martes, 6 de agosto de 2013

19 bomberos - Anahi


19 bomberos muertos en Arizona.
Era lunes,  8 de la mañana y escuchaba esta noticia. 19 bomberos muertos en ARIZONA. No pude contenerme y llore por la perdida a esas horas intempestivas , se que no les conocía, pero que importa. 19 joyas humanas dejaban este mundo de una forma heroica y terrible.
Desde hace unos años, el ver un hidroavión o escuchar la palabra incendio tiene muchas mas connotaciones para mi. Siempre es un sobre salto, pero ahora me queda el corazón en un puño hasta que sé que no hay ninguna victima humana.  Por suerte y por desgracia   tengo entre mi familia y  amigos, calidad humana con vocación de servicio, policías y forestales que están preparados para afrontar y solucionar ,incluso grandes catástrofes llevando su entrega hasta el borde la vida misma.
La frase CADA DIA PUEDE SER EL ULTIMO en su caso es mucho mas real y a veces me pregunto si tienen todos sus asuntos en orden, testamento incluido. Imagino el miedo y la entrega y siento un escalofrío. Que pasara por sus corazones al estar frente la muerte, que fuerza les lleva  a  dedicar su vida al servicio de todos. Imagino que no es por el dinero, porque ninguno vive en el lujo, mas bien son personas sencillas y en apariencia felices. No voy a mentir, cuando están cerca, les observo con fascinación y en silencio, les veo reír y disfrutar de la vida y siento orgullo de que me permitan compartir parte de la vida con ellos. Pequeños héroes que no necesitan de capa y que cada noche arrullan sus sueños con la gratitud de todos.

Cuaderno de bitácora: sesión 49

13 de julio de 2013, nueve de la noche, reunión en Can Pinyó. Asistimos a la sesión: Pau, Jason, Romanie, Anahi, Rocio, Silvia, Cristina, Amanda y Antonio.


Hoy hemos comentado los textos que hemos leido de Pau.


Ejercicio:  Un texto sobre  el impacto de una noticia, como siempre desde el ángulo que más nos interese o nos resulté particularmente destacable.

Lecturas compartidas:
  • Pau: sesión 26 - La fábula   "El gato y el mirlo"
         http://elgrupociento34.blogspot.com.es/2013/03/el-gato-y-el-mirlo-pau.html

Mala leche - Pau

Un pasadizo comunicaba dos patios de mi colegio. Poco antes de las navidades del... debían ser las del 77, mis 10 años, transitaba yo aquel pasadizo, tranquilo, inocente, confiado, con un catálogo de regalos, juegos y juguetes en la mano. De pronto, alguien por detrás, artéramente, me lo arrebató de la mano y se lo llevó corriendo. Le reconocí, era un chico de un curso superior. Creo recordar mi ira, rabia, frustración, impotencia. Un curso por encima era una barrera grande, al menos entonces.
Pasaron las navidades y a la vuelta al cole, un día de esos, me encontré de frente en el mismo pasadizo al causante de la afrenta. Me abalancé sobre él como un remolino furioso, le derribé y le inmovilicé con una llave de judo. Una vez satisfecha la venganza, incruenta en cualquier caso, me fuí del lugar dejando al rufián más humillado que desconcertado.
Ha habido pocos arrebatos así en mi vida, apenas recordaría otro, pero aquel me hizo sentirme un héroe ante mí mismo, el juez más severo para otorgar ese título. Me sentí poderoso, triunfante en una causa justa.
Aquel brote de mala leche se tornó en una dulce leche merengada. Treintaycinco años después, he de decir que no he vuelto a ver a ese héroe que se alzó y venció, que luchó sin importarle las consecuencias.
¿Dónde estás?

Mala leche - Antonio

Tocaba escribir sobre la mala leche, así tal cuál. Al menos así me lo había hecho saber el jefe de redacción. Una columna sobre la mala leche, desde un enfoque de dos caras, a favor y en contra. Es lo que hay, añadió. Nunca le he caído muy bien, lo sé, y no pierde ocasión para ponerme a prueba. El director del periódico confió en mí como joven valor de las letras, y me dio esta columna semanal para opinar y atraer a un lector joven y con inquietudes. Ambos estaban equivocados, el director por creer que las letras de opinión entienden de favoritismos magnéticos infalibles, y el jefe de redacción por creer que yo era una amenaza permanente impuesta de arriba. Y qué coño quieres que escriba de la mala leche, le pregunté. Yo que sé, tu eres el joven valor de las letras. Colgué el teléfono con cierta rabia.
Escribir sobre la mala leche, me había puesto justo de eso, de mala leche, desde primera hora de la mañana. Había incluso cortado la digestión del café con leche y provocado una acidez incómoda que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Dudé entre tomar un anti-ácido, un té, una tila, una sal de frutas. Opté por el camino de en medio, me serví un Malbec reserva 2001, de las bodegas Norton en Mendoza.
La acidez siguió, pero las ideas y la rabia iniciales se aplacaron. No podía permitirme estar tan de mala hostia a las diez y media de la mañana. Reflexioné sobre el tema, qué enfoque le podía dar, qué era la mala leche. Descubrí que a partir de esa idea surgían fácilmente otras palabras más o menos afines: rabia, odio, mal carácter, enojo, rencor, mal humor, un mal pronto, venganza… Todas ellas, por supuesto, con un cargado tono negativo. En este caso parecía más fácil ver la cara oculta de la luna, e imposible encontrar argumentos de elogio. Intenté recordar todas las veces que recientemente hubiese estado de mala leche, y conté unas cuatro, por el recibo de la luz, por alguna crítica de mi último libro, por la reunión de la comunidad de vecinos, y hoy mismo, por la llamada del periódico. Descubrí que me ponía muy pocas veces de mala leche, a pesar de que no considero tener un carácter fácil, y que además lo hacía por cosas muy estúpidas.
Cada vez disponía de más datos y de menos estructura para hilvanar un mínimo texto con sentido y con enfoques plurales. Hice un intento de lista con pros y contras de la cosa en cuestión. Agoté la columna de los contras y sólo se me ocurrió una para los pros, el relax que se produce después de una explosión de mala leche (a pesar de no estar demasiado seguro de que la consecuencia justificase la acción).
Ofuscado en la tarea, pasó rápidamente la mañana sin lograr escribir más de media frase con sentido. Hacia la una, la botella de malbec se había evaporado, al igual que la mala leche, y decidí que era tiempo de un antiácido y una siesta. De camino a la habitación, descolgué el teléfono y llamé a la redacción. Escribe tu los pros si los encuentras, que yo me dedico a lo mío, a los contras, le dije. Tendrá consecuencias, me respondió. Me da igual, todo tiene consecuencias, prefiero saber que llegan, añadí y colgué. Me sacudí la última gota de leche agria y descansé.

Renata o el elogio a la mala leche - Silvia


Conocí a Renata el verano del 2003, durante las prácticas que estuve haciendo en un centro benéfico dedicado a la atención de personas mayores sin recursos. Allí yo pasaba las tardes acompañando a toda clase de viejitos, dándoles conversación y llevándolos de paseo por el parque.
Renata era una mujer altiva y elegante, que, pese a sus 82 años, no permitía que nadie la viera desnuda y que rechazaba toda clase de ayuda y compañía, pues ella no necesitaba a nadie, se bastaba y se sobraba. En nuestro primer contacto fue todo lo desagradable que pudo.
-Buenas tardes, señora Renata. Soy Anna y voy a pasar las tardes en el centro con ustedes.
-Bah! Una niña… estoy harta de que solo envíen crías que no saben nada de la vida…
-Bueno, tengo 28 años…
-Pues eso, una niña acomodada y malcriada que se cree que va a cambiar el mundo. A mi déjame tranquila, chiquilla. Vete a hacer compañía a otra vieja de esas que hay por allí.
La expresión de su cara, con los labios dibujando una perpetua mueca de asco y su manera de mirar por encima del hombro, permitían adivinar un pasado severo, tal vez marcado por la guerra o alguna desgracia de gran magnitud, pero ella no gastaba en vano las palabras, de manera que resultaba difícil saber de dónde provenía aquella amargura.
Siempre estaba sola, y no era de extrañar, ya que a todo el mundo, jóvenes y viejos trataba con igual desprecio. Mientras los demás se reunían para jugar al mus en torno a una mesa, ella miraba al horizonte, a través de la ventana.
-Señora Renata, ¿le enciendo la tele?
-¡Ni se te ocurra! No dicen más que mentiras y tienen a todo el mundo engañado. Hay que ser idiota para creerse una sola palabra de lo que dicen. ¡Panda de embusteros! Si fuera más joven yo misma pondría una bomba en los estudios donde están todos esos presentadores y personajes de la farándula que se creen tan maravillosos. Bah! No puedo soportarlos. No tienen ni idea de lo que es la vida.
-¿La vida?
-Sí, la vida. Yo sí que sé lo que es y te aseguro que no puedes confiar en nadie, y los peores son los que tienes más cerca, los que crees que te quieren!
-No exagere, señora Renata…
Me miró de arriba abajo con una expresión de repugnancia que me hizo estremecer.
-Bah! Chiquilla malcriada, a ti también te han comido el coco. Anda, vete, era mejor compañía la chica que había antes que tu…
Un día la fui a buscar a su habitación para avisarla de que tenía visita con el masajista en una hora. Al abrir la puerta me la encontré en batín y con los rulos puestos (jamás había visto a nadie tan elegante en batín y con rulos), contemplando una colección de fotografías que colgaban de la pared. Me aproximé, para verlas, y allí estaba ella, exuberante con plumas de avestruz decorando su trasero mientras descendía glamurosamente unas escaleras hacia el escenario del Molino.
-¿Has visto que bonita era? Yo, niña curiosa, aquí donde me ves, fui la más grande vedette del Paralelo hace más de 50 años. Todos me adoraban…. La Bella Renata me llamaban. Yo era hermosa, muy hermosa, y nadie se me resistía. Lo tuve todo: joyas, pieles, hombres….  Bah! Hombres… unos desgraciados… ven unas tetas bien puestas y se les nubla la razón. Sólo tenía que pedir por esta boquita y tenía lo que deseaba. Entonces no podía imaginar que todo aquello acabaría, que algún dia me haría mayor, que mis tetas ya no se quedarían en su sitio y que los hombres desaparecerían.  Bah! Hombres… son todos iguales. Tal como llegaron se fueron  a buscar culos jóvenes, siempre quieren culos jóvenes.
-Vaya… Señora Renata, era usted realmente bella… No sabía que había sido vedette del Molino.
-¿Te ha sorprendido?¿es que te crees que siempre he sido vieja, o qué? Hay que ver, los jóvenes de hoy en día, que os creéis más listos que nadie. Mocosos malcriados, cómo os odio a todos… Sólo pensáis en pasarlo bien y os creéis que el dinero cae del cielo… Bah! Como mi propia hija, que me robó el dinero que tenía y cuando ya no hubo más, desapareció. Hace años que no la veo, ¡ni ganas! Mocosa desagradecida... Va, niña, vete, que me estás haciendo perder el tiempo y hablar demasiado.

Hace dos semanas hablé por teléfono con una amiga que sigue trabajando en aquel centro. Me dijo que la señora Renata había muerto, sola, como había vivido. Sentí mucha tristeza pues, de todas las personas mayores que conocí  aquel verano en el centro, la señora Renata fue mi preferida. Pese a su mala leche y su mal carácter le había tomado cariño.

Elogio de la mala leche - Hassan Ahmar


Creo que he perdido el texto que leí en la sesión dedicada a ese título.
Recuerdo que utilicé la forma de poema, tal vez adrede; la poesía es una
forma de literatura que a menudo me cabrea, ya  que mi relación con el lenguaje es más cartesiana. Me gusta la lógica de los enunciados, la claridad de exposición y evitar la ambigüedad en lo posible. Podría argumentarse que en ocasiones la poesía logra esos objetivos con mayor potencia y menos letras. Puede ser, pero para mi no es la norma y las evocaciones (para mi eso es la poesía, evocar) no pueden competir con las definiciones en cuanto a precisión y universalidad. Aún así, a cada uno lo suyo.
Leí mi poema carente de una métrica definida pero con cierta rima. No fue entendido por todos o por nadie. Lo tuve que explicar a petición de alguno de los presentes. Quizá ahí resida la clave de mi infatúa relación con la poesía, no logro transmitir utilizándola. También debo decir que no me he esforzado nunca en el intento, así que no se pueden esperar milagros.
Pues bien, expliqué el poema, y lo curioso es que la explicación tampoco satisfizo a alguno que debió pensar o sentir lo lejos que le quedaban mis versos de lo que realmente quería yo transmitir. Sentí un poco su indignación. Bien, de eso se trata, camino de la mala leche.
El poema decía que la mala leche es un vehículo importante para el autoconocimiento, y yo añado que como tal es susceptible de ser utilizada como herramienta evolutiva. La mala leche es un gran sistema de alarmas que nos indican errores de sistema, zonas de juicios, prejuicios, presunciones, etc. Son luces que alumbran al ignorante de su condición. Gran herramienta que puede utilizarse para trabajar en grupo, de hecho es donde mejor se puede utilizar.

¡Lo encontré! Este es:

Lágrima sorda,
víscera podrida.
Gargantas sangrientas
caballos desatados, verdes prados.

También aporté dos soluciones diferentes pero más crípticas aún:

1.    Cuelgan mis huevos de la oz,
    camino roto carmesí.

2.    Fuego purificador.

Querida mala leche - Anahi


Querida mala leche
Nos encontramos aquí reunidos, frente este ataúd, para despedirnos de nuestra querida mala leche, junto a sus familiares y amigos más íntimos. Ejmm y también vamos a ser francos, al resto del planeta, en este sentido homenaje a nuestra compañera.
Fue una sorpresa para mi que me escogieran para escribir este elogio, es un placer la verdad, una amiga tan cercana y discreta. El que nos dejara fue inesperado. Llevaba tanto tiempo ya con nosotros que al menos yo creí que nunca se marcharía. Aun recuerdo la primera vez que fui conciente de su compañía. Éramos tan jóvenes. Venía yo en bicicleta de noche por la ciudad después de una meditación, cuando un camión enorme me rebaso con tal velocidad que me tiro de la bici. Se que parecerá una locura pero llevaba un par de meses visitando grupos espirituales y ya sabemos como son, todo paz y amor. Yo venia pensando en cosas felices y me tomo por sorpresa verme de culo en el suelo con las rodillas raspadas. Pueden decir muchas cosas de ella, pero es buena compañera, me ayudo a levantarme del suelo y a seguir pedaleando con todo el dolor hasta llegar a mi casa. Cuando vio que estaba bien se marcho tan silenciosa como llegó al recate. Si, si. A ella al menos conmigo, le gustaba hablar pero nunca sabia cuando llegaba o se iba.
ESA CHIQUILLA. Tan pasional, acalorada y sentida, que tonta fui al creer que podía desterrarla de mi vida. Y que paz el día que comprendí que era una compañera en este viaje. Por eso estoy aquí, hablándoles desde la desazón de ver perdida una amiga.
No quiero despedirla recordando sus vicios, tenía sus demonios, que eran una constante batalla, pero era así, Y SÍ, ASI LA QUERIA YO!!!. Y aunque nos costó encontramos nuestro ritmo, como en la música. Al final me enorgullece decir que encontramos nuestro tempo.
 mi vida no será igual sin ella. Adiós querida.

El tocapelotas - Cristina

Ya anunciaba maneras nada más nacer. El parto fue horroroso como siempre recordó su madre, 12 horas de dolor que acabaron con cesárea y sacando al condenado con fórcex.
Los primeros meses no paraba de berrear, el llanto era el hilo musical las 24h. del día. Darle de mamar siempre fue traumático pero el infierno vendría con la aparición de los primeros dientes. Agarraba el pezón con tanta fuerza que un día lo desgarró. Su madre acabó en urgencias. Nadie lo decía pero todos pensaban lo mismo, este niño esta maldito.
A los 8 años los cadáveres se amontonaban en su cuarto. Cualquier animalito vivo que pasará cerca de él acababa cortado en pedazos dentro de una caja. Le gustaba mostrar sus trofeos e imponer el miedo a los otros niños si no seguían sus reglas.

Durante su adolescencia se centró en tener aterrorizados a todos los vecinos del barrio, entre hurtos, amenazas, palizas, etc. A los 15 años acabó en un reformatorio que por supuesto no lo reformó sino que lo reafirmó aún más en su línea hasta que un balón se interpuso en su camino. Un conocido futbolista dio unas clases magistrales en el reformatorio para motivar a los muchachos y resultó que nuestro campeón era todo un crack al respecto.

Salió del reformatorio para convertirse en uno de los futbolistas más admirados de los años 90. La revista Forbes le dedicó una entrevista titulada "Elogio a la mala leche" en su anuario del año 95 como el futbolista más toca-pelotas de todos los tiempos.
Moraleja, si hay que tener mala leche, buscate una virtud.

Cuaderno de bitácora: sesión 48

30 de junio de 2013, siete y media de la tarde, reunión en Can Alone. Asistimos a la sesión: Pau, Jason, Romanie, Jason, Anahi, Rocio, Guille, Cristina, Amanda y Antonio. Hoy se incorpora al grupo Amanda como nuevo miembro.

Ejercicio:  Un texto de Elogio a la mala leche.

Comenzamos una nueva dinámica en la que en cada sesión habremos leido los textos de uno de los componentes del grupo134, elegido por sorteo, y cada uno de los participantes elegirá alguno de los textos que más le haya gustado de esa persona. El miembro elegido, leerá un texto que haya elegido de entre todos sus escritos.

La primera persona del grupo134 de la que hemos revisado su producción, ha sido Anahi.

Lecturas compartidas:
  • Vicens Navarro: "Los amos del mundo"
  • Anahi: sesión 44 - Ancianos  "Tata contadora"
          http://elgrupociento34.blogspot.com.es/2013/05/tata-contadora-anahi.html

viernes, 5 de julio de 2013

Incluso un reloj parado da la hora dos veces al día o de cómo Miguel y Claudia se perdieron y se encontraron - Silvia


Podríamos decir que Miguel disfrutaba de su trabajo. Habitualmente su mente era muy creativa y mientras trabajaba en un prototipo su cabeza ya estaba ideando otro. Tenía una carrera brillante a sus espaldas y era considerado un buen inventor entre sus colegas. Había ganado el premio “objeto revelación del año” en un par de ocasiones y su última patente, “el descodificador transgeneracional” se estaba vendiendo muy bien. Una multinacional se había interesado en el “Transcode” (su nombre comercial) y ya estaban en negociaciones para lanzarlo en Francia, Alemania e Italia.
Todo le iba viento en popa. Su mujer, a quien amaba, y sus hijos, Juan, de seis años y Paula, de dos, eran sus tesoros más preciados.
No obstante, hacía unos días que a Miguel le costaba concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos veía a aquella pareja pegándose el lote dos mesas más allá, en la terraza del bar donde, como casi cada domingo, se tomaban unas gambitas saladas y un Martini antes de ir a comer a casa de sus suegros. Se podría decir que estaba un poco obsesionado con el episodio y no sabía muy bien por qué. No es que llegara a sacar conclusiones sobre el asunto, simplemente se repetía la escena:  Juan preguntando –papi, ¿qué les pasa a esos señores?-. La pareja quitándose la ropa, ajenos al lugar público donde se hallaban, él mismo ruborizándose y disimulando ante su hijo –eh… no es nada Juan… creo que juegan. –¿se hacen cosquillas?           -mmmh… eso parece. Te echo una carrera hasta el parque. –yo quiero gambas. –esto… volvemos enseguida, no pasa nada. Venga, vámonos al parque. Ahora volvemos ¿vale, Claudia?- Su mujer, atónita, no responde ni parpadea. Mira a la pareja sin disimulo ni intención de dejar de mirar. Él arrancando a su hijo de la silla y arrastrándolo al parque. Mientras se alejan su mujer todavía no ha parpadeado.
Claudia se había quedado en estado de shock. Apenas comió ni intercambió palabras durante la comida y su actitud mejoró muy poco durante la tarde. Era como si una parte de ella se hubiera quedado en la plaza.
Pasaban los días y los dos se iban separando. La casa descuidada, los hijos menos atendidos y los silencios eternos. Cada uno en su mundo donde, de alguna manera, se habían quedado parados. La situación no era ni cómoda ni incómoda. Entretanto el mundo seguía girando sin contar con ellos. Así pasó un tiempo que no pudieron medir. Tal vez fueran días, tal vez semanas, incluso puede que meses. No podían saberlo.
Un día se encontraron, sin saber cómo, en la terraza del bar donde comenzó aquel extraño episodio. Martini, gambitas y silencio. Miradas perdidas. Un hombre se aproximó a la mesa y les pidió la hora. Miguel consultó su reloj: la una y cuarto. Miró al hombre mientras le respondía ¡era él!¡ Era el tipo que -¿hace cuánto?- estaba pegándose el lote con la parienta! Algo se sacudió en su interior. Miró a su mujer y supo que ella también lo había reconocido. Sus miradas se encontraron, después de siglos, y se vieron.
Claudia dijo: -¿quieres más gambas, cariño? ¡Juan! ¡estáte quieto, que te manchas!
-Sí, sí, están riquísimas… ¿otro Martini?
Algo se puso en marcha. Estaban de vuelta.

Prado del sur - Hassan Ahmar-Pau

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(Hassan Ahmar)  

   Bajó los escalones de madera del porche y se detuvo a contemplar los verdes prados. El sol de la mañana le deslumbraba. Se ajustó el sombrero de vaquero, respiró profundamente y empezó a andar hacia la carretera que cruzaba por delante de sus tierras, a una milla al sur de su granja aproximadamente. Vestía su ropa de trabajo, viejas botas, pantalón vaquero de tirantes y por debajo una camiseta blanca de algodón de manga larga. Herman era un hombre corpulento y alto, muy curtido a sus cincuenta y tres años. Había nacido en esa granja y siempre había trabajado la tierra, todos los días de su vida desde los doce años, excepto los domingos, día que reservaba para ir a la iglesia por la mañana y después de la comida del medio día para leer. Enviudó joven sin hijos y vivía con su padre, también viudo. El sol empezaba a calentar temprano en esas fechas y si no quería sudar la gota gorda tenía que espabilarse y hacer los recados antes de que subiera demasiado alto en el cielo. Llegó rápidamente a la carretera y tomó dirección este, hacia Fort Gambie, el pueblo más cercano. Tenía una hora de camino hasta llegar allí, pero confiaba en que no tardaría en pasar algún vecino que con su camioneta se dirigiera también al pueblo a cuidar algún asunto. Las cosechas estaban madurando en los campos y a medida que se iba levantando la brisa matinal empezaban a mecerse apaciblemente como un mar. Era una imagen que le reconfortaba y le alegraba el ánimo, por eso cuando a los pocos minutos Margaret detuvo su vehículo a su lado para ofrecerle un viaje se encontró a Herman con una sonrisa deslumbrante.
- Vaya Herman, debes tener buenas noticias, pareces muy feliz hoy. Sube.-
Herman abrió la pesada puerta oxidada y se sentó en el sillón de cuero desgastado al lado de Margaret. Era una mujer joven y hermosa. Estaba casada con Franck y tenían una buena granja varias millas al oeste de la suya.
- Gracias, iba a recoger mi camioneta al garaje de Mitch, el domingo pasado se rompió el cigüeñal y no tengo herramientas para cambiarlo.-
Margaret hizo una mueca de no entender.
- No, no es por la camioneta, estaba admirando los prados, eso me hace feliz.-
-Ah! Si, esta época del año es maravillosa.- respondió Margaret mientras engranaba la primera marcha y salían traqueteando hacia el pueblo.

 (Pau)
No habían recorrido muchos kilómetros cuando Herman tomó la decisión más trascendental de su vida. En esos pocos kilómetros, herman decidió que había llegado el momento de la batalla decisiva, aquella lid en la que se pone todo en juego. Habia decidido florecer a los 53 años. La vida no vale nada si no es para saber cuando ha llegado la primavera a tu flor, pensó.
"-Margaret, para el coche." "-Pero, Herman..." "-Para ahí, pasado el puente."
Cuando besaba lócamente a Margaret, los chopos, sobre ellos, bailaban furiósamente la música del viento entretejiéndose los unos con los otros.
Margaret, la niña de las coletas soñadas, siempre tan cerca, siempre tan lejos, a quien nunca pudo mirar sin un estremecimiento insistente. El sueño de labios  brillantes de mil noches de duermevela en la penumbra de su habitación de matrimonio falaz.
Disfrutó de la plenitud del momento, sabiendo que ese recuerdo le alimentaría el resto de sus días. Después del largo beso, se quedaron abrazados en silencio. Herman rogó que el tiempo se detuviera en esa burbuja del viejo Dodge. La brisa matinal arreciaba y las cosechas eran ahora un mar embravecido.
Herman supo que su vida había valido la pena.

Unicornio - Pau

Esta mañana, al despertar, a esa hora en que el silencio es como el interior de una campana aquietada, cuando las gotas de rocio empiezan a sentirse intrusas antes de la fiesta de la mañana, cuando los aromas de las hierbas, plantas y flores entregan lo mejor de sus savias, cuando los pájaros celebran el fin de la oscuridad acechante y se disponen a bailar en la luz, en el viento suave que convoca la alborada, cuando la pureza puede olerse con una intensidad inimaginable y el sol alumbra por primera vez la tierra, apoderándose de todo...
Mi paraíso, el lugar perfecto para vivir mi vida y morir mi muerte. Quise alejarme de todo y que nadie me encontrara. Un hogar sin nadie para siempre.
Esta mañana, al despertar, ahí estaba, en el claro de bosque, ese humano, dormido, ajeno al profundo acto de profanación que estaba cometiendo.
Desde entonces, nada volvió a ser igual.

miércoles, 3 de julio de 2013

¡Oh baño! - Iván Tosco

Me cuesta mucho empuñar algo con lo que escribir, dejar cinismo impreso que me sobreviva, no conocía aún mis diablos, mis egoismos, mi apego; me asemejaba a clarisa apartada de placeres incompatibles con el hábito. Una vez por semana esparcia moral como columnista y me llenaba de remilgos bien vistos por merecedores del cielo, a puntito estuvieron de poner una placa en mi casa natal, aún no era difunto y me llovía el agasajo. Una tarde, la tarde de mi tránsito me indispuse, vomitaba a la par que me hacía caquita. Fue una bendición encontrar aquel retrete. Pese a sus escasos metros cuadrados, el baño público disipó los por mayores de aquella crisis dispensadora. Hay generosidades mal vistas incluso en ls eruditos, la suerte de unas paredes mampáricas alivió entre otras cosas las susceptibilidades de lo púdico. Vi en aquel espacio amigo una gran obra, todo era armonía, independentismo, prosa. Arranqué papel de culo y le dediqué al santo lugar párrafos y más párrafos de inspiración. Aún los guardo, la tinta se emplazaba sola sobre palabras bellas, no eran necesarios bocetos, un inexplicable automatismo maniobraba mi ajena mano. Ohhuuh metamórfico yo mayúsculo que de soslayo me humanizas, ceniza, deliciosa bioquímica mutante de letras, neutrinos, bosones de Higgs y pelotas de padel.
 ¡¡¡Está ocupado!!!

Reloj averiado - Guillermo


Pensábamos que podíamos salvar al mundo
pero las bombas continuaron
cayendo sobre las ciudades.

Hablábamos en la misma lengua
pero los traidores ensayan una diferente.

Renunciamos a todos los objetos
algunos huyeron hacia las montañas,
otros prefirieron cuidar de su oro.  

La ignorancia y la avaricia siguen ocupadas.

El grupo134 - César

Las imágenes que tome del grupo 134, aparte de ser un espejo de las personalidades tan variadas que lo integran, me han permitido asistir con la perspectiva que da la congelación de los instantes al nivel de atención e implicación en el proyecto de todos los que lo hacen.

Hay muchos aspectos de lo que viví y presencié que me interesan y me son muy afines: la ausencia de vanidad en la exhibición libre de la expresión personal; la renuncia a una competencia de "calidades literarias"; el puro gozo de la experimentación con las experiencias personales a través de algo tan ligero o tan pesado como la escritura; la riqueza que supone el resultado siempre imprevisible de la reunión en sí misma; el desafío de tener que enfrentarte con tu propia forma de concebir un tema (no siempre grato, no siempre cercano) y absorber los puntos de vista de los demás; el juego de los afectos entre vosotros que se desliza en más de un texto; el disfrute de la calidad y la inteligencia de gente cercana a la que además se quiere; los lazos que la propia actividad establece y exige del colectivo; la satisfacción que proporciona el proyecto como experimento alternativo (otras reflexiones; otros límites, otras vías de comunicación). En fin, me lo pase como un enano y me entraron ganas de llegar a un acuerdo con Balearia para pasarme por allí cada 15 días.








Un abrazo urbi et orbe,
César

Parada obligatoria - Romanie


Este cuerpo en el que vivo tiene hábitos que a medida que envejece esculpen más el carácter que manifiesta. Uno de aquellos hábitos más traicioneros es el de la prisa, el querer aprovechar este tiempo valioso en mi paso por la vida terrenal. Si no estoy haciendo cinco cosas a la vez siento que estoy perdiendo el tiempo. Llevo años ya que observo este hábito e intento trabajar con él, reducir esa productividad, disfrutar de los pequeños detalles y placeres de la vida.A veces consigo aplacarlo y otras veces, cuando he bajado la guardia, este hábito que es como un diablillo, que vuelve disfrazado de otro modo y me encuentro otra vez reproduciendo el hábito. Es como un reloj que va adelantado, siempre marcando la hora errónea, nunca en el presente, nunca en el aquí y el ahora.
De pronto cuando al sufrir un pequeño accidente doméstico he acabado con mi mano derecha inutilizable,he sentido como si me hubiera parado de golpe. Todas aquellas cosas para las que normalmente me valía sola, se han convertido en un acontecimiento y he de pedir ayuda. Me he quedado parada. Observo cómo pasa el tiempo desde esta postura pasiva. Pienso, leo y duermo mucho, y en un par de instantes del día recibo una sensación muy especial por la que siento mucha gratitud. Es como sentirme llena por haber podido escuchar un pensamiento o reconocer un sentimiento, que de otro modo hubiera pasado desapercibido y que para mí es un tesoro. Ese par de instantes llenan de sentido este estado pasivo del que normalmente huyo. Ahora es cuando pienso que puedo darle cuerda al reloj para que de la hora correcta. Me recuerdo que el diablito de las prisas volverá disfrazado, vete a saber de qué. Es inevitable, solo puedo observarlo, y negociar con él.

El estanque - Cristina

Mientras me dirigía al coche un torrente de lagrimas cruzo mi cara, hacia tanto tiempo que no me llamaba por mi nombre.
Apenas nos vemos una vez cada dos semanas, mi casa se encuentra a 200 km de distancia, paso más tiempo en la carretera de camino a aquí que el tiempo que paso con él. Normalmente salimos al jardín, a él le gusta sentarse en un banco de madera que hay frente al estanque. Cuando le doy la bolsa de pan duro que he ido guardando a lo largo de la última semana, parece la persona más feliz del mundo.
Mientras yo le cuento mi vida diaria él rompe el pan en pedacitos y lo tira a los peces del  estanque, se queda absorto observando el remolino que se crea en torno a un pedazo de pan, a ratos me observa y muchas veces llego a pensar que escucha y entiende lo que le cuento y otras me parece el padre ausente que tan bien conozco. Muchas veces me pregunto si  merece la pena y hoy es de esos días que sin lugar a dudas  anteponen un si a un no.
No recuerdo cuando empezó todo, cuando dejó su memoria de funcionar, cuando olvidó mi existencia, la de todos, pero sobre todo, cuando olvidó la suya. Hoy después de varios años ha dicho mi nombre. Sí, su memoria es caprichosa y me regala momentos  como este.

martes, 25 de junio de 2013

El arte - Anahi

El arte… no es un asunto pendiente, es un cotidiano, colores, simetría,  materiales, visión.
Cada artista un mundo, igual de complejo, a mi entender.
Como nos expresamos es un misterio, la vida nos llega a través de los sentidos y nosotros los transformamos y modelamos con nuestros sueños e imperfecciones.
¿Por nosotros o para nosotros? a veces… aunque creo que el arte existe para ser entregado. En este caso, la sinuosidad de la vida se manifiesta y en el mejor de los casos no nos dejas indiferentes
 Allí radica para mi el éxito de la obra. nos invita a investigar, a transformar y al final exponer nuestro sentir.  Nos toca de alguna manera y ya no somos iguales. La inspiración que algunos le llaman!
En un mundo de inmediatismos, en un mundo de microondas.

Reloj roto - Anahi

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Caminaba tan deprisa que al tropezarse con la locura se le cayeron todos los segundos al suelo. La pobre loca se los acomodó como pudo, pero el reloj quedó roto para siempre. Incluso así, acierta un par de veces al día, él no necesita más.

Actitud - Anahi


-Callaros que hi viene otro.
-Muy bien acompañado, que elegancia, no como el hippy de ayer, que pena me ha dado, tan desaliñado.
-en que condiciones estará?
- no sé, Arturo, aun no la ha visto, tiene mucho trabajo.
- como han cambiado las cosas con la crisis, antes no entraba ni el gato. Y ahora los traen como oro en paño.

-En el fondo me da un poco de envidia, hace tanto tiempo que estoy aquí sentada esperando, lo peor son los segundos, tic tac, tic tac, como si se burlaran de mi. Hayyyy!!!!!. Crees  que algún día se acordara de que ya estoy bien?

-No seas ilusa, da igual que bonita sea la correa nueva, se le notaba en los ojos que no volvería. Y que manía con volver a casa, yo me acuerdo muy bien de cómo te tiro sobre el mostrador y amenazó a Arturo con la urgencia, esos ojos de loca, mejor si no regresa, como aquí en ningún sitio.

-Eres muy estricta, es verdad que llegue un poco cascada, pero que vida!!!!! De reunión de trabajo en reunión de trabajo, viajando por el mundo, conociendo relojes interesantísimos. No se que hubiera hecho sin mi, no me he atrasaba ni un segundo en toda mi vida.  La empresa entera dependía de mi exactitud.

 -Ufffff, Todos los días lo mismo, estoy hasta las tuercas de escucharte suspirar por esa dueña histérica que seguro ya te cambio por uno de esos nuevos relojes de titanio. olvídala de una vez, solo los tontos se creen imprescindibles. Casi todos los humanos están locos.

-pesimista!
- ingenua!
- eres insoportable!
- y tu una caduca

Al final de la estantería estaba olvidado y roto el reloj de bolsillo, escuchaba con paciencia como cotilleaban el delicado reloj FESTINA con su bonita correa nueva que esperaba desde hacía 7 meses y su inseparable y desesperante amiga Cartier que por cosas del destino, nunca tuvo dueño y solo conocía la estantería. Llevaban 6 meses con la misma cantinela y ya no lo pudo soportar más.

Señoras tranquilícense y escuchen a este viejo reloj que aunque roto al menos 2 veces en el día o 730 veces al año da la hora con exactitud. Lo importante no es nada de eso, sino la actitud de cada segundo de nuestras vidas.

Las cinco en punto - Antonio

Impecablemente vestido de blanco espera que sea el momento. El reloj de su muñeca marca las cinco. Es la hora, está seguro. Hay pocas cosas de las que sienta esa seguridad, pero ésta  es una de ellas. Otra, el banco en el que está sentado, y desde el que puede ver gran parte de la ciudad y el mar. Veinte años atrás, cuando se abrió el parque, su familia, poderosa y rica, contribuyó con algunos de los bancos estratégicamente mejor colocados. Éste, desde luego, tenía unas vistas maravillosas, cobijado a la espalda por la catedral de Notre Dame de la Garde.
Volvió a mirar el reloj, en un gesto automático, sin que hubiese pasado ni un segundo desde la última vez. Sabía que ella vendría.
Son los últimos días de septiembre, el sol aún aprieta a esta hora. Suda ligeramente bajo su sombrero Panamá, pero está tan nervioso que no acierta a sacar el pañuelo de tela con el que secar su frente. El sol busca un horizonte que da la espalda al mar, e ilumina su perfil izquierdo. visto de frente, su lado derecho juega con las sombras. El reloj lo lleva en la muñeca izquierda, y lo consulta compulsivamente cada pocos segundos. Sabe que es la hora.
Dos cormoranes cruzan frente a él, camino de la isla de If, en un vuelo que a él le parece majestuoso.
Dos hombres le observan desde el parking a unos diez metros, vestidos de traje y corbata, fuman un cigarro mientras esperan apoyados en el coche.
-¿Y tú cuánto llevas en esto?
-Mucho. Ni te lo creerías. Es tu primera semana, y se hace larga, pero enseguida te acostumbras, ya verás.
-¡Joder, qué calor! ¿No nos podemos quitar la chaqueta o aflojarnos el nudo de la corbata?
-Ahora es el calor. En invierno será el frío. Tenemos suerte, hoy no hay viento. ¿A qué nunca te habían pagado por tomar el sol vestido?
Siguen indiferentes vigilando de vez en cuando de reojo al hombre vestido de blanco. Él sigue mirando la esfera del reloj. Sabe que no puede estar equivocado. Levanta la cabeza para cerciorarse de que el sol está en el sitio que toca. Ahora sí saca el pañuelo y se seca la frente. Mientras lo devuelve al bolsillo escucha la primera campanada a su espalda. Sonríe por segunda vez en el día. Ha llegado a tiempo. La segunda, la tercera y la cuarta campanada no hacen más que asegurarle esa certeza. La quinta vuelve a clavar su mirada en el reloj. Son las cinco en punto. De nuevo está en el lugar que toca a la hora precisa. Sabe que ella vendrá. Lo sabe tan bien como lo ha sabido siempre.
Los dos hombres a lo lejos tiran las colillas de sus cigarros al suelo y ahora observan atentamente al hombre de blanco.
-¿Y desde cuándo dices que viene aquí todos los días?
- Hace 20 años.
El juego de sombras cambia lenta e imperceptiblemente, en su ciclo cotidiano. Su reloj sigue marcando las cinco en punto. Él sabe que es la hora. Está algo inquieto y desconcertado. Un pequeño nudo se estrecha en la boca de su estómago. Ella no llega. Tranquilo. Las novias son así, han de llegar un poco tarde, han de estar seguras de que todo el mundo las espera. El nudo se relaja mínimamente.
Los hombres de traje se acercan al hombre de blanco, que sigue comprobando cómo su reloj marca las cinco en punto.
-Monsieur Lavale, es hora de irnos. Ella no va a venir.
-Pero son las cinco en punto. Mira.
-Tiene razón. Nos hemos debido de equivocar de día. Volveremos mañana.
-Eso debe de ser. Será mañana a las cinco.
Camino del coche el nudo del estómago con tono de angustia desaparece un mínimo instante, hasta volver en forma de esperanza, y él hombre de blanco piensa, mañana me levantaré a la cinco, me vestiré y estaré listo para cuando ella llegue, mañana a las cinco.