Recuerdo bien ese día. Me hicieron un poco menos niño. La hora señalada pasaba ante mis ojos como una estrella fugaz. Escribí con afán las cartas en busca de los pequeños tesoros que me aguardarían en el escondite de los sueños. La sed de los camellos,
el intrigante hueco de la chimenea, el árbol y su pesebre brillando como si fuera el último día. Llegué a confesarle a mi padre que algún día sería carpintero. No sentía predilección sobre un rey mago en particular, aunque admito que dirigía mis escritos a Baltasar, tal vez por su áurea de exotismo y cara de bondad. No exageraba en mis pedidos, pero recibía en abundancia, como si la alegría de un niño se pudiera saciar por la cantidad, como si, de algún modo, la inocencia perdida tuviera un precio.
Y llegó la mala noticia. Recuerdo bien ese día: de cuclillas frente a la chimenea y con un puñado de alfalfa entre mis manos.
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lunes, 13 de mayo de 2013
lunes, 1 de abril de 2013
Diciembre, la Navidad - Romanie
La navidad simboliza para mí una repetición, un ritual, un ciclo...aun no me gustan las cosas que se repiten, aun no me gusta la Navidad.
Cuando rea pequeña me encantaba la Navidad. Como a cualquier noño o niña al que se le recalque que en esas fechas podemos comer chocolates, dulces, hacer y recibir regalos...se permitetodo lo que durante el resto del año no es posible...solo porque es Navidad.
A veces viajamos, sólo porque es Navidad. Vemos a la familía, sólo porque es Navidad. Llega el momento en el que me voy de casa a los dieciocho años y me encuentro con que cada día es Navidad. Estoy bajo mis propias reglas y todo depende de mis decisiones. Llega el día de Navidad y algo no encaja, no tiene sentido. Año tras año cuando llega la Navidad siento el absurdo...y sigo sin entender esta celebración, sobre todo porque se me ha educado para cuestionar y no dar nada por hecho.
Ahora puedo describir la Navidad como un ritual que cada año se repite con exactitud.
Es un ritual que algunos años he dejado de ejercer y que ahora hace unos ocho ciclos que volví a hacer el esfuerzo de tomar mi papel en el teatro por respeto a otros, pero este año me volvió a doler.
No me molesta que los demás quieran celebrar la Navidad, cada uno a su manera, pero, ¿Por qué se "obliga" a los que no quieren participar a tomar parte?
¿Por qué me quieren hacer sentir culpable si no participo? A los que les gusta la Navidad, hablan de Paz y amor...¿No siguifica eso vivir y dejar vivir?
Siento que no exíste la libertad emocional en estas fechas...Hay que disfrutar! Hay que comer! Hay que amar!...me dicen en tono agresivo bajo una falsa sonrisa, ese es el diablo de la Navidad.
Cuando rea pequeña me encantaba la Navidad. Como a cualquier noño o niña al que se le recalque que en esas fechas podemos comer chocolates, dulces, hacer y recibir regalos...se permitetodo lo que durante el resto del año no es posible...solo porque es Navidad.
A veces viajamos, sólo porque es Navidad. Vemos a la familía, sólo porque es Navidad. Llega el momento en el que me voy de casa a los dieciocho años y me encuentro con que cada día es Navidad. Estoy bajo mis propias reglas y todo depende de mis decisiones. Llega el día de Navidad y algo no encaja, no tiene sentido. Año tras año cuando llega la Navidad siento el absurdo...y sigo sin entender esta celebración, sobre todo porque se me ha educado para cuestionar y no dar nada por hecho.
Ahora puedo describir la Navidad como un ritual que cada año se repite con exactitud.
Es un ritual que algunos años he dejado de ejercer y que ahora hace unos ocho ciclos que volví a hacer el esfuerzo de tomar mi papel en el teatro por respeto a otros, pero este año me volvió a doler.
No me molesta que los demás quieran celebrar la Navidad, cada uno a su manera, pero, ¿Por qué se "obliga" a los que no quieren participar a tomar parte?
¿Por qué me quieren hacer sentir culpable si no participo? A los que les gusta la Navidad, hablan de Paz y amor...¿No siguifica eso vivir y dejar vivir?
Siento que no exíste la libertad emocional en estas fechas...Hay que disfrutar! Hay que comer! Hay que amar!...me dicen en tono agresivo bajo una falsa sonrisa, ese es el diablo de la Navidad.
martes, 19 de marzo de 2013
Navidades del 74 - Pau
La
familia ha recibido hace poco, en mayo, una visita que viene ha quedarse. Rocio
es un bebe de siete meses que acapara la atención de mamá. Ha nacido con un
tumor en un ojo, bautizado entre nosotros como "el ojito pirri", por
el que mi madre me pregunta a veces, a mí, que tengo siete años, "¿Te
parece un monstruíto Rocio?" Yo, la verdad, no sé ni recuerdo qué
contestaba. La miraba a elle y a su ojo deformado y notaba la preocupación de
mi madre, pero no sabía que pensar al respecto, solo esperaba que no la
devolvieran por eso.
Eso sucedía en
Ramiro Ledesma 273, en Valencia, donde vivíamos entonces y adonde habían
llegado las navidades. Mi hermano Nacho y yo jugamos en el recibidor de la casa
a astronautas. Yo tumbado en el suelo boca arriba con las piernas encogidas y
él se sienta en mis pies y yo le catapulto, con tanto entusiasmo que sale
despedido y se abre la cabeza. Sangre, carreras a urgencias, pequeña emergencia
familiar. Yo cara de que no he hecho nada. ¡Que viva la
navidad!
Al día
siguiente, mi hermano se va al futbol con su amigo Oliver; los lleva su padre a
ver el Valencia-Stal Mielec. Para quien no sepa de futbol, el Stal Mielec es un
equipo polaco del montón, de los que año tras año, sin pena ni gloria, pululan
por las categorías menores del futbol europeo. Pero para mí, la sonoridad del
nombre evoca resonancias que lo equiparan a la nobleza de equipos como Bayern
Munich, Manchester United o Inter de Milán. Yo no me lo puedo perder. Yo voy. "No,
tú no vas, no puedes ir." Berrinche, lloros, pataleta... Tan grande sería
el disgusto, que mamá solo encontró la forma de calmarme adelantando el regalo
principal de los reyes: un fuerte vaquero con su 7 de caballería y sus
comanches. Mientras el Stal-Mielec intentaba esforzadamente, sin exito,
escribir una línea honorable en el gran libro de la historia futbolística, yo
comprobaba satisfecho que los comanches eran capaces de entrar en el fuerte y
masacrar despiadadamente a todos sus defensores bajo la atenta mirada del
"ojito pirri"
Navidad - Diana C
Paseaba por
Bryant Park a la espera de que el espectáculo de patinaje artístico comenzase.
Los primeros copos de la tarde empezaron a caer y se acompasaban con un
ambiente de luces y música de Frank Sinatra que me daba la sensación de estar dentro
del gigantesco decorado de la próxima película Julia Roberts. Mi primo no se
sentía partícipe del azucarado espíritu navideño que a mí, por el contrario, me
estaba asaltando por sorpresa y con el corazón tan abierto que no tuve ningunas
ganas de resistirme a aquella alegría. Podría parecer ficticia, pero yo sabía
que era un continuum de la que me había embargado desde que había pisado Nueva
York. Ahora esa alegría estaba manifestando un pico en alza. Campanillas y
bailes para los donativos al cuerpo de salvamento, encendido del árbol en el
Rockefeller Center, nieve posándose en los bancos de Central Park... Sí, como
decía Álex, en esta ciudad, por más renegado que seas de la Navidad, hacen
temblar seriamente los cimientos de tus convicciones.
Calmaba mi
frío entrando en puestos con libretas de cuero repujado, muffins, o finísimas
imitaciones de zapatos en miniatura. ¿Qué le pasaba a esta ciudad con la
idolatría por los zapatos? Esto es algo que antes hubiera criticado sin piedad,
pero ya no me importaba todo en lo que creía creer, todo lo que creía odiar.
Por algún motivo allí la gente está feliz, y ya casi terminando mi viaje dejé
de tratar de averiguar el por qué. Simplemente quería seguir participando el
tiempo que me quedase de esa alegría y dinamismo que se contagian sin esfuerzo por las calles de
Manhattan. Entré en un puesto de joyería donde vi un Ojo Azul, ese amuleto de
protección. El dependiente era turco.
- ¿Crees
que este amuleto te protege?
El turco me
miró fijamente y dijo:
- Si
yo tiro uno al suelo, se rompe. Si no puede protegerse a sí mismo, ¿cómo puede
protegerme a mi?
- No
se romperá – reté al turco – vamos, tíralo. - Pareció dubitativo, a punto de
hacerlo, pero al final decidió dejarlo de nuevo en su estantería. - Es sólo un
trozo de cristal. Eres la primera persona a la que le cuento esto. A todos les
digo “sí, por supuesto, protege”. He de venderlos. No sé por qué te he dicho
algo así.
- Es
sólo un símbolo, ¿entiendes? Sólo algo sobre lo que poner tu conciencia, pero
es la conciencia la que te protege. El símbolo simplemente te ayuda a
recordarlo.
Ah, me sentía
inquebrantable. Le conté cómo había dejado mi trabajo, mi vida atrás, y todo
por un pálpito que me llevó al último lugar del planeta que voluntariamente
hubiera escogido. Ahora me daba cuenta de cuántos prejuicios había dejado caer
durante mi estancia allí. Le conté algunas cosas increíbles acerca de las
piedras que él mismo vendía y que desconocía. Eran increíbles pero él las
creyó, sin saber por qué. Y yo no sabía por qué, pero salté un océano tras el
cual me esperó la dicha con una sola condición: la de no saber qué iba a
ocurrir mañana. Solo podía sonreír
cuando se lo contaba al turco.
La palabra Navidad
significa “nacimiento de la vida para ti”. La vida nace siempre donde uno menos
se lo espera. Debajo del asfalto crecen margaritas que lo atraviesan. Del
vidrio azul sin vida de un turco descreído surge la conciencia sobre el resto
de piedras auténticas que vende. Y para una pseudo hippie con ciertos
principios acerca del consumismo nace en la ciudad más abarrotada de
escaparates del planeta, haciéndole respetar las infinitas posibilidades de
creación de las que es capaz el ser humano. Quizá ese nacimiento de la vida
solo se hace posible con un salto al vacío - ¿pues qué es todo nacimiento sino
un salto que requiere una cierta dosis de fe? Respiré el frío cortante. Observé
los restos de hielo que segaban las patinadoras en sus giros, las hojas caídas
que rescataban de la pista. Me envolvieron las voces angelicales del coro de
niños, las luces del Empire State y el resto de edificios colindantes. Aquella
magia la habían hecho posible los humanos y me pareció esperanzador que
pudiésemos crear cosas tan bellas.
Navidad - Rozio
Los sinvergüenzas esperaban ocultos en las sombras. Aún no
había anochecido pero al ocultarse el sol, el frío y la humedad cayeron sobre
sus cuerpos como una manta indeseable.
Algo no iba del todo bien. Ahora era el momento en que
esperaban entrar en la casa, según las informaciones de Marisa. A las 17:30 los
dueños saldrían a la cabalgata de reyes y luego irían a cenar con la cuñada. No
volverán hasta tarde, con el niño ya dormido, si es que los nervios lo
permitían. Son casi las 18 y este maldito frío se me está metiendo hasta la
médula... al final, la jugada me costará una pulmonía, pensaba uno de ellos.
Por fin, salieron precipitadamente todos y tras su marcha se
hizo el silencio en la casa de campo. Ningún vecino que pudiera presenciar el
robo, ninguna carretera cercana que trajera un testigo inesperado del
despreciable acto que iba a ocurrir.
Tenían la llave de la puerta trasera, así que la entrada a
la mansión fue sencilla. Aún así, destrozaron la cerradura para no implicar a
la ex trabajadora de la casa. Fueron directos al armario de la habitación. Ya
habían comprado los regalos de reyes antes de despedir a Marisa, así que esta
sabía perfectamente donde estaban escondidos. Cargaron los paquetes en las
mochilas y se las pusieron a la espalda. Ahora sólo tenían que caminar monte a
través hasta llegar al vado donde aparcaron, y ya estaría hecho. La venganza
perpetrada por el despido injustificado. La poca sensibilidad de los ricos
hacia la gente que trabaja para ellos, el exceso frente al esfuerzo diario en
silencio, la incapacidad de agradecimiento por la diligencia y el buen hacer,
iban a ser compensadas con un hachazo.... mañana no habrían regalo de reyes
para nadie, y así entenderían el sufrimiento de los que no tienen oportunidad
de comprar nada y sorprender a sus hijos. Maldita tradición navideña. El abismo
entre la pobreza y la felicidad crecía insalvable en estos momentos...
Sin pensarlo mucho, salieron de la casa y comenzaron la
marcha en la fría noche. En silencio, cada uno caminó con la pesada carga y sus
propios remordimientos. No eran mala gente, pero la rabia acumulada les
proporcionó el valor par a realizar la vileza. Llegaron al coche, se miraron, y
descubrieron que ambos compartían la misma vergüenza. Sacaron los regalos,
rompieron los paquetes y volvieron a poner los juguetes en las mochilas. El
camino de vuelta fue una copia de la ida, silencio y frío. Dejaron los paquetes
sobre la cama, sin intentar disimular el hurto, ahora sí había prisa.
Finalmente, algo no fue bien. No hubo rabia suficiente para destrozar la
ilusión del niño, al fin y al cabo, él no tiene la culpa.
Navidad - Antonio
Las calles y los locales están llenos de gente. Ni la lluvia, ni el frío les mantiene fuera. El enjambre en la ciudad alcanza su culmen, ruido, aglomeraciones, prisas, nervios, recados siempre de última hora. Llevo apenas una hora de vuelta, y ya recuerdo porqué me marché de aquí. El aguacero que ha caído esta tarde, al menos, ha hecho más respirable la atmósfera. Me resisto a estar aquí, de manera cabezota y estúpida, con un billete de vuelta en sólo un par de días e intentando negar la indudable belleza de las luces de colores reflejadas en el asfalto mojado. Insisto machaconamente en la soledad de las ciudades, rodeado como estoy de gente que en estos días parece estar decidida a sonreir permanentemente. Pretendo ser ajeno a todo lo que se está moviendo, incluso cuando yo mismo ando con una compra rápida, de última hora, en uno de los días marcados en rojo en el calendario de cualquier centro comercial. Sé lo que quiero, creo ingenuamente que eso me da una ventaja cualitativa sobre el resto de almas deambulando por los amplios pasillos sobreiluminados de este nuevo lugar de culto masivo. Ni siquiera tengo un plan B si mi idea inicial ha sido ya agotada de las estanterías. Y no lo tengo porque creo que el hecho de estar al margen de la euforia colectiva de estos días, me hace impermeable a la cascada de mensajes, necesidades, protocolos y celebraciones, y no considero ni por un instante que algunas decenas de esas miles de humanidades que compartimos ahora esta ciudad, hayamos podido tener la misma idea. Vivo en la resistencia. Siempre es así cuando estoy aquí, y más ahora, machacado por altavoces con canciones de letra estúpida que hablan de pastorcillos, virgenes, peces, campanas y demás estereotipos. Creo que esa resistencia me hace único, diferente, menos vulnerable, como si fuese un observador externo que toma notas para un estudio. Me gasta, me mina, aunque aquí el tiempo siempre parezca pasar más rápido. Lo creo por puro instinto de supervivencia, porque en realidad no soy más que otra parte de este ritmo, otra parte más necesaria para que todo este circo tenga sentido. Sobrevivo a la compra, a la masa, a la cola y a la pobre cajera, camino tres calles hasta un portal iluminado, conocido, al que sólo llamo al telefonillo una vez al año. Soy yo, respondo. Se abre la puerta. El ascensor es el último momento de preparación antes de romper la burbuja. La puerta de la casa está abierta. Al fondo del pasillo, en el salón, suena jaleo, igual que cada año. Es el primer ruido de la ciudad que puedo tolerar. Dentro están todos los que quiero y casi no veo. Me sale del alma sonreir y decir "Feliz Navidad".
Navidad - Anahi
Madre mia, preambulo de cualquier cosa. Si tienes porque tienes si no porque no, yo siempre le dedico unos 45 minutos de llantos 7 desconsolados y el resto de resongos, cada año creo que lo supero pero no, en cualquier momento en cualquier lugar y de pronto toda la tristeza junta para afuera, si tengo suerte no me ve nadie y asi me ahorro explicaciones. Como se explica la maldad y la soledad. incluso los asesinos tenemos nuestro corazon.
en los recuerdos de mi infancia la navidad no empieza hasta que los niños montan el arbol con sus luces bolas y figuritas de yeso.
Cuando me fui de casa no comenzaba hasta que se encendia las luces de la calle principal.
Cuando comparti mi casa con alguien no empezo hasta que alguien se acordara.
Y ahora que la vida ya casi termina para mi. Me pregunto ¿ que es la navidad? Y es el primer y unico trozo de turon que me permito.
en los recuerdos de mi infancia la navidad no empieza hasta que los niños montan el arbol con sus luces bolas y figuritas de yeso.
Cuando me fui de casa no comenzaba hasta que se encendia las luces de la calle principal.
Cuando comparti mi casa con alguien no empezo hasta que alguien se acordara.
Y ahora que la vida ya casi termina para mi. Me pregunto ¿ que es la navidad? Y es el primer y unico trozo de turon que me permito.
Cuaderno de bitácora: sesión 36
6 de enero de 2013, seis de la tarde, reunión en Can Nebot. Asistimos a la sesión: Marcela, Rocio, Pau, Guille, Jason, Romanie, Anahi y Antonio. Diana no asiste, pero envía su texto. Damos cuenta de dos fantásticos roscones.
Ejercicio: Escribir un texto sobre la Navidad.
Lecturas compartidas:
- Thich Nhat Hanh: "El amor verdadero"
- Ernesto Sábato: "Antes del fin"
- Armando Álvarez Bravo: "Siempre habrá un poema"
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