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domingo, 24 de marzo de 2013

4 variaciones en haiku - Guillermo

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Esta mañaña
la luz escapa sigilosa
hacia otoño.

         ·
  
El pájaro dibuja
en mi cristal empañado
paisajes vírgenes.
  
         ·

Solo la palabra
a su tiempo nos hará
irreductibles.

         ·
  
Mira, actúa
suelta los cabos
navega, olvida.

            · 

No sigas las huellas
de los antiguos
busca lo que ellos buscaron
Matsuo Bashoo

miércoles, 23 de enero de 2013

Cambio - Antonio

Pago el periódico y las revistas con 20 euros, el quiosquero me devuelve el cambio. Los titulares hablan de cambio político, una de las revistas es un monográfico sobre la transformación social de España en los últimos 35 años, la otra de las mutaciones genéticas a partir de la manipulación de las cadenas de ADN, maíz y soja transgénico, células madre, regeneración de tejidos y extremidades... La realidad es pura ciencia ficción. Salgo a la derecha, en el semáforo cruzo en rojo la calle y del otro lado el sol pica. El semáforo de peatones se pone en verde y nadie cruza.
He vivido en este barrio en diferentes épocas de mi vida. Siempre me ha parecido igual. Sé que me miento. Ya no están las casas bajas que encaraban la bahía. La población ha cambiado, ahora hay más orígenes y colores, las tiendas ahora son locutorios y supermercados de productos exóticos. Siguen entremedio los comercios de siempre. Algunos han desaparecido, pero los colores de los nuevos negocios parecen ya antiguos y presentes desde mucho antes. La gente de siempre, y los que serán de siempre dentro de poco.
El semáforo sólo lleva aquí un mes, y todos seguimos cruzamos sin mirarlo. Los coches de aquí siguen parándose  como en un paso de peatones normal. Los de fuera, son los que pitan al que cruza. Enfrente doña María, la maestra, en su balcón del segundo piso, riega los geranios, envuelta en su bata de guatiné. Al girarse para regresar dentro se descuida y empuja una de las macetas. En menos de un segundo se escucha un golpe seco en la acera. Doña María ni se inmuta. Al fin y al cabo, aquí nunca pasa nada.
Fui un niño en este barrio y todo parecía grande, vivo y ruidoso. Quince calles, veinticinco manzanas, un parque, una playa, un mundo con todo lo necesario. O no. Me fui. Volví. He vivido en tres apartamentos diferentes, en tres calles. Siempre he tomado café en Casa Manolo y las cervezas en el Antonio. Una vez me robaron el coche y me dí cuenta tres días después. Lo habían vuelto ha dejar en el barrio, dos calles más abajo de dónde lo encontraron, con la ventanilla reventada, los cables bajo el volante colgando, el depósito vacío y una multa de la zona azul en el parabrisas. Lo vendí y compré otro igual, del mismo color. Es mi coche de siempre.
Sigo camino de la terraza del Casa Manolo, que desde hace unos años lleva una pareja paraguaya, que ha cambiado de mobiliario, colores y carta, y que para mí y para muchos sigue siendo el de siempre, inmutable. El café con leche sabe distinto, probablemente mejor, las tostadas ya no están nunca quemadas por el borde y la camarera primero sonríe y luego pregunta. Pido lo de siempre, de una carta llena de cosas nuevas. 
Doy un trago al café. Pienso en el golpe seco de la maceta en el suelo, la ola de tierra rompiendo en la acera, los pétalos y las hojas del geranio esparcidos. La acera gris borrada por los colores... Pienso en todas las capas que cubren mi gris. Yo mismo he cambiado, y sin embargo, no sé ser distinto.    

Dulcinea - Pau

He decidido apartarme de esta civilización tan dañina. Mi coche hace hora y media que me interna en esta espesa y extensa sierra por una carretera de montaña. El lugar lo elegí a conciencia, tras determinar a través de Google Earth la zona más agreste y despoblada de España, esa que en las fotografías nocturnas de satélite, aparece menos iluminada.
Abandono el coche y me adentro en el bosque provisto de todo lo que creo necesario para vivir como un salvaje. Tras caminar con determinación, más de cinco horas, a punto ya de anochecer, he encontrado un buen refugio para mi primera noche de libertad.
Me instalo. Es perfecto. Desde esta hospitalaria oquedad de la montaña puedo ver cómo sale para mí la luna llena. Antes de comer un poco de pan y queso, saco de mi mochila el móvil, casi sin bateria, símbolo perfecto del mundo que dejo atrás.
Quería hablar por última vez con un ser humano antes de perderme para siempre.
Fue entonces cuando sonó el móvil, sobresaltándome. Una amable operadora colombiana de Movistar de sedosa voz me ofrecía un estupendo plan que adelgazaría mi factura y que yo acepté gustoso. Después de aprobar otros planes y conexiones de internet magníficos, le conté mi plan y le propuse unirse a mí. Lamentablemente la batería del móvil no esperó a su respuesta.
Esa noche me dormí arrullado por el eco de la voz de Miranda. Ya tenía mi Dulcinea.  

El cambio - Romanie


El cambio mientras ocurre, no lo reconozco. El cambio solo lo reconozco cuando es comparable un estado con otro. Y mientras me paro a reconocer y valorar ese cambio, el cambio sigue en produciéndose. El cambio es movimiento que cuanto más lento y sutil es, más cuesta darme cuenta de que se mueve. Entre instantes de lucidez no más largos que un pestañeo, se abre un instante de visión real, el presente. Este estado, es el único en que el cambio no es relevante y a la vez hay consciencia de ello. Las dos caras de la moneda que en su conjunto desafían la comprensión racional de la mente intelectual. El cambio es un tic tac  de un reloj que jamás se detiene, por muchos esfuerzos que a veces hacemos y trucos que nos gastamos el cambio es continuo. Un movimiento sutil y constante, esa es la esencia de la vida orgánica de la cual nosotros formamos parte y que a veces olvidamos por habitar más en las altitudes vertiginosas de la mente sin echar raíces vinculantes a la tierra de la que formamos parte.
Esto es algo que quiero recordar, no siempre me acuerdo de que formo parte de este constante movimiento, que el l estancamiento o el apalancamiento son una ilusión. No es natural, es el estado de no estar presente, en el cuerpo al que pertenezco, es cuando esa alma que dicen que tenemos( o lo que sea!) se me ha dormido al cálido sol de otoño en una cómoda postura, del que acabo saliendo tiesa y lesionada.

Cambios - Marcela


Me bautizaron como Segismundo Gómez en la pequeña iglesia de un pueblo de Cáceres, donde crecí modestamente, jugando y ayudando en la finca que arrendaban mis padres a un señorito de Extremadura.
El primer cambio drástico lo viví siendo un chaval de apenas 14 años, cuando mis padres ganaron la lotería de Navidad. Hasta entonces mi vida había sido la de un chico de campo, retraído, que pasa más tiempo en el monte cazando pajarillos y cuidando a las cabras, que jugando con otros chicos de la zona.

Me enviaron a Madrid, a casa de un tío viudo, que con el dinero que le enviaban mis padres para mis cuidados y estudios, le llegaba para enseñarme la vida nocturna de la capital. Aprendí mucho en la escuela y mucho más con mi tío Benito. Cuando llegó el momento, decidí estudiar derecho y no me fue nada mal.

El dinero de la lotería se había acabado y como le había pillado el gustillo a la buena vida, me esforcé por convertirme en un abogado de renombre y lo conseguí gracias a los buenos contactos que hice durante las noches madrileñas. Me propusieron trabajar para el ayuntamiento de Marbella y así entré a formar parte de la élite más corrupta de España y Europa.

Fiestas, mujeres y drogas acompañaban mis noches de dispendio y locura.
Menudo cambio desde mi primera novia, la cabra Margarita, a las modelos internacionales más despampanantes.
Tuve que ensuciarme las manos todavía más con las sospechosas desapariciones de alguna de las acompañantes de mi amigo y cliente Mijailovitch.

Las circunstancias me obligaron a salir del país, cambiar de nombre y oficio. Y aquí estoy, en el desierto de Atacama, donde nunca nadie me encontrará porque esto es el culo del mundo. Soy Edmundo Dell’Orto, vivo solo, como cuando niño, y en vez de cabras, ahora cuido llamas; y por supuesto tengo mi favorita, porque hay cosas que afortunadamente no cambian.

Todo cambia - Hassan Ahmar

    Todo cambia decía la canción. Sentado en el porche de su casita Juan Hoyos no paraba de tararear la estrofa. Veía como el aire arrastraba rodando las matas resecas, dando vueltas sobre si mismas hasta perderse en la distancia. Tenía venticinco años y jamás había ido más allá de San Javier, el pueblecito de sus tios que estaba a dos días de camino. Vivía con su abuela en medio del páramo polvoriento, cuidando de trece cabras, el burro Lewis y un pequeño huerto abajo en la cañada. La única sombra en aquel lugar la proporcionaban las chapas desvencijadas que colgaban de dos palos y apoyaban sobre ola pared de barro de la vivienda, o el ala de su sombrero cuando se aventuraba más allá del tinglado. Acababa de comer y Fernanda se había echado un rato. Él esperarí a que el sol bajase para acercarse a regar al huerto y traerse dos cántaros de agua con la ayuda de Lewis. Luego iría a buscar las cabras y ordeñaría a Matilda. Todo cambia seguí resonando en su cabeza. Sí, pensó, camnbian las matas que recorren la llanura, cambia el sol de posición, y las sombras; pero claro, lo segundo es consecuencia de lo primero, igual que el viento, también conseciuencia de lo anterior.
    En verano no hacía aire, esa era la gran maldición de la Calva de Diablo, pero ahora era primavera y el viento soplaba día y noche. Cuando se encerraba en su galpón a dormir apenas lo oía; otro cambio; oir el viento, silencio. Todo cambia. Viento incesante o calor infernal, ese era el gran cambio en aquel lugar.
    Sus tios le habían dicho infinidad de veces que se mudaran con ellos al pueblo, donde él podría trabajar en la panadería con ello y la abuela estaría mejor atendida y más cómoda, pero eso era demasiado cambio se le antojaba. Primero porque allí nació y allí había vivido siempre, al igual que suspadres y su abuela, y segundo porque la abuela juraba que abandonaría este mundo en aquel mismo lugar, junto a la tumba de su hijo. Contra esos argumentos no se podía luchar y abandonarla no podía, por lo tanto la suerte estaba echada. Allí estaba sentado en su mecedora con los ojos cerrados, el silbido del viento en los oidos y con la certeza que todo cambia, pero de momento no para él.

El cambio - Diana


EL CAMBIO

La vida ha realizado su labor en mi mientras yo no hacía nada. Cuando la gente habla de cambio, parece que se refieren a algo que se tiene que notar espectacularmente-una suerte de performance exterior. Eso es tan absurdo como pretender que un chico judío de trece años se haya hecho realmente un hombre tras celebrar su bartmitzva. Los cambios no suelen suceder así, de un día para otro. Lo que sí ocurre de este modo es el darse cuenta de que han sucedido – cuánto esfuerzo empleado en resistirse a lo que siempre ha estado ahí.
Pues algo así fue lo que me pasó a mí el viernes. De camino al trabajo, no sé por qué, me acordé de cuando me marché de mi ciudad, ávida de una vida nueva. Solo que ahora no podía recordar qué significaba esa sensación de novedad, buena o mala. La rutina me había anegado poco a poco con el mismo regusto a insatisfacción de entonces. Tanto viaje exterior, pero esa sensación había permanecido intacta todos estos años. Un resorte saltó en mí “Silvi, necesitas un cambio*, pero esta vez, uno de verdad” y, es gracioso, recuerdo perfectamente la sensación de haber dado un respingo en el coche - esa idea se había presentado tan rotundamente ante mí como un venado en mitad de la carretera.
Como cada mañana, hice la inspección, comprobando que en el laboratorio la temperatura, iluminación y ph estuviesen a su nivel óptimo,-pobres becarios, se ponían tan tensos al verme aparecer que de haber sido cuerdas de guitarra se hubieran roto. Pero había uno que no. Siempre andaba canturreando con los cascos puestos y la bata desabrochada. Decía “vamos, las plantas soportan oscilaciones de temperatura, humedad y radiación a la intemperie a cambio de aire fresco, ¿para qué necesitamos mantenerlas bajo constantes invariables?” “Si tanto le disgusta el proyecto, ¿para qué está usted aquí, señor Requena?” “Para que usted no se aburra”. Su actitud me exasperaba. Pero debo reconocer que tenía razón, las escasas veces que faltó me aburría como una ostra. Un día, sin embargo, cuando pasé por su lado y supervisé su zona, dijo en un tono pesado “en serio, profesora, ¿para qué hacemos esto?” No le supe contestar. Y no volvió. Me dije que era extraño cómo personas aparentemente tan dispares como él y yo pudiésemos tener un fondo tan similar  -me reconocí de inmediato en esa capacidad de dejarlo todo por una causa invisible.
Entonces, este viernes aburrido, sucedió. Pasé al lado de otro lamido becario que sustituía a Requena. Ansiosa de reto intelectual, le dije “¿Alguna pregunta?” Y él respondió “Sí, ¿puedo ir al baño?” “¡Santo cielo, González! Si a su edad todavía no lo sabe...” Entonces, en un flash, la pregunta de mi ex alumno reverberando en mi mente “¿Para qué hacemos esto?” Y le di siete respuestas: para hacer cremas de cara, para sobrevivir, para creernos importantes, para no perder la subvención de la casa farmacéutica, para tapar experimentos con transgénicos, para no tener que enfrentarme al vacío de no ser nada sin esta profesión, para olvidar que quisiera hacer otra cosa, Me fui al baño ante una sinceridad tan cruda, tan poco digerible. Eso le diría a mi alumno, que era mi yo de quince años atrás, y no pude ni mirarme al espejo. Al salir la jefa del departamento me dijo que me encontraba pálida. No es nada, respondí. El día transcurrió entre los hipnóticos sonidos de los humidificadores programados a intervalos rítmicos, como un vals de servidumbre. Y a última hora sucedió. Y aquí viene uno de los secretos para todo cambio verdadero: hay que estar muy atento cuando una oportunidad se nos presenta. Sucedió de un modo conjugado que el último de los becarios salía por la puerta, que mi jefa se había ido antes para asistir a una convención en Bélgica, y que las señoras de la limpieza se habían retrasado por una pequeña inundación en los vestuarios. Me quedé sola, con un brevísimo lapso de tiempo abierto ante mí en secreto, al lado del dispositivo de control ambiental. Ahora o nunca, me dije, y con sigilo de gato cambié un par de parámetros, cerré la tapa y salí. Me cosquilleaba el estómago, me hervía la sangre de transgresión, pero también de honestidad para conmigo.
El lunes esas plantas no van a servir ni para ensalada. Y yo creo que no voy a volver. De momento me he venido todo el fin de semana a lo alto de Monte García, a respirar lo que respiran las plantas auténticas. He terminado con todas aquellas que eran de mentira. Prefiero dejarlas marchitarse a ellas antes que a un espíritu como el de Requena. Como el mío.

El cambio - Analia



cambio  climático
cambiando
moneda de cambio
cambio  de última hora
exchange

los  cambios rotos
sin  re-cambio
inter – cambio

cambió
cambiarías
cambié
cambiemos
cambióse


 aún sin algo nuevo

( triste)


Otro ejercicio


cambio amable
cambio seco
cambio inesperado
cambio esperado
cambio aconteciendo
 save the changes

c  a  m  b  i  o      eres tu?

Entonces Quien  escribe ahora ?

( alegre)

Cuaderno de bitácora: sesión 16

13 de noviembre de 2011, seis de la tarde, nos reunimos en Can Alone. Asistimos Pau, Romanie, Analia, Guillermo, Jason, Marcela y Antonio.

Ejercicio: Escribir un texto sobre el cambio.

Lecturas compartidas:
  • Jorge Riechmann: "El común de los mortales"
  • Matsuo Basho: cita:  "No sigas las huellas de los antiguos. Busca lo que                        ellos buscaron"