.
− ¿Qué?
− ¡Que no hagas nada! El viento, tal como viene, te va a traer hasta mí.
Hice lo que Marina pidió. Solté el cabo, subí a la barca y no hice nada. Ella tampoco, flotando sobre su tabla. Nos mirábamos y nos reíamos. Pasó un barco francés y le saludamos. Pasó una gaviota. Ella esperó y yo esperé hasta que el viento, de un modo impecable y exacto, me llevó hasta ella. Puso el motor en marcha y regresamos al catamarán justo cuando Zack volvía.
Me pregunté qué hubiera pasado de haber sabido remar mejor, y vi que era posible que ni siquiera hubiera llegado mucho antes que siendo suavemente empujada por el viento –aunque sí, probablemente, más cansada. Tan solo habíamos necesitado de una persona capaz de leer el viento y otra capaz de seguirlo para salvar la situación. Las corrientes saben bien, bien de sobra, a dónde van. Y si tú también lo sabes, bueno, entonces quizá sea mucho más sencillo si te subes en una de esas corrientes y confías en su secreto caminar por el mundo.
Debo decir que esto, aunque siempre presente en mi vida, se me fue olvidando a mi regreso. Me desentrené un poco. El I ching dice que la verdadera quietud consiste en estar quieto cuando toca estar quieto y en moverse cuando toca moverse, pero le perdí un poco el pulso a este ritmo. Parecemos querer, constantemente, tener respuestas absolutas a la vida –poder quedarnos en un solo lado de la existencia.
En esto andaba pensando en el catamarán, viendo el sol caer. Zack se había ido a atender una embarcación herida y Marina me hacía señas a lo lejos desde la tabla de windsurf. Había aprendido el día anterior –ya conocedora de los vientos fue capaz de manejarse sobre la tabla en unos veinte minutos– y había decidido aventurarse a probar, esta vez sola, sin tener en cuenta que no se había fijado ni por asomo en cómo se montaba la vela. La botavara estaba demasiado alta y el armatoste se le había vuelto, a pesar del poco viento, ingobernable. Me hacía señas a lo lejos ya rendida, tumbada sobre la tabla y remando con los brazos para llegar hasta el catamarán. Pero le venía el viento de frente y no se movía del lugar.
− ¡Ven a por mi! –gritó.
Yo me asomé al pequeño dingui lleno de remos, de nuestras bolsas y algunas chanclas. A la venida había intentado remar y lo hacía con tanto empeño y fuerza que no lograba acompasar el toque de mi remo en el agua con el de Marina. Solo había logrado que la embarcación se ladease, entorpeciendo la navegación. Tampoco había manejado nunca el motor y a aquel rescate solo le imaginaba un resultado desastroso que en lugar de una naúfraga a la que rescatar dejase a dos a la deriva. Le grité que no me atrevía.
− Suelta el dingui, súbete y no hagas nada.
− ¿Qué?
− ¡Que no hagas nada! El viento, tal como viene, te va a traer hasta mí.
Hice lo que Marina pidió. Solté el cabo, subí a la barca y no hice nada. Ella tampoco, flotando sobre su tabla. Nos mirábamos y nos reíamos. Pasó un barco francés y le saludamos. Pasó una gaviota. Ella esperó y yo esperé hasta que el viento, de un modo impecable y exacto, me llevó hasta ella. Puso el motor en marcha y regresamos al catamarán justo cuando Zack volvía.
Me pregunté qué hubiera pasado de haber sabido remar mejor, y vi que era posible que ni siquiera hubiera llegado mucho antes que siendo suavemente empujada por el viento –aunque sí, probablemente, más cansada. Tan solo habíamos necesitado de una persona capaz de leer el viento y otra capaz de seguirlo para salvar la situación. Las corrientes saben bien, bien de sobra, a dónde van. Y si tú también lo sabes, bueno, entonces quizá sea mucho más sencillo si te subes en una de esas corrientes y confías en su secreto caminar por el mundo.
Era una de esas mañanas - Antonio
Era una de esas mañanas, no sé si me entiendes. Era una más de todas las mañanas, pero no sé porqué, tenía la sensación de que había algo diferente, algo nuevo. ¿Me entiendes? Estaba como siempre en la mesita de la cocina, al lado de la ventana. Tomaba mi té rojo y veía lo de siempre, el movimiento en la calle, la tienda de Mike con todas las cajas de frutas y verduras en la calle. Me gusta estar ahí hasta las nueve o las nueve y media, que es cuando el sol empieza a golpear la ventana.
Estaba solo, Patty, se había ido a trabajar, y no necesitaba nada. Ella se preocupa por mí, me lo deja todo preparado siempre, y, sí un día estoy mal, sabe cómo aplacar mis demonios. Pero hoy, me he quedado más tiempo allí, mirando. Intentaba recordar desde cuándo conocía a todos los que conocía al verlos, y quiénes debían de ser los desconocidos. Es mi barrio, he crecido aquí. En un tiempo quise irme, pero no debí de intentarlo con demasiado ímpetu, porque aquí sigo, y ya no pienso en largarme.
Entonces he pensado que debía de hacerlo, que debía de bajar y dar una vuelta. No he querido esperar, sino ya sabes que me quedo en casa. Tan sólo he cogido una chaqueta y las llaves, y he salido. Tenía miedo, pero la emoción podía más. En la calle el sol apretaba más fuerte que arriba en la cocina, y me he parado a dejar que me calentase el rostro. Mike me ha gritado desde el otro lado de la acera y el muy loco me ha lanzado una manzana. Guau, ha sido como hace veinte años, cuando el era el lanzador del instituto y todos lo admirábamos. Y yo he sido capaz de alcanzarla en el aire. ¿Te das cuenta? Mike ha aplaudido cuando la he cazado y me ha gritado eres grande tío, eres grande. Eso me ha dado fuerzas, y he bajado la calle camino del parque. He ido remando, como dice Patty. Pero cuando he llegado al sendero del parque, no había casi nadie, y entonces, me he dejado llevar. Sí. He cogido impulso y me he dejado llevar. Ha sido increíble. Tenía tanto miedo. He llegado casi hasta el final del parque, y me he sentido vivo. Por eso he venido a verte Taylor, por eso he cruzado las tres calles que separan el parque del cementerio.
Taylor yo sé lo que es nadar contracorriente, créeme, la prisa, los sueños. No hay que remar tanto, hay que dejarse fluir, quiero decir, hay que remar con lo que tenemos, hay que saber descansar y dejarse llevar. Quizá haya que saber hacia dónde vamos, no sé, quizá. Pero créeme no es tan importante el cuándo lleguemos. Todo eso lo he sentido esta mañana, ¿ves? Y por eso he venido hasta aquí, solo, por primera vez desde el accidente, con la silla de ruedas. Hay que dejarse fluir, y sólo remar para corregir mínimamente el rumbo. Quiero decir, Taylor, ¿de qué sirve el viaje si no sabes disfrutar de él?
Estaba solo, Patty, se había ido a trabajar, y no necesitaba nada. Ella se preocupa por mí, me lo deja todo preparado siempre, y, sí un día estoy mal, sabe cómo aplacar mis demonios. Pero hoy, me he quedado más tiempo allí, mirando. Intentaba recordar desde cuándo conocía a todos los que conocía al verlos, y quiénes debían de ser los desconocidos. Es mi barrio, he crecido aquí. En un tiempo quise irme, pero no debí de intentarlo con demasiado ímpetu, porque aquí sigo, y ya no pienso en largarme.
Entonces he pensado que debía de hacerlo, que debía de bajar y dar una vuelta. No he querido esperar, sino ya sabes que me quedo en casa. Tan sólo he cogido una chaqueta y las llaves, y he salido. Tenía miedo, pero la emoción podía más. En la calle el sol apretaba más fuerte que arriba en la cocina, y me he parado a dejar que me calentase el rostro. Mike me ha gritado desde el otro lado de la acera y el muy loco me ha lanzado una manzana. Guau, ha sido como hace veinte años, cuando el era el lanzador del instituto y todos lo admirábamos. Y yo he sido capaz de alcanzarla en el aire. ¿Te das cuenta? Mike ha aplaudido cuando la he cazado y me ha gritado eres grande tío, eres grande. Eso me ha dado fuerzas, y he bajado la calle camino del parque. He ido remando, como dice Patty. Pero cuando he llegado al sendero del parque, no había casi nadie, y entonces, me he dejado llevar. Sí. He cogido impulso y me he dejado llevar. Ha sido increíble. Tenía tanto miedo. He llegado casi hasta el final del parque, y me he sentido vivo. Por eso he venido a verte Taylor, por eso he cruzado las tres calles que separan el parque del cementerio.
Taylor yo sé lo que es nadar contracorriente, créeme, la prisa, los sueños. No hay que remar tanto, hay que dejarse fluir, quiero decir, hay que remar con lo que tenemos, hay que saber descansar y dejarse llevar. Quizá haya que saber hacia dónde vamos, no sé, quizá. Pero créeme no es tan importante el cuándo lleguemos. Todo eso lo he sentido esta mañana, ¿ves? Y por eso he venido hasta aquí, solo, por primera vez desde el accidente, con la silla de ruedas. Hay que dejarse fluir, y sólo remar para corregir mínimamente el rumbo. Quiero decir, Taylor, ¿de qué sirve el viaje si no sabes disfrutar de él?
Elogio a Shakespeare - Cristina
Fluir o remar, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el ser humano, dejarse llevar por las corrientes que nos rodean y así esperar nuestro destino o tal vez remar en busca de él?
Decidir, sopesar...nada más. El miedo a fluir como un río es acabar en una desembocadura desconocida. El miedo a remar es agotarte y no lograr tu objetivo. Sin embargo,¿quién no ha deseado alguna vez descansar los brazos y dejarse llevar por lo desconocido, quién no ha deseado dirigir el timón en algún momento de su vida?
Nosotros somos nuestro campo de batalla, mientras nuestros sueños permanecen inmóviles esperando la ansiada respuesta.
Decidir, sopesar...nada más. El miedo a fluir como un río es acabar en una desembocadura desconocida. El miedo a remar es agotarte y no lograr tu objetivo. Sin embargo,¿quién no ha deseado alguna vez descansar los brazos y dejarse llevar por lo desconocido, quién no ha deseado dirigir el timón en algún momento de su vida?
Nosotros somos nuestro campo de batalla, mientras nuestros sueños permanecen inmóviles esperando la ansiada respuesta.
El gran rio - Pau
"Sé libre alma
fluvial. Vé: desemboca en el mar vasto, canta y sueña.
Para en un remanso,
una mañana clara, donde el amor venga a besar tu boca."
José Hierro
Desde que tengo
memoria, fluyo en este gran río. En mi recuerdo forman un remolino los días de
calma, en los que nada se movía, con los de aguas vivas y revueltas,
torrenciales.
Pero yo siempre
fluía.
Las orilas, unas
veces cercanas, hasta casi tocarlas; otras muy lejos, como tierra desde alta
mar, enmarcan mi devenir.
He sorteado escollos
afilados dejando en ellos, atrás, trozos de piel y carne.
He disfrutado del
sol, la lluvia y las estrellas en noches claras y mágicas envueltas en el
perfume de orillas amables.
He visto sobrepasarme
a gente remando frenéticamente, hacia un destino extraño e impostergable que
ignoraban.
Hubo quién, poco a
poco, pasaba remando a ratos, pausadamente y sabiendo fluir con corrientes
favorables, y yo, alguna vez intenté unirme a ellos, a su ritmo, seguirles,
pero no fuí capaz.
Hace días que percibo
en el aire la atomización del agua batida y el bramido imponente de la gran
catarata.
La mayoría de los que
remaban con frenesí, yacen despanzurrados en el fondo del barranco.
Los que supieron
remar y fluir, han encontrado un remanso donde esperar la próxima y fatal
crecida, inexorable, disfrutando de un último y plácido fluir.
Y ahí voy yo,
perfectamente consciente de hacia donde me lleva la corriente, con los remos
inservibles por falta de uso, y por lo demás, con pocas ganas de usarlos.
¿Fluyes o remas? - Romanie
Escucho esta pregunta y me siento aludida. Es "situacional". Una pregunta que es prima de ¿Dónde estás? ...Observo la imagen que se crea en mi cabeza.
Cuando siento que fluyo, el universo en el que habito es un gran puzzle, y sus piezas todas encajan perfectamente. Cuando fluyo me siento en sintonía, confío en la vida y me crea una sensación de felicidad. Otras veces remo. Esa imagen es la de estar en un temporal del que tengo que organizarme para salir a salvo. Mi mirada se tiene que fijar en un punto dado, fuera del temporal. Mi cuerpo se tiene que mover repetida y ordenadamente hasta recuperar la fluidez.
Mientras fluyo, pienso que para mantener este estado debo seguir remando, para no perder la forma. Siempre llegan tormentas y hay que saber remar. Creo que todos pasamos momentos fluidos y momentos en los que remamos.
Y ahora, ¿Cómo me muevo?
Mientras fluyo voy remando...la situación es la que es, la acepto y la disfruto, mi esfuerzo de remar.
Mientras remo, fluyo. La situación requiere que reme y al remar y sudar en su proceso, me encuentro fluyendo.
Ambas situaciones son ciertas. Creo que por eso me gusta esta pregunta, porque se queda abierta después de hacerme viajar por diversas situaciones. Es "experiencial".
Cuaderno de bitácora: sesión 51
1 de septiembre de 2013, siete y media de la tarde, reunión en Can Blai. Asistimos a la sesión: Pau, Jason, Romanie, Anahi, Rocio, Silvia, Cristina y Antonio.
Ejercicio: Esta sesión hemos de escribir un texto a partir de la pregunta: "¿Fluyes o remas?".
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- Kenneth Resroth: "Cien poetas chinos".
- Leonardo Da Vinci: "The flight of the mind" (biografía)
- Elizabeth Kubler-Ross: "La rueda de la vida" (memorias)
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