viernes, 8 de marzo de 2013

5 personajes - Diana C


Al llegar a casa Merche se dio cuenta de que se había dejado las llaves dentro. Eran las  seis de la madrugada y la madre de Laura y la mía pensaban que pasaríamos la noche donde Mer viendo alguna película. A Laura le habían pedido que la llamase a las doce para avisar de que ya estábamos en casa. Entonces no había teléfonos móviles, sino hubiera sido tan fácil como salir un momento del Vinilo, llamar y volver a entrar. Pero Laura se las arregló para que su hermana pequeña, Ale, que también dormía fuera, suplantase su voz. Todo el mundo las confundía por teléfono.
-      Dile a mamá solo “soy yo”, no digas soy Laura ni nada, no trates de disimular.
Cuando nos vimos en la calle Laura de imnediato se puso a trepar por las enredaderas. Era un primer piso y parecía fácil llegar al balcón, pero de todos modos estaba alto y las hojas se arrancaban y quedaban entre sus dedos. Mer comenzó a intentar abrir la cerradura con unas tarjetas.
-      ¿Y quién te ha enseñado eso? - le pregunté
-      En el instituto se aprenden muchas cosas. Te tenías que haber cambiado  con nosotras, vas a seguir hecha una pija toda la vida. - decía mientras la cerradura parecía ceder. Laura seguía tratando de trepar hacia el primer piso, se estaba arañando las manos y clavándose astillas de la celosía.
-      Si, pija, pero mi casa no es la que tiene piscina.. ¿Vamos a darnos un baño? - entonces la cerradura cedió y abrimos la puerta. Entramos pero Laura seguía trepando. -¡Eh, Laura, bájate de ahí que ya se puede entrar!
-      ¡No! ¡Voy a conseguirlo! ¡Hoy es la noche de las hazañas! !Es la noche en que Laura Herradón trepó hasta el primer piso y logró rescatar a sus amigas de una larga y sombría noche sin techo!
-      Laura, menuda castaña llevas, bájate ya y entra – le dijo Merche
-      ¡¡No!! - gritó, de pronto - ¡Dejadme en paz! - y se agarró con fuerza. Ya no subía ni bajaba, se quedó ahí quieta. La celosía era endeble y crujía. - lo voy a conseguir, lo voy a conseguir – susurraba, ahora entre lágrimas.
-      ¿Qué es lo que vas a conseguir?- le grité - ¿Sabes qué? Me tienes harta con tus números. Me voy a la piscina, si quieres te vienes y si no, ahí te quedas. - y me di media vuelta mordiéndome el labio de rabia.
Me di un baño en la piscina. Clareaba la luna en los árboles. Nadé en silencio para no despertar a los vecinos, pero un golpe seco y un llanto hizo esa labor por mi. Al poco llegó Merche con Laura cojeando, lloraba y sonreía a la vez. Tenía una brecha en la cabeza y la pierna sangrando. Acabamos la noche en urgencias.
-      ¿Tú crees que me escayolarán?
-      ¿Y yo qué coño sé, no podías haber entrado por la puerta y ya está?
Le dijeron que estaba bien, y le dieron en la cabeza unos puntos que no se veían. Para la pierna, betadine, y como llevaba pantalón de campana, un poco a lo Janis Joplin, su herida de guerra quedó oculta.  A la mañana siguiente volvió a casa. Su hermana pequeña tras llamar haciéndose pasar por Laura, había salido con su amiga a comprar tabaco. Salieron solo cinco minutos de casa, pero como estaban a dos portales su padre las pilló y le cayó un castigo de cadena perpetua por el resto del verano. Fue entonces cuando Ale empezó a fumar. De nuestra llegada a las cuatro de la mañana, de abrir puertas con tarjetas, de nuestro alcohol y nuestro tabaco, y de la caída y la brecha de Laura, nunca supieron nada. Me dijo:
-      Mi madre ni siquiera se ha dado cuenta de que no era yo, la del teléfono.
Y ese fue el verano en que Laura comenzó a salir con Nano, un motorista que la llevaba a carreras ilegales. Volvía siempre a casa llena de cardenales, pero en su casa nunca se daban cuenta. Hoy hemos estado en el hospital. Con fracturas múltiples en la pierna izquierda y en el codo, y media cara morada, la he visto sonreir como aquel verano. Sus padres al fin estaban allí, desencajados, preguntándole en qué demonios andaba metida.

La timba - Antonio

Era jueves, y como todos los jueves por la noche, ahí estaban los cinco, envueltos en ese ambiente pesado y cargado de humo de la trastienda de la barbería El Italiano. La mesa baja, circular, en el centro de la improvisada sala, un hueco abierto al almacén del negocio. Apretados, con el único aire puro corriendo entre la pequeña ventana alta y la puerta que la enfrentaba, y que daba acceso a la bocacalle de atrás de la barbería. Estaban a punto de cerrar el juego, todos con las cartas en la mano, cuatro de ellos con el cigarrillo prendido a los labios o entre los dedos. Uno solo sudando y sin fumar, Jack “El guapo”. Las gotas de sudor corrían por su mejilla y chocaban con la cicatriz que le atravesaba de la oreja a la boca, un surco que se abría paso entre la cerrada barba de apenas tres días. Una cara, a pesar de todo, atractiva y con personalidad, y, sin embargo, disonante en relación al resto de su cuerpo, enjuto y frágil. Se veía perder, sus cartas sólo remontarían la mano con un milagro. Observaba a su alrededor a los rivales y no podía encontrar un panorama más desolador.  A su derecha estaba Carlo “El águila”,  siempre con la espalda recta, mirando de medio lado, casi desafiante, y sin perder ni una imagen, tranquilo, seguro, con el pulso firme. Decían de él que nadie manejaba igual la navaja. A su lado, Johnny “No hagas preguntas”,  de rostro angelical, redondeado, perfectamente afeitado, el único rellenito del grupo. Aspecto de despistado feliz, muy lejos de su fama, de tipo inclemente, siempre detrás de todos los cargamentos, capaz de sacar información de los lugares más insospechados, conseguía siempre lo mejor de lo mejor, pero nunca sabías cómo. A la izquierda de Jack “El guapo”, el panorama no anunciaba nada mejor. Primero estaba Tony “Silencio”, taciturno, con ese aspecto de enfado permanente que le daba el labio superior torcido, y que no era más que un tendón atrofiado desde el nacimiento, que nunca funcionó. Menudo de cuerpo, hablaba rara vez, pero era el compinche perfecto, odiaba las armas y matar, pero descuartizando cuerpos y limpiando los restos era único. Guardando secretos también. A su lado, un tipo malencarado, con un sonrisa irónica, que miraba directamente a Jack a los ojos, diciéndole, la has jodido chaval. Era Freddy “La araña”, con esa mirada de ojos claros altiva, siempre un palmo del suelo por encima de los demás, controlándolo todo, dando las órdenes precisas y sonriendo de manera forzada. Manejaba los hilos de todo desde siempre, primero siendo la mano derecha de su padre,  y luego, tras la muerte de éste, en un accidente, directamente. Su aspecto físico respondía más al aspecto del judío enjuto y de nariz aguileña, que al descendiente de italianos que era. Nunca le temblaba el pulso, nunca tenía un momento de duda, ante cualquier problema siempre había una solución, aunque fuese extrema. Jack sentía caer una docena de gotas de sudor más cada vez que uno de ellos dejaba las cartas sobre la mesa. No veía el milagro. Ni uno sólo de los otros cuatro tenía peores figuras que él, ni uno. No quedaba mucho tiempo para reaccionar, sabía que tras la manga, la suerte estaría echada. De pronto tiró las cartas con desgana al tapete, se levanto de un salto, tumbando la silla, y gritó:
    - No, no y no. Me niego, no quiero. No es justo. Estoy hasta la polla de jugarme a las cartas a ver quien de los cinco va a sacar a mamá de la Residencia el sábado. Joder, que ya van dos meses que pierdo siempre. Que sois unos cabrones.
    Todos le miraron intentando reprimir las carcajadas. Freddy le contestó torciendo el gesto.
    -Mira Jack, no me jodas. Hace tiempo que decidimos hacerlo así y, ahora no vamos a cambiar. Además cómo coño nos organizamos si no. Tony y Johnny se quedan en la carnicería, y Carlo y yo en la barbería. A ver si te crees que los demás nos vamos a estar tocando los huevos.
    Jack bajó la cabeza, recogió la silla, y como sus cuatro hermanos comenzó a recoger la trastienda y a prepararse para volver a casa. El jueves, el día de la partida entre hermanos, único día de asueto hasta hacía nada, se había convertido en un infierno desde que su madre vivía en la residencia.
    Salieron todos y se despidieron hasta el día siguiente. Jack se alejó pensando que aún les tendría que ver la cara un día entero antes de ir a por su madre, aún tendría que aguantar las bromas y las alusiones a la partida, y entonces pensó algo que no podría cambiar nunca: “Porca miseria, estoy harto de ser el pequeño”.

Somos legión - Hassan Ahmar

Sara llorando otra vez. Javier la miraba de reojo desde la esquina, sin quitarle la vista de encima. Sus huesudas manos estaban crispadas como garras y su cuerpo se mecia con un ligero vaivén. Por su cabeza no dejaban de cruzarse oscuros pensamientos; “llorona estúpida. ¿Ahora porqué lloras? Me tienes harto. Cerda; tienes naríz de cerda, ojitos de cerda, carne de cerda. Gorda, mírate, ahí encojida de hombros. Diós mio, qué fea! Me dan ganas de rebanarte la cabeza. Porque no tengo un hacha, que sino... Podría probar estrangulándote, pero mejor verte sufrir así que tener que tocar esa carne fofa y asquerosa”.
    “Menudo panoráma” pensaba Daniel. “El ojeroso tísico y psicópata nos va a montar una buena. Si estuviera a solas con Sara quién sabe qué podría suceder. Menos mal que no levanta ni un palmo. Si le da por atacarla creo que podriamos retenerlo. Pero que manera de mirarla, no le quita la vista de encima. Como se dé cuenta Sara de cómo la mira le dará un ataque de histeria...”

    “Aummm. Inspira. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Retención. Silencio. Bum (latido del corazón), uno, bum, dos, bum, tres. Espira, despaaaacio, uno.... siete. Vacio, uno, dos, tres. Inspira... Aummmmm. Alguien llora, mis nalgas y rodillas soportan el peso del cuerpo, mi piel está en contacto con la tela y el aire fresco, la temperatura es agradable. Mi consciencia se expande. Aummm”.

    Daniel giró la cabeza para volver a comprobar con qué refuerzos contaba en caso de que se desatara la crisis. Don Margarito Dalai Lama; así lo había bautizado mentalmente porque no había tenido ocasión de conocerlo ni saber nada de él. De momento era un iluminado, más delgado que Javier, que ocupaba la esquina del fondo en posición de loto. Todo el día. “Ummm, tal vez sirva para sujetarle una pierna al loco”. A su lado estaba tendido medio adormilado un adolescente pandillero; tupé, cadenas, cicatriz en la cara. Era muy corpulento, más que él mismo. Tenía cara de 'chungo', pero podría ser un buen aliado. Menuda congregación tan curiosa, un pandillero, un iluminado, una histérica llorona, un psicópata y él mismo, el único normal en esa habitación.

    El tiempo parecía no correr, el sol que entraba por el tragaluz del techo estaba detenido sobre el camastro sobre el que Sara la llorona estaba sentada. Seguía llorando desconsoladamente, y Margarito meditando, de vez en cuando se oía un suave aum entre los sollozos. Psico seguía con su balanceo sin peder de vista a Sara... Y sucedió, tenía que suceder tarde o temprano. Sara levantó la mirada y se encontró con la de Javier, taladrándola. No vió la mueca en las manos de él, pero no hacia falta. Abrió sus ojitos hasta que parecieron platos y abriendo la boca hasta partirse los labios gritó, y no paro de chillar, a chillar como un cerdo durante la matanza.Aunque todo sucedió a gran velocidad Daniel lo vió a cámara lenta, como si fuera la crónica de una muerte anunciada. No sabía porqué pero conocía el desenlace. Javier se abalanzaría sobre el cuello de Sara y lo rodearía con sus garras; si, eso ya estaba sucediendo. También sabía que la cara de rabia descontrolada de Javier se transformaría en una mueca de asco al instante de haber empezado a estrangular a Sara, pero que no por ello iba a dejar de apretar con toda su alma. Antes de que él se abalanzara sobre Javier el pandillero actuó, anticipándosele. Esto estaba previsto, pero no del todo, porque en vez de ayudar a Sara, el 'chungo' empezó apegarle puñetazos en la cabeza. Daniel quedó de piedra, y Margarito a lo suyo, inmutable al fondo de la habitación, levitando. Qué desastre, la situación se estaba descontrolando por momentos, eso no era lo que él había previsto...
    Hubo un movimiento en la mirilla de la puerta de la habitación, sonó la alarma, ruido de llaves en la cerradura y pasos corriendo. ¡Iban a entrar! Margarito se evaporó con una técnica yóguica, Daniel se tiró bajo el camastro y el pandillero se encerró en el armario justo en el instante que los enfermeros entraban a tropel y se abalanzaban sobre Javier. Javier ni se dió cuenta, seguía tratando de estrangular a Sara desesperadamente. Los enfermeros no pudieron arrancarle a Javier las manos del cuello hasta que le inyectaron el sedante. Empezaba a estar azul, y la cabeza la tenía totalmente ensangrentada de  golpearse contra la pared y los hierros de la cama.

5 personajes - Guillermo


Fran acudió a la cita en coche después de un largo viaje desde Paysandú. La travesía es una ruta desierta que serpentea las praderas situadas al este del río Uruguay. Es el veterinario de un establecimiento rural de la zona. Sigue soltero, confiesa que todas sus relaciones sentimentales han sido un fracaso. Desde el secundario no le hemos conocido una relación estable. Está inmerso únicamente en su trabajo, cosa que lleva a la perfección. Es tan tímido como meticuloso, seguro ha repasado varias veces sus planes de ruta hasta llegar aquí.
Sebastián despertó aturdido. Dijo que al recibir la noticia no daba crédito de la sorpresa y sacó billete en el primer tren de la mañana. Es técnico de medio ambiente en una planta depuradora de aguas instalada en Colonia. Con su mujer llevan una vida tranquila y sencilla. Son amantes del Río de la Plata y de la vela. Su padre fue el primer hombre que cruzó a nado hasta Buenos Aires. Jura que algún día lo intentará.
A Rodrigo le cogió la llamada en la imprenta editando su número mensual de ‘MalArte’, una publicación cultural que dirige hace años con poco dinero y mucho sacrificio. El resultado: el de un equilibrista profesional que ama lo que hace sin importar el riesgo que corre en ocasiones. Es una persona tremendamente creativa.
 Beatriz llegaba a la cita luego de dar un concierto en Porto Alegre. Se ha convertido en una gran violinista y sobre todas las cosas disfruta de lo que hace. La melodía de su stradivarius aún nos sigue enamorando a todos. Recuerdo los solos que nos daba en el café de la estación todos los sábados. Las calles adoquinadas de la ciudad vieja, el olor a puerto, historias de cafetines y el violín que lo envolvía todo. En fin, un tiempo que ya no volverá.
Acudí en mi moto a la reunión. Salí de Montevideo rumbo a Maldonado. Unas dos horas de viaje hasta el corazón de las sierras. El punto de encuentro: el Cerro Catedral, 514 metros de ascensión hasta la cima. Habían pasado años sin estar todos juntos nuevamente. Se detuvieron el reloj y nuestras vidas en la altura. Soplaba el viento Atlántico. Una suave melodía abordó la cumbre.  

Cuaderno de bitácora: sesión 28



15 de julio de 2012, ocho de la tarde, reunión en Can Ignasi. Asistimos a la sesión: Rocio, Diana, Guille, Iván, Pau y Antonio.

Ejercicio: Descripción de 5 personajes en una situación o reunión.


Lecturas compartidas:
  • Rafael Sanchez Ferlosio: "Vendrán más años malos y nos harán más ciegos"
  • Robert Graves: "Yo Claudio"
  • Michel Houllebecq: "El mapa y el territorio"

Carta de un suicida - Romanie

“Ahora de pronto tengo dos sensaciones que se contradicen y que a la vez las encuentro complementarias, en este estado en el antes nunca me encontré. Una parte de mí tiene prisa por cumplir con una decisión que ya he tomado, y a la vez siento que el tiempo ya no lo mido cómo antes, que tengo todo el tiempo del mundo para escribir esta carta.
Esta carta es para aquellos que amo, familia que no es de sangre, es la que he elegido, como todo en la vida que he disfrutado hasta hoy. Quiero que comprendan esta decisión que he tomado, la de quitarme la vida. Esto también forma parte de ella. Me han diagnosticado este cáncer sin cura, me han ofrecido un cocktail de pastillas para no sentir y me han dicho que necesitaré ayuda hasta para ir al baño. No quiero que nadie tenga que hacer esto por mí. ¿Porqué debo aguantar la espera dolorosa de la muerte? Siempre he tenido el coraje de enfrentarme a las situaciones, y esta la decido afrontar yo, antes de que me busque a mí, la muerte.
Gracias por tomar este momento fuera del tiempo para comprender mi deseo, me muero amando la vida.”

Nota de suicidio - Rozio


Morir o vivir, esa es la cuestión.
Ninguna de ellas me parece importante.
Quizás éste es el momento justo. Cuando morir es irrelevante.

La mayoría de gente vive en la falsa ilusión de ser feliz. Algunos ni eso. Pero ni de lejos osan acercarse al abismo de la muerte.
Sé que no existe una única interpretación de la realidad, más el reconocimiento de mi incapacidad por elegir de entre todas ellas alguna afortunada, me arrastra al hastío.

La creencia profunda de que a lo peor, mañana no será mejor, sino lo mismo, me llena de miedo a tener que seguir habitando mi cabeza.

Nunca he intentado acercarme a la pertenencia a un grupo si no al de mí mismo y el estado de felicidad me aterra ¿Puedo culparme a mí mismo por eso?

No quiero pensar más, sobretodo no pensar más*

*nota: esta frase es de una carta de suicidio de una película: Antonia. Me parece genial y pensé que cualquier carta de suicidio debería siempre acabar así. Por eso me la he apropiado

Nota de suicidio - Pau

Nota de suicidio      31 de mayo de 2012

Me voy. No pienso seguir viviendo en estas condiciones. Esta insidiosa enfermedad me ha dejado exanime, los días se han convertido en suplicios. Me voy sin ningún tipo de resentimiento ni reproche a la vida, al contrario, ¡como agradecer tantos dones que he gozado! creo que en mis 45 años he conocido y desfrutado de las cosas que de verdad valían la pena: amar y ser amado plenamente por una mujer, el amor de mi familia y de los buenos amigos, haber tenido la maravillosa suerte de vivir en la naturaleza bajo el cielo de esta isla amada, la compañía perenne de mis poetas y escritores queridos, mi otra familia, que me han hecho sentirme un poco inteligente, que me han alentado y justificado en este periodo vital.

Me gustaría que no me llorasen ni se apenasen por mi, pero bueno lo que suceda tras mi muerte no me importa nada, aunque se que hay gente que me quiere, incluso que me quiere mucho. Tantos otros muchísimo mayores se fueron antes que yo…
No dejo nada pendiente bueno un par de créditos en el banco. Se los pago en otra vida
¡ que se jodan!
Hasta el ultimo momento he vivido al día, sin sueños de fututo, sin esperanza de una larga vida, sin querer tener hijos( eso hubiera supuesto pensar en el futuro, algo para lo que siempre estuve incapacitado)
Pero he intentado(muchas veces sin éxito) disfrutar mucho de la vida.
Quiero decir en voz muy alta que nunca hice daño a nadie conscientemente a quien pueda causar dolor sin yo desearlo ¡perdón! A quien hice daño fue a mi mismo, no en vano me doctore  cun laude en la universidad de la autodestrucción.
Pero también se que de otra manera no hubiera sido yo mismo, otra persona, seguramente mejor, habría habitado mi cuerpo y mi alma. Lo que es seguro es que lo habría tratado mejor que yo
¡gracias por haber resistido tantos años amigo Pau!
Acabo como no con unos versos de Juan Ramón.
Adiós a todos. Os quiero

El viaje definitivo
… y yo me iré. Y se quedaran los pájaros cantando, se quedara mi huerto, con su verde árbol y con su pozo blanco.
 Todas las tardes, el cielo será azul y placido, y tocaran, como todas las tardes están tocando, las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron, y el pueblo se hará nuevo cada año y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, mi espíritu errara nostálgico…
Yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y placido…
Y seguirán los pájaros cantando.

Nota de suicidio - Antonio


No dejo nada. Sobreviví a todos los míos. Perdí dos familias, en la que nací y la que creé. Viví opulentamente la primera mitad de mi vida, me arruiné dos veces. Viví alegrías y tristezas. La segunda parte de mi vida la pasé en la modestia, pagando los errores y maximizando los pocos aciertos. No fui un buen hijo, y no supe ser del todo buen padre, sin embargo he logrado finalmente ser un buen hombre, en una media aproximada, y resultar una buena compañía para los pocos que me han acompañado hasta ahora. A nadie le escribo esto, y probablemente nadie lo lea nunca, pero no me resisto a una pequeña explicación. Me iré hoy, primer día en el que me levanté con una sonrisa tras muchos meses.

Nota de suicidio - Hassan Ahmar

Apareció desnudo delante de la puerta del hospital, con un gran cuchillo de cocina en la mano. Las personas que estaban en el vestíbulo empezaron a retroceder, algunos corrieron y ya había quien gritaba de pánico. El hombre desnudo se movió hasta el centro de la sala y empezó a levantar el cuchillo. Por un instante muchos temieron que les había llegado la hora, pero las cosas siguieron un curso totalmente inesperado. El hobre dirijió el cuchillo a su cuello y se lo rebanó, luego se cortó las muñecas y se arrodilló. El espectáculo era desgarrador, y para realzar la sensación de irrealidad que se apoderó de todo el mundo al arrrodillarse el hombre pudo verse que llevaba un sobre pegado con cinta americana a la espalda.
    El charco de sangre se hacía grande por momentos. Las enfermeras corrieron hacia él y como pudieron trataron de obturar las heridas mientras lo subían a una camilla y se lo llevaban a tropel hacia un quirófano. La gente en el vestíbulo quedó totalmente aturdida, mirando el charco de sangre y el rastro que se perdía por el pasillo.
    El suicida parecía tranquilo y sonreía mientras la vida se iba escurriendo a medida que la sangre saltaba a borbotones de su cuello. De las dos enfermeras que le sujetaban las muñecas con sus propias manos una estaba llorando y la otra actuaba automáticamente. Sólo el celador que empujaba corriendo la camilla parecía consciente de lo inevitable. Esos cortes en el cuello eran irreparables, este pobre desgraciado estaba a punto de morir. Pero lo veía feliz, eso lo tranquilizaba. Él corría porque había que correr, pero sabía que era en balde. Lo que le tenía inquieto era saber qué habría dentro de ese sobre que asomaba bajo el hombro del suicida y que empezaba a empaparse de sangre. Sin pensarlo más soltó una mano de la camilla y tiró del sobre. ¡Lo tenía! En ese instante el hombre feliz que se estaba desangrando hasta la muerte reaccionó con la sensación de desgarrón que notó en la espalda; sacudió el brazo derecho y se liberó del agarre de la enfermera y cojió al celador de la mano que sujetaba la carta. Lo miró fijamente, suplicante. Trató de decirle algo pero sólo sonaron unos gorgojos, la garganta estaba llena de sangre. Los cuatro se quedaron parados unos instantes en medio del pasillo, a cinco metros de la entrada del quirófano. El celador se recuperó del estupor y reaccionó rápidamente. Apoyó su otra mano sobre la del moribundo que le sujetaba y la apartó suavemente mientras le decía: “tranquilo, todo irá bien, tengo el sobre, yo me haré cargo”. El hombre sonrió de nuevo y cerró los ojos. A los pocos segundos se desmayó y poco después murió.

    En el sobre había escrito en letras enormes ocupando toda la superficie “léanlo urgentemente”. Manolo lo habrió con sus manos manchadas de sangre y sacó una carta manuscrita con una caligrafía muy hermosa y cuidada. Sorprendente, pensó.
    “Me llamo Juan Alberto Marquez Salomon. Mi hijo Daniel Marquez está internado en este hospital en la UCI, a punto de morir a la espera de un corazón. Mi corazón es compatible, es para él. Con los demás órganos hagan lo que quieran, sepan que nunca padecí enfermedad alguna. Mi grupo sanguineo es O+. Gracias por su colaboración, disculpen el espectáculo y perdonen las molestias que les he causado. Sepan que he muerto feliz y realizado, que doy vida a mi hijo y que no voy a vivir habiéndole dejado morir. Por lo demás mi mujer y demás familiares y amigos estarán recibiendo aviso del desenlace y una carta de despedida en estos mismos momentos. Sólo tendrán que confirmarles lo que ya sabrán. Ahora, dense prisa!”

Nota de suicidio - Guillermo

Para cuando se lea esta carta, habré muerto. La dejé con Rodolfo, el conserje, el único que entiende y sabe de mis derrotas. No pretende ser una carta de despedida, simplemente una crónica mustia y cruel de mi deriva.
Decidí encerrarme en el piso estos últimos días. Me he convertido en la persona que nunca imaginé, pero ya nada puedo hacer para remediarlo. Soy un despojo que se arrastra de la cama al sofá y viceversa. He decidido quitar todos los espejos, me asusta este rostro que ya no reconozco. Las cucarachas han tomado mi cocina y no pongo freno a esta invasión incontrolada. Mi loro llora por lechuga y no tengo siquiera fuerzas de bajar al mercado. Me molestan los gritos de los niños jugando en la acera, el claxon del autobús de miradas grises y cristales empañados, hasta la luz se ha convertido en mi peor enemigo. El buzón está lleno de correo que no contesto. Mi editor llama constantemente al teléfono, he decidido desconectarlo. Me siento durante horas a contemplar el péndulo de mi antiguo reloj, cómo si esperara un señal, un resquicio de salvación. Escucho las noticias, cierro los ojos, y me alimento con la mierda de este mundo. Soy el gérmen de la desidia, el capitán del buque de la miseria, un maestro en la escuela del fracaso. Soy un artesano en tumbas, un guerrillero sin misión, un hereje con pluma. Deambulo por los pasillos con la botella en la mano a esperar mi final.

Nota de suicidio - Diana C


“Cielo, ya no puedo más. Este sufrimiento me tiene esclavo y la vida ya no es vida, es una tortura. Necesito que las niñas sepan que las adoro, que lo sepan siempre, pero me martiriza que vayan a recordarme así. Si me marcho ahora que aún son tan pequeñas, ¿crees que podrán acordarse de mí cuando era grande, cuando aún trabajaba? Tengo esa esperanza. Cariño, no llores. Tú ya no vas a poder acordarte de mis besos, pero inténtalo, haz como si te hubiese besado una última vez antes de todo esto. Después, por favor, intenta ser feliz. Te quiero. Os quiero más de lo que puedo decir”

Aquí paré de escribir, no podía seguir por las lágrimas emborronándome la vista. Él me estaba mirando, atravesándome con esos ojos enormes suyos, y después volvió a mirar el tablero, pero fui incapaz de seguirle mostrando el abecedario. Sin embargo él, implacable, siguió pestañeando el morse de sus párpados. S.O.S., repetía. Hasta que accedí a continuar taquigrafiando sus últimas palabras. He tardado tres horas y media en escribir su carta, letra a letra, cada pestañeo suyo un golpe de martillo en mi pecho y ahora la tengo frente a mí. Lo último que ha dicho es “No soy tuyo. Suéltame, por favor. Déjame ir”. Pero no sé si puedo. No había nadie más en la habitación. Qué difícil es algunas tardes encontrar a las enfermeras. Creo que voy a tirar esta carta horrible a la basura. No había nadie más en la sala, solo él y yo.

Cuaderno de bitácora: sesión 27



31 de mayo de 2012, seis de la tarde, reunión en Can Nebot. Asistimos a la sesión: Rocio, Diana, Guille, Marcela, Iván, Pau y Antonio.

Ejercicio: Escribir una nota de suicidio.




Lecturas compartidas:
  • Kevin Wilson: "La familia Fang"
  • J.M. Coetzee: "Verano"
  • Adam Zagajewski: "Mano invisible"
  • VV. AA.: "Antología de poetas suicidas"
  • Película: "Las invasiones bárbaras" 

El gato y el mirlo - Pau

Estando un mirlo dándose un pequeño festín con las migas de pan que un humano había sacudido del mantel en la terraza, se dio cuenta que el gato de la casa acechaba sus movimientos con intenciones asesinas.
Mirándole seriamente le dijo el mirlo al gato: Amigo gato, no crees que emplearías mejor tu tiempo y tu energía cazando roedores, y que tu amo te lo agradecería mucho mas que si capturas a este pobre mirlo que ningún daño hace.
Me consta que tu amo me aprecia por mi canto, que le gusta verme correteando por la terraza, que soy un vecino querido y aceptado por el. En cambio, he visto su alegría cuando atrapas a cualquier roedor, parásitos y comensales odiosos en su despensa. Así que déjame acabar este humilde ágape que han de comerse las hormigas y emplea tus servicios en mas nobles cometidos.

Casi sin darle tiempo a acabar la ultima frase, el gato se abalanzo sobre el mirlo y atrapándolo con sus garras le dijo: pájaro bobo, antes de matarte te contare la reflexión que he hecho. Este campo en el que vivimos es prodigo en alimentos para tu especie. Muchos congeneres tuyos se alimentan por los alrededores con todo tipo de semillas llevando una vida apacible y desahogada, y sin embargo tu, vienes aquí sabiendo que yo rondo esta terraza. Las migas que tu vienes a comer aquí, sirven de alimento a centenares de hormigas que de otro modo entrarían en la casa de mi amo causando molestas, incluso asaltando mi comida.
Capturándote, mi vocación de servicio queda justificada. A mi tu campo no me interesa. Roza tu osadía y tu inconsciencia porque en la vida, pierde quien no pesa bien en la balanza los placeres y los riesgos.
Y diciendo esto, hundió sus colmillos en el cuello del insensato mirlo poniendo fin a su vida.

Moralejas
A no intentes razonar con quien es mas poderoso que tu y no esta acostumbrado a razonar sino a seguir sus instintos.
B los poderosos no se mueven por sentimentalismos, solo ven el lado practico a las cosas.
C muchas veces lo que para ti es valioso y digno de aprecio, para otros no merece el mas mínimo reconocimiento.
D tus intereses no les interesan a los poderosos.

Fábula - Diana C


La libélula se había posado en una rama del gran árbol donde todos los insectos tenían su hogar. Poco a poco salieron de sus secretos escondrijos para ver a la nueva habitante. El escarabajo negro se abrió paso entre el resto de moradores del árbol y habló.
-      ¿A qué has venido extranjera? - la libélula les miró en completo silencio. Había extendido sus alas que brillaban de iridiscencia dorada al sol. Todos los insectos quedaron cegados por su belleza y su imponente presencia.
-      Vengo a pediros cobijo. He sido desterrada - habló la libélula.
-      ¿Qué has hecho para merecer tal castigo?
-      Volar – y la libélula alzó su barbilla.
-      No es posible, extranjera. La mariquita vuela y no la hemos desterrado – y la mariquita negó con la cabeza aleteando en un rápido zumbido sus alas- la mosca vuela, la abeja, la mariposa, todas ellas vuelan y son parte de la comunidad. Hasta yo que soy de tierra tengo mis alas y soy el alcalde de este pueblo. ¿Quién osaría desterrarte por volar?
-      No habéis volado muy lejos de este árbol si no conocéis la respuesta a esta pregunta. Me ha desterrado mi amado.
Los insectos hicieron asamblea y decidieron de común acuerdo dar cobijo a la libélula,  pues había sido sincera. Al principio la acogieron y la trataron como a una más. Sin embargo con el pasar de los días algo les iba inquietando. Era el brillo de sus alas, que les dejaba a todos ciegos y no podían mirarla demasiado tiempo seguido. El ciempiés le pidió que ocultara sus alas, incluso la mariposa acostumbrada a desprender magias y brillos en su vuelo, le solicitó que se replegase. Pero la libélula se negó a la petición que el pueblo le hacía. Le dejaron entonces un hueco en lo alto de las ramas, donde sólo si miraban hacia arriba se cegarían.
Un día todo el poblado se despertó alarmado. Temblaba el árbol, sus ramas en terremoto, sus hojas cayendo violentamente al suelo. El escarabajo dio la voz de alarma: estaban siendo atacados por el Dragón que embestía el árbol con sus testa.
-      ¿Por qué viene aquí? No somos suficiente alimento para tan voraz apetito.
La libélula descendió y dijo:
-      No viene por vosotros, viene a por mí – y con su habitual dignidad se dirigió volando hacia donde se encontraba el Dragón.
La libélula aleteó a su alrededor y el brillo de sus alas cegó a la bestia que ya no veía y no podía asestar más testarudos golpes al árbol. Entonces la libélula le habló:
-      Ya me desterraste en una ocasión, ¿por qué vienes a molestar a estas gentes de bien?
-      ¡He de vencerte!
-      No puedes – el resto de insectos miraban estupefactos a un pequeño insecto como ellos enfrentándose a un Dragón – por más lejos que me expulses nunca te librarás de mi. Deberías haberle pedido a aquella bruja otro hechizo.
-      Es cierto, no debí pedirle que te convirtiera en insecto, solo debí pedirle que te quitara las alas.
-      ¿Y por qué en lugar de eso no le pediste que te hiciera brotar alas a ti también?
La libélula se situó justo enfrente del Dragón como un espejo. Y todos los insectos enmudecieron ante lo que sucedió. La libélula se transformó en una gigantesca Dragona alada.
-      No soy nada que tú no lleves dentro, pero has querido derrotarme. Qué gran error has cometido, amor mío.
El Dragón cegado y avergonzado se sumergió como una serpiente en las entrañas de la tierra y desapareció. Y la Dragona sin espejo volvió a ser libélula. Desde aquel día fue venerada por el resto de insectos que la honraron por haber salvado al poblado del Dragón con la belleza y el brillo de sus alas.

Fábula - Romanie

Erase una vez un oso negro de los bosques de Canadá occidental, muy grande, negro y solitario. A él le hubiera gustado tener amigos pero solo sabía asustar y ser asustado. Un día mientras come hierba lentamente en un campo de avena se le acercan una familia de ciervos, nerviosos y juguetones. El oso se pone a dos patas y ruge para asustarlas y ellas se ríen, burlándose de él comen y saltan a su alrededor. Esto le enfada mucho al oso, así que las intenta espantar y corre tras ellas. Ellas siguen saltando y riéndose hasta que él queda agotado, y les pregunta:
-¿Por qué estáis tan felices?¿De qué os reís?
-Tenemos todo el campo que queremos para comer, no hace frío y nos gusta tener compañía.- le contestó uno de los ciervos.
- ¿Y no os asustan vuestros depredadores? Hay muchos que desean comeros, cazaros…tendríais que estar asustados. Hay muchos campos a los que ya no podéis entrar porque están vallados o porque hacen casas.-les dijo el oso con cara de preocupado y angustiado.
El ciervo abuelo pasó delante de los demás para hablarle personalmente al oso y le dijo:
-Nos gusta comer hierba y de eso no falta, nos adaptamos a los cambios y seguimos moviéndonos en grupo. Cada uno ve en los demás el reflejo de su propio pensar. Si tú como oso pensaras bien de nosotros, tú serías más feliz también y tendrías más amigos.

Caderno de bitácora: sesión 26

15 de mayo de 2012, seis de la tarde, reunión en casa de Diana C. Asistimos a la sesión: Rocio, Diana, Marcela, Iván, Pau y Antonio.

Ejercicio: Escribir una fábula.
 
Lecturas compartidas:
  • Rainer Maria Rilke: "Teoría poética"

El rincón de Angelina - Diana C


 Caminando elijo, tarde, dónde sentarme. Se me han terminado los bares, se me acaba el pueblo en la carretera y regreso pensando que se me ha acabado también el tiempo.
Entonces me rescata un parque lleno de niños.

Lucía, rubísima, patalea en el columpio. Sara pasea una cometa serena, sin viento. Después baja un monopatín por las escaleras con el mismo aire imperturbable. Ambos objetos le pesan lo mismo – ha nacido ya siento fuerte para tener el peso y la ligereza en sus manos por igual.

Angelina ha dado el grito de alarma avisando a mamá de que ha visto a una garrapata enorme volando viniendo hacia ella.
-      Sólo quédate aquí mirando, mamá, mientras yo vuelvo a ver si está.

Y ha vuelto, y ha llorado, y mamá ha trepado por el gran escalón que las separaba ensuciándose toda la ropa y ha corrido hasta el rincón de Angelina.

Ismael y Óscar están luchando con espadas, custodiados por un dragón con escamas verdes.

Y María, con un pegote de chocolate en la mejilla, me ha dicho que ella ya se sabe subir en el columpio sola.

Y yo en la plaza estoy tratando de traducir en palabras la magia que provoca vuestra pequeña presencia, esa pureza que tenéis todos, dando vuestros primeros pasos, o escondidos tras unas gafas enormes, o llorando o ya queriendo empezar a ser responsables pero aún trepando a las copas de los árboles.

Y sé que no puedo explicaros. Que tan solo quiero sumergirme en ese mundo vuestro donde las peleas se hacen con una espada de plástico que al tocar al contrincante solo le provoca risa. Donde al dragón se le derriba de un golpe seco y ya no muerde más. Donde ante un problema que da miedo mamá trepa intrépida un muro y en dos segundos su presencia lo soluciona todo.

No puedo contaros a vosotros, quizá preferiría contar algo para vosotros...  y entonces sé que solo puedo hacerlo si miro el mundo con vuestros ojos, y cojo perspectiva subida a un columpio y miro el cielo que va, y que viene y que va, mientras Jorge se columpia a mi lado, suelta sus chanclas por el aire y ríe descalzo.
 

Santa Gertrudis - Guillermo


Santa Gertrudis


Sobre la mesa, un café.
Del patio llegaban gritos
y risas de niños.
Me demoro contemplando
una rosa que hiere el muro.
Azul,
la luz cae vertical
sobre el campanario.

La plaza - Antonio

Vista así, la plaza, con los bares cerrados, las mesas y las sillas apiladas, da la impresión de ser más grande. Los pocos ruidos de algunos niños jugando, y el paso anecdótico de turistas perdidos, o lugareños apresurados, se amplifican y llenan de eco este espacio, dónde la luz inunda las paredes blancas de la fachada de la iglesia y rebota sobre el suelo irregular y de múltiples desniveles. Parece un espacio desvalido, que nunca haya podido albergar tantas historias en sus rincones. Los árboles, en su mayoría jóvenes, finos, deshojados y podados hasta quedarse en percheros muy altos, ayudan a la impresión de desolación. El viento de la tarde es la única nota de ruptura de esta monotonía. Es la soledad del escenario que está preparado para el comienzo de la función.

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Nunca antes lo había contado, pero en la plaza hay 19 árboles, 20 macetas y 6 bancos, 2 de ellos individuales, 15 farolas, 3 bares, 3 papeleras, 1 boca de riego y 1 estatua de Abad i Lasierra, dónde los niños se sientan. Intenté contar las baldosas, pero me perdí en 130, cuando aún no había ni pasado de las primeros 3 metros, y me di cuenta de porqué prefiero los suelos de tierra.

Cuaderno de bitácora: sesión 25

 
25 de abril de 2012, cinco de la tarde, reunión en la plaza de la iglesia en Santa Gertrudis. Asistimos a la sesión: Romanie, Rocio, Diana, Guillermo, Pau y Antonio. Nos dispersamos por los alrededores y a las seis menos cuarto nos volvemos a citar en el bar Musset. 

Ejercicio: Nos reunimos todos en el mismo lugar, la plaza de Sta Gertrudis, nos dispersamos y durante tres cuartos de hora cada uno escribe sobre lo que ve alrededor. Después nos juntamos para leerlo.

Lecturas compartidas:
  • Stephen Vizinczey: "En brazos de la mujer madura"
  • Jorge Riechmann: "El común de los mortales"