Llego tarde, como siempre que he de estar en un sitio importante a una hora concreta. Lo he intentado cambiar sin éxito. Bueno, he de reconocer que lo he intentado con poca convicción. He abierto la puerta principal y enseguida he sabido que Elisa ya no estaba. En su lugar, he encontrado una breve nota sobre la mesa de la cocina, que dades las minúsculas dimensiones de nuestro estudio, es decir de la única mesa digna de ese nombre. "No puedo llegar tarde al ingeniero de caminos, ese lujo es sólo tuyo". Dos frases, una realidad y un puñal. Lo digo, es un día importante, Elisa tiene su última sesión en el psicólogo desgranando su árbol familiar y todo lo que el peso de esas ramas ha tenido para ella sin dejar ni una luz a las raíces que no es capaz de echar. Llego tarde, no tengo excusa.
Espero fuera, fumando un cigarrillo tras otro, bajo el portal de la consulta. No me acostumbro al ruido de la ciudad, a los automóviles permanentemente presentes. Elisa baja, sonríe, no hay ni un comentario al incidente de la nota. Me toma de la mano, entiendo que prefiere caminar. Ni una palabra en todo el trayecto. Encaramos la última avenida antes de llegar a nuestra casa. Es otoño y no queda ni una hoja, ni un color más allá de los tonos de gris, ni un atisbo de vida en el cielo de la media tarde. Elisa sigue sonriendo.
Nos preparamos para acudir al cine. Parece medianoche y sólo acaba de anochecer. Elisa apenas ha hablado. Me he atrevido al salir a la calle a preguntarle cómo te sientes. Como una pintura de Hundertwasser, perdida en los colores, responde. Volverás a tu ingeniero de caminos, pregunto, estúpidamente. Yo no, tú si, el próximo jueves, a las cinco de la tarde, no llegues tarde. Tan dulce que empalaga y mata. Es la parte del trato que hicimos ambas en aquel autobús de provincias camino de esta otra vida, y que nunca he querido cumplir.
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domingo, 18 de diciembre de 2011
La Siesta de Sarah - Romanie
Hoy Sarah se encontraba resguardada del sol bajo aquel árbol tan peculiar, cuya sombra le hacía especial. A parte de estar fresco y oler a azahar, emitía una música que no se podía escuchar, solo sentir.
Estaba sentada sobre la tierra apoyando su espalda contra el tronco, sintiendo ese sonido mudo cuando levantó la mirada hacia el cielo para verlo quebrado entre las ramas. Ella había hecho esto muchas veces en su vida, pero hoy se sorprendió al estar viendo algo muy distinto.
Se dio cuenta de que su cabeza apoyaba en una avenida hecha de asfalto y perfilado con farolas que subía por el tronco del árbol. Su sorpresa y curiosidad la llevaron a incorporarse y fijarse mejor. Sarah quería ver a dónde le llevaba esta avenida pero no era capaz de ver su final, así que caminó por la avenida poco a poco y encontrando que de esta avenida se desviaban otros muchos caminos sin asfaltar y sin farolas. No daba crédito de lo que estaba viendo y sintiendo…¿Y la gravedad? ¿cómo era posible estar caminando de ese modo por el tronco? ¿cómo era posible que nunca se hubiera fijado en estos caminos? Hasta hoy, solo había visto un tronco y unas ramas, vaya, un árbol normal.
Estas circunstancias se hacían tan abismales para su razonamiento que se quedó sentada y cerró los ojos con el ánimo de recobrar lo que ella consideraba la cordura, pero el paisaje no desapareció. Abrió los ojos y los volvió a cerrar varias veces, y no cambiaba nada. Todo seguía igual. La música que sentía bajo sus pies se hizo más aguda, pero ella no conseguía entender lo que le quería decir. La música la sentía como un caudal de agua fría que se movía velozmente. Para distraerse de este estado empezó a contar el agua, y eran cien. Cien aguas rozando su cuerpo creando la música de la sombra del árbol…cien aguas…Hundertwasser…¿Qué significaba esto?¿Qué le querían decir estas cien aguas? ¿Cómo era posible sentir un agua que no moja ni se puede ver? Otra vez se encontraba atascada en sus preguntas de siempre…ya estaba cansada de su patrón de comportamiento. Siempre igual.
Se dio cuenta de que su respiración era acelerada y entrecortada a causa de su situación, así que hizo el esfuerzo de aspirar y exhalar profunda y lentamente. En ese aire que se metió por sus pulmones, había entrado un conocimiento cálido que calentó su plexo solar. Este conocimiento le enseñó que ya no debía preguntar ni analizar…debía fluir con las cien aguas, sentir el latido de la música mientras caminaba sobre el camino sinfín, sin conclusión.
Ese fue el mensaje que Sarah encontró. Que no era ni el árbol, ni la música ni las carreteras ni la gravedad…todo eso solo era la vía, pero no la conclusión, las respuestas estaban dentro de ella mísma en el aire de su respiración.
La avenida - Rozio
La avenida de troncos era monstruosa.
Los árboles arrancados desde sus raíces de las riberas donde crecían, ahora desguazadas, crujían espantosamente arrastrados por las aguas. Los lodos limados del cauce, amalgamaban todos los leños que estrepitosamente avanzaban, tragando todo lo que se interponía a su paso.
La masa se ha convertido en un organismo depredador, un ser diseñado por Hundertwasser, peligroso y temido. Los hombres esperan aguas abajo la llegada, armados de palas y azadas como si entre todos fueran la linchar a la criatura salvaje.
De pronto, entre el amasijo de ramas aparece en pie un hombre.
Cabalga sobre la bestia intentando no perder el equilibrio, solitario, con la mirada fija en el frente, como intentado dirigir el camino que tomará el animal de leño.
La gente le grita que salte, le tienden manos que parecen garras acechando a su presa.
Él no les mira. No desvía la atención del frente donde parece que haya algo que sólo él puede ver.
Ambos, masa y humano, madera, tierra, agua, carne y sangre se van, flotando uno en el otro, sin apenas rozar el poblado.
Tras ellos, quedan las aguas tranquilas.
Las manos se cierran y se guardan en los bolsillos. Las bocas se callan y tragan saliva. Los ojos se dirigen al suelo. Los recuerdos se convierten en dudas y ya nadie hablará de lo visto ese día nunca.
Arbol, Avenida, Camino, Hundertwasser - Hassan Ahmar
“La avenida es traicionera en esta época del año, puede inundarse en cualquier momento sin previo aviso, pues recoje agua de lluvias que pueden caer a muchas millas de distancia, en la Sierra Negra. Yo te recomendaría que tomaras otro camino, el Camino del Árbol”
“Y cómo doy con él”
“No es difícil; debes salir del pueblo dirección norte y atravesar el páramo, luego debes bordear las colinas por el este hasta que en un recodo veas el único árbol que crece en más de cien millas a la redonda. Desde allí marca rumbo noreste y a cada milla irás encontrando montones de piedra que te indicarán que mantienes el rumbo. Ese es el Camino del Árbol”
“Gracias hombre, ¿Cómo puedo agradecerle su ayuda?”
“No es nada. Acuérdate de llevar pertrechos para andar dos semanas”
“Descuide, lo haré”
El joven forastero se ajustó el sombrero y salió a la calle polvorienta. A ambos lados se extendían no más de veinte edificios de madera de dos plantas, de aspecto destartalado. Anduvo por la tórrida lengua de tierra y se metió en un edificio que anunciaba “ultramarinos”. Se hizo con todo lo necesario para su andadura, cargó su mula y desapareció en el horizonte bajo un sol implacable.
Esa noche durmió al raso y sin poder enceder una hogera, no había visto ni un arbusto en todo el día, no había nada que quemar. Pasó un frio terrible, al que se unía la inocomodidad de las piedras que se le clavaban por todo en cuerpo. Quizá porque durmiera mal acabó levantándose cuando el sol ya estaba bastante alto. El silencio era ensordecedor y Lorenzo ya picaba. Desayunó un pedazo de pescado salado y unas nueces y reemprendió su camino.
Las gargantas y loma se iban sucediendo a lo largo de todo el recorrido. El desierto era un laberinto casi infinito, si no fuera por los picos de Sierra Negra que asomaban tímidamente en el horizonte, al oeste. Pensó que si perdía la senda que marcanban los montículos de piedra se dirigiría hacia la sierra, para no deambular sin rumbo y perderse para siempre en ese mar de piedras y polvo.
Al tercer día debía encontrar una fosa donde abrevar la mula, pero tendría que desviarse unas millas del camino, algo tan peligroso como necesario.
Llegó el momento, el montículo que anunciaba el desvio a la poza estaba coronado por una losa de piedra con una inscripción que él reconoció, tal como había predicho el tabernero del pueblo que dejó atrás hacía un par de jornadas. No entendía su significado, pero sabía cierto que allí debía partir noventa grados a la derecha y seguir tres millas hasta el fondo de un pequeño cañón, en un recodo del cual encontraría una poza con agua. Agua que suponía el hilo que lo unía con la frágil vida, de la cual él y la mula eran únicos testimonios en ese paraje abandonado de la mano de Diós. Partió en su busca, dejando atrás la inscripción que nunca volvería a ver “Hundertwasser”.
“Y cómo doy con él”
“No es difícil; debes salir del pueblo dirección norte y atravesar el páramo, luego debes bordear las colinas por el este hasta que en un recodo veas el único árbol que crece en más de cien millas a la redonda. Desde allí marca rumbo noreste y a cada milla irás encontrando montones de piedra que te indicarán que mantienes el rumbo. Ese es el Camino del Árbol”
“Gracias hombre, ¿Cómo puedo agradecerle su ayuda?”
“No es nada. Acuérdate de llevar pertrechos para andar dos semanas”
“Descuide, lo haré”
El joven forastero se ajustó el sombrero y salió a la calle polvorienta. A ambos lados se extendían no más de veinte edificios de madera de dos plantas, de aspecto destartalado. Anduvo por la tórrida lengua de tierra y se metió en un edificio que anunciaba “ultramarinos”. Se hizo con todo lo necesario para su andadura, cargó su mula y desapareció en el horizonte bajo un sol implacable.
Esa noche durmió al raso y sin poder enceder una hogera, no había visto ni un arbusto en todo el día, no había nada que quemar. Pasó un frio terrible, al que se unía la inocomodidad de las piedras que se le clavaban por todo en cuerpo. Quizá porque durmiera mal acabó levantándose cuando el sol ya estaba bastante alto. El silencio era ensordecedor y Lorenzo ya picaba. Desayunó un pedazo de pescado salado y unas nueces y reemprendió su camino.
Las gargantas y loma se iban sucediendo a lo largo de todo el recorrido. El desierto era un laberinto casi infinito, si no fuera por los picos de Sierra Negra que asomaban tímidamente en el horizonte, al oeste. Pensó que si perdía la senda que marcanban los montículos de piedra se dirigiría hacia la sierra, para no deambular sin rumbo y perderse para siempre en ese mar de piedras y polvo.
Al tercer día debía encontrar una fosa donde abrevar la mula, pero tendría que desviarse unas millas del camino, algo tan peligroso como necesario.
Llegó el momento, el montículo que anunciaba el desvio a la poza estaba coronado por una losa de piedra con una inscripción que él reconoció, tal como había predicho el tabernero del pueblo que dejó atrás hacía un par de jornadas. No entendía su significado, pero sabía cierto que allí debía partir noventa grados a la derecha y seguir tres millas hasta el fondo de un pequeño cañón, en un recodo del cual encontraría una poza con agua. Agua que suponía el hilo que lo unía con la frágil vida, de la cual él y la mula eran únicos testimonios en ese paraje abandonado de la mano de Diós. Partió en su busca, dejando atrás la inscripción que nunca volvería a ver “Hundertwasser”.
Juez y parte - Iván
JUEZ Y PARTE
De esa manera no,de la otra tampoco , dale a todo eso la vuelta , vuelve a empezar, yo no le veo ningún parecido ,son cosas muy diferentes , no lo hagas como estás pensando , inténtalo desde lo opuesto ,nada tienen que ver , nadie suma peras con manzanas , creo que la macroeconomía y el amor son incompatibles , al final siempre haces lo que te da la gana , no quiero entrar en reproches pero tus lentes distorsionan mucho la realidad , si no fueras tan limitado entrarías en razón , verías otros puntos de vista , eres la peor posible de las mitades , incluso los puentes son flexibles , pero tú no , hoy toca esta estúpida mezcla aritmética , eres absurdo , ni siquiera llegas a absurdo , me recuerdas a menudo a esos muñecotes de cuerda que siempre acaban empotrados contra una pared , allá tú , allá nosotros , me cansa viajar en 2ª .
Avenida = camino + hundertwasser
árbol
avenida = ( camino + Hundertwasser ) x árbol
avenida = caminoárbol + Hundertwasserárbol
x + azul = Hundertwasser
verde – tú = árbol
avenida = camino
2
Avenida
Arbol
El arvol - Iván
EL ARVOL
El doctor Richard Braus Austren Ormae ha dicho: “La energía ni se crea, ni se destruye,se transforma”.Aplausos y cariñosas palmaditas en la espalda de todo el hemiciclo.
Un payaso de nariz roja subido a un monociclo pasaba de un lado a otro de la enorme vidriera del acuario de Zaragoza, pionero, llevaba tantos años realizando el show que le salieron branquias, se hizo amigo de los peces y nunca pudo retornar a la atmósfera de los hombres.
Cardini Arpuden desconocía la cinética y en Manhattan le atropelló un autobús de dos plantas, del amor de esas dos plantas brotó un brote de árbol caducifolio; por particularidades de la natura el árbol fue rojo celeste y los pájaros le amaron, se llenó de nidos, de pianos de cola, de hombres con corbata, de botellas de horchata, y de ruedas de tren. Por atracción y tragedia todos fueron peregrinos y era tal la multitud de ciudadanos, animales y objetos que querían visitar al caducifolio colorao que el camino se hizo avenida y las avenidas , avenidas son , pero los payasos no son payasos , son peces , los doctores son hemiciclos , los autobuses, cinética, y Hunderwasser un arvol .
Hundertwasser - Diana C
Hundertwasser
Desperté y vi que nada nos había dejado Hundertwasser. En mi febril sueño le había tomado el pulso, le había examinado las huellas dactilares, limpiándolas minuciosa como un detective, estudiando el fino polvo de pigmento que se albergaba entre las espirales de sus dedos. Una amarilla, otra azul. Naranja, dorado, rosa chicle, verde turquesa, verde lima, azul ojos, negro abismo, rojo chillón. Yo miraba y remiraba, tratando de encontrar entre sus huellas su secreto. Hundertwasser me sonreía canoso y desdentado como un niño. Entonces, despacio, con gestos de mago, comenzó a mover sus dedos como tocando un piano que solo él podía ver. Dejó todo el aire prendido de notas, huellas musicales de colores, permitiéndome ver la música que llevaba dentro. Sonreí yo también ante aquella partitura invisible, tocando las notas de pigmento que se habían prendido de ninguna parte frente a mí. Mientras lo hacía, embelesada, no me dí cuenta de que se escapaba por la puerta, teniendo tanta prisa ya en terminar de transformarse por completo en sí mismo. Quiso convertirse en uno de sus edificios, y para lograrlo se onduló junto a la avenida y se puso una maceta en la cabeza. Las plantas comenzaban a entrarle por las palmas de las manos y a salirle por la boca como un canto, y supe entonces que Hundertwasser había muerto, al permitir que la vida le fuese sustituyendo poco a poco la piel por colores, los contornos por trazados infantiles, la melanina por clorofila. Le vi mirarse, maravillado, las manos al trasluz del sol: transparentaban su nuevo verdor, y de las puntas de dos o tres dedos empezaban a salirle flores.
Desperté y quise visitar al árbol Hundertwasser, ese bajo el que él estuviese enterrado a tan solo uno o dos metros de la superficie terrestre, que estuviese ya crecido y alimentado de sus restos de once años. Pero descubrí que nada había dejado de sí mismo. Nada salvo unos edificios que habían obligado a las ciudades a destilar belleza entre los coches y los ocasos, y a las miradas a hacerse infantiles otra vez. Nada, salvo que le había trenzado los caminos a la Tierra como quien peina los cabellos gigantescos de una diosa dormida.
Desperté y vi que nada nos había dejado Hundertwasser. En mi febril sueño le había tomado el pulso, le había examinado las huellas dactilares, limpiándolas minuciosa como un detective, estudiando el fino polvo de pigmento que se albergaba entre las espirales de sus dedos. Una amarilla, otra azul. Naranja, dorado, rosa chicle, verde turquesa, verde lima, azul ojos, negro abismo, rojo chillón. Yo miraba y remiraba, tratando de encontrar entre sus huellas su secreto. Hundertwasser me sonreía canoso y desdentado como un niño. Entonces, despacio, con gestos de mago, comenzó a mover sus dedos como tocando un piano que solo él podía ver. Dejó todo el aire prendido de notas, huellas musicales de colores, permitiéndome ver la música que llevaba dentro. Sonreí yo también ante aquella partitura invisible, tocando las notas de pigmento que se habían prendido de ninguna parte frente a mí. Mientras lo hacía, embelesada, no me dí cuenta de que se escapaba por la puerta, teniendo tanta prisa ya en terminar de transformarse por completo en sí mismo. Quiso convertirse en uno de sus edificios, y para lograrlo se onduló junto a la avenida y se puso una maceta en la cabeza. Las plantas comenzaban a entrarle por las palmas de las manos y a salirle por la boca como un canto, y supe entonces que Hundertwasser había muerto, al permitir que la vida le fuese sustituyendo poco a poco la piel por colores, los contornos por trazados infantiles, la melanina por clorofila. Le vi mirarse, maravillado, las manos al trasluz del sol: transparentaban su nuevo verdor, y de las puntas de dos o tres dedos empezaban a salirle flores.
Desperté y quise visitar al árbol Hundertwasser, ese bajo el que él estuviese enterrado a tan solo uno o dos metros de la superficie terrestre, que estuviese ya crecido y alimentado de sus restos de once años. Pero descubrí que nada había dejado de sí mismo. Nada salvo unos edificios que habían obligado a las ciudades a destilar belleza entre los coches y los ocasos, y a las miradas a hacerse infantiles otra vez. Nada, salvo que le había trenzado los caminos a la Tierra como quien peina los cabellos gigantescos de una diosa dormida.
Cuaderno de bitácora: sesión 4
20 abril de 2011, cinco de la tarde, local de la asociación Mendiarte. Nos reunimos Iván, Pau, Rocío, Romanie, Jason y Antonio. Diana no puede venir, pero envía su texto.
Lecturas compartidas:
- Arthur Koestler, Dialogo con la muerte. Un testamento español
- Osho, La pasión por lo imposible
Ejercicio:
- Arthur Koestler, Dialogo con la muerte. Un testamento español
- Osho, La pasión por lo imposible
Ejercicio:
Texto libre, que no será leido por el autor, y que ha de contener estas 4 palabras:
-árbol
-avenida
-camino
-Hundertwasser
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