Hay un hombre o no
lo hay. Es de fuego. Me viene a la cabeza un grito: al lobo, que viene el lobo!
Al hombre, que viene el hombre! Y es de fuego. El hombre de fuego llegó hace
poco. Ha recorrido los caminos en busca de otro de su especie. Definitivamente
busca un abrazo. Pero su abrazo es de muerte. Todas las especies se retiran,
huyen de él. Se siente solo.
A veces se gira y
observa lo que queda a su paso: la misma soledad que encuentra enfrente.
Ve algo moverse
delante suyo, y corre hacia eso gritando: ¡Oye, para! Pero "eso" pasa
de largo. Descubre que ya no puede seguir más. Vuelve otra cosa similar a la de
antes ¡Para! ¡Un abrazo! Nada.
Poco a poco su
cabeza se deshace en humo, ya no quiere seguir pensando, el cuerpo va
menguando...
-Bueno, ya te has casado. ¿Y ahora qué? Fue el primero en hacer esa pregunta, o mejor dicho, en formular esa pregunta que yo me venía haciendo desde por la mañana, desde la ceremonia y aun antes, desde la víspera. Había pasado la noche con sueño superficial y agitado, probablemente durmiendo pero creyéndome insomne, soñando que no dormía, despertándome de veras a ratos. Hacia las cinco de la madrugada había dudado si encender la luz, pues al ser primavera ya veía el anuncio del alba que alcanzaba la calle por la persiana subida, podía discernir mis objetos y muebles, los de mi alcoba. "Ya no dormiré más solo, más que ocasionalmente o de viaje", había pensado mientras dudaba si encender la luz o ver avanzar el alba por encima de los edificios y sobre los árboles. Había sido él desde mi niñez quien había formulado en voz alta mis temores. Su mirada, irónica y reprobadora, sobre mí, por encima de mí. Su presencia imponente, impositiva, las preguntas siempre de su lado, las dudas siempre del mío. Nada de lo que hiciese o pensase estaría libre de su juicio, sutil, ni cerca de igualar al menos su umbral de lo aceptable. ¿Y ahora qué? Él, maestro de desequilibrar las vidas por inercia. Incapaz de admitir un movimiento sin tener claro el siguiente. La luz de la tarde, inundaba el despacho de mi padre y mi rostro. Mientras él continuaba de pie tras de mí, era yo quien le daba esta vez la espalda, viendo la fiesta del jardín, a mi esposa, felíz, bailando, aún con el vestido de novia, ignorante de mis dudas y mi soledad, ignorante de que ahora mis fantasmas eran los suyos. ____
Con el invierno llegó el frío y se desataron las grandes lluvias. El cielo dibujaba, violento, ases de relámpagos proyectándose vertiginosamente de un extremo a otro del horizonte. El viento, por su parte, arrancaba viejos árboles, hacía estallar los cristales de las cabañas de la aldea, y desbocaba la superficie de los lagos. De cuando en cuando, el trueno pronunciaba su suerte de eco malvado y cruel. En tanto, las aves emprendían forzosamente una temprana migración hacia los valles montañosos del sur. La tormenta descendía sobre la tierra. Comenzaba un nuevo tiempo. Hasta el atardecer continuaron avanzando los hombres. Querían encontrar un refugio ante aquellos elementos simples que atormentaban el cuerpo y penetraban muy adentro para apagar el alma sensible: el agua que caía. Los cuchillos del viento. El blanco cegador. El silencio. Todo quedó al descubierto. Un puñado de errantes enloquecidos. Una larga huida. Una trampa. Por la tarde, los errantes encontraron un techo bajo el que cobijarse. Era un monasterio abandonado y en ruinas, una fortaleza de piedra en la ladera de una montaña remota. Muchos años antes, tal vez durante una epidemia de peste, los últimos monjes habían escapado de ahí para morir en otros lugares. ____
Viajó. Conoció la dicha del amor, el despertar a un nuevo día con la alegría de la flor que sólo espera un poco de sol antes de la helada. Creyó que el mundo podía ser conquistado con las fuerzas de su corazón, y la vida como emblema. Pobre mortal doliente, barro ilusionado. Regresó. Frecuentó el mundo, tuvo aún otros amores. Pero el recuerdo del primero los volvía insípidos; además, la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación, se había perdido. Las ambiciones de su espíritu también habían disminuido. Los años pasaron; y soportó el peso de su inteligencia y la inercia de su corazón.
Aquel, que se decía bello, no
comprendía la amistad. Mi padre, que era cruel, tenía amigos y sabía amarlos,
siendo insensible a la decepción, que es avaricia frustrada, la decepción es
bajeza, porque lo que primero has amado en un hombre, ¿en qué se ha destruido
si hay en él otra cosa que no amas? Pero tú transformas inmediatamente en
esclavo al que amas o que te ama, y si no asume las cargas de esa esclavitud,
lo condenas.
¿Y qué queremos decir cuando
nuestros labios pronuncian la palabra amor? Mi padre era insensible al amor y
reconocido solo como insensible a la decepción de los labios de mi padre no se
escuchó jamás la palabra amor, ni su rostro expresó empatía, mostrándose frío y
claro, amó intensamente. No era esclavo de su sentir.
Sólo me separaban la puerta
de hierro y cristal, un par de metros y el paso de los años de aquella
habitación.
Al entrar se agolparon en mi
mente recuerdos que creí olvidados como el olor a madera de cedro de las
numerosas estanterías que guardaban los libros de mi abuelo.
A mi siempre me gustaba
entrar en aquella habitación; frondosas sombras verdes jugueteaban en el techo,
y en su silencio irrumpían el piar de los pájaros y el cercano zumbido de las
abejas. Al lado de la ventana había, sobre un caballete, un gran tablero para
dibujar, y junto a las paredes se alzaban hasta el techo filas de libros.
Pasé horas y horas entre
estas paredes consultando cientos de libros, que sin saberlo entonces,
marcarían el rumbo de mi vida.
De aquella habitación ahora
sólo queda la fragancia de las estanterías de cedro vacías, el caballete junto
a la ventana, y mis recuerdos, que en apenas una semana, serán lo único que
sobreviva a un progreso que se impone con furia. Con furia y con una gran
autopista que atravesará esta habitación como ella atravesó mi corazón.
____
“Los acantilados de Mármol” de Ernst Junger
“A mi siempre me gustaba entrar en aquella
habitación; frondosas sombras verdes jugueteaban en el techo, y en su silencio
irrumpían el piar de los pájaros y el cercano zumbido de las abejas. Al lado de
la ventana había, sobre un caballete, un gran tablero para dibujar, y junto a
las paredes se alzaban hasta el techo filas de libros.”
27 de octubre de 2011, ocho de la tarde, nos reunimos en Can Analia i Jose.
Asistimos Pau, Romanie, Analia, Guillermo, Jason, Marcela y Antonio.
Ejercicio: Elegir un párrafo de un libro de otro autor, y escribir antes o después de párrafo, escondiéndonos en otro escritor. El reto es descubrir qué párrafo es nuestro y cuál del autor original.
Era un día claro. Las brumas de la primera hora de la mañana se habían disipado hacia el mediodía. Había hecho acopio de fuerzas y había conducido el coche hasta la casa de Tacha. Hacía sólo una semana que había dejado esa casa, colgada de la falda de la montaña, sólo una semana que casi todas mis cosas habían salido de allí, y ese tiempo había parecido una inmensidad. La brecha emocional era más aguda por la añoranza de la casa que por nuestra ruptura. Nunca me había sentido tan apegado a un lugar como aquí. Nunca viviría otros amaneceres en el valle tal y como lo conocí. Saqué la última caja y conduje montaña abajo. El pecho me presionaba tanto que no me creía capaz de soportar más dolor. Al girar la décima curva vi el fuego, la lanza de llamas que ya iba matando el valle. Supe que no había vuelta atrás. El dolor podía crecer. Ignoré la decimoprimera curva. Volé.
Hay pánico dentro del coche, incredulidad, y una indisimulada querencia a pisar el acelerador. La mirada nerviosa del conductor busca en el retrovisor la larga mano del fuego que persigue a los temerosos. Detrás de la curva, espera el otro monstruo que abrazará el coche convirtiéndolo en un horno mortal. El bosque ya no puede más. Ha decidido pasar a la acción.
Era verano y hacía mucho calor
en el coche. El aire acondicionado no funcionaba, así que las ventanas estaban
todas abiertas. Aunque íbamos en movimiento, tenía una extraña sensación de que
algo no encajaba con la lógica. ¡qué calor!- Sí, me dí cuenta de que no corría
ni el aire que tendría que pasar del movimiento del coche. Intenté ir más
rápido, y ni así entraba aire!...Uff! Algo no va bien. Pensé que quizás estaba
soñando, así que me pellizqué y no me desperté. Seguía conduciendo mi coche. A
Santiago también le pareció muy extraño. Las leyes de la física no estaban
haciendo su trabajo!
Pronto se juntó al calor
bochornoso un espeso olor a humo. A medida que avanzábamos, el olor se
intensificaba más y más. Muy asfixiante. Al dar la curva el humo y de dónde
provenía. El torrente se había incendiado y nosotros nos dirigíamos justamente
al foco principal cuando de pronto a nuestra izquierda las llamas incendiaron
lo que parecía un árbol. Se incendió de golpe. Las llamas crearon la forma de
una persona gigante que nos abría los brazos en gesto de abrazo. Qué cosa tan
extraña, pensé…..
Sálvame de mi mismo, no
puedo parar de hacer lo único que se hacer, quemar, quemar, quemar, soy fuego,
me alimento del aire y de lo que pillo al pasar – respiro y crezco, como y crezco
más, y así recorro el monte de abajo a arriba, a donde el viento me quiera
llevar.
Pero no creas que siempre es
así, si me sabes llevar las cosas pueden ser muy diferentes, te puedo dar
mucho, te puedo dar vida si eres capaz de cuidarme, retenerme en un lugar, y
alimentarme. Si me das un poco de alimento y un poco de aire te puedo dar calor
y te puedo ayudar a cocinar, a hacer herramientas, cerámicas, armas, a mover
máquinas y quizás cambiar tu mundo, solo se trata de control y un poco de mimo,
soy fuego…
Acelgas, se estaban
perdiendo pasto de las llamas. Hay quien pensaría que fue intencionado, magia
negra, por la forma humana que adquirieron las llamas. En el pueblo ese punto
se debatió largo y tendido, pero no conociendo nadie a ningún brujo en la zona,
parecía harto improbable. Los más racionalistas hablaron de casualidad, los
religiosos de castigo divino u advertencia, pero lo cierto es que Juan Posadas,
su mujer y sus dos hijos, se quedaron sin acelgas ese invierno. Sin ese aporte
los guisos se hacían más pasados , les falta la frescura de lo verde. Juan
llegó a resentirse a causa de esa ausencia en su dieta, hasta el punto de tener
que pasarse a herviditos y plancha. Perdió unos cuantos kilos y pareció
rejuvenecer, y cuando otras familias enferaeron por acumulación de metales
pesados en el higado, provenientes de esas acelgas que tan bien se alimentaban
del combustible de los coches en las veras de la carretera, todo el mundo
empezó a especular que si en vez de una aparición maligna esas llamas fueran la
manifestación de un angel salvador para la familia Posadas. Lo cierto es que
sólo quemo las acelgas que les pertencía recojer a ellos. Fuera como fuere,
aprendieron todos que la acelga es buena, más no lo es recojida a la vera de la
carretera.
Lás ánimas por donde quieras! Hoy es trece de
octubre, 2011. Salí de casa camino al camino,sólo con mi perroy el teléfono
apagado , lo que no es unteléfono …
Escucha!! son las hadas delfuego, el
Fuegoese padre que me llama. Su grito
es antigüo, se me mete por las mangas, me llega al cuello hasta los tímpanos,
sube ...
Dónde estaré ? Encubierta de qué
cotidiano. En qué lejana tierra en la que no nací. Pero si Ahora recojo cada
hueso, cada gota de sangre... Gota a gota , en la carretera … ¡Escucha!... sí ,
escucha, a ti, tu La de Adentro,la que
late entre mi corazón ymis hemisferios
: El Doradoquiere porfin tocar tus tobillos y así pudierayo ser fuego brillante con un teléfonoapagado ,el que no es un teléfono
15 de julio de 2011, siete de la tarde, nos reunimos en Can Alone. Se incorpora al grupo Analia. Asistimos a la sesión: Analia, Marcela, Romanie, Rocio, Jason, Guillermo, Pau y Antonio.
Ejercicio: Escritura in situ, automática, a partir de la imagen que encabeza esta entrada.
Lecturas compartidas:
Jaret Diamond: Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos 13.000 años.
"Una noche de luna llena de
agosto. Un baluarte sobre el mar. Nos acercamos al concierto a
"ciegas". Tres tipos vestidos de negro, un baterista con cara y
flequillo de falso adolescente, un pianista menudo frente a un piano de cola,
Jonás y la ballena, y un tipo de dos metros, calvo entre cuyas manos el
contrabajo se convertía en un juguete. Cuando se preparaban para tocar aún se
escuchaban los murmullos del centenar de personas que estábamos entre el
público. Entonces sonaron las primeras notas y...
Aquella canción desconocida me
atrapó, desde el primer segundo. El baluarte sobre el mar, se convirtió en un
baluarte sobre todos los mares, el cielo en el cielo de todos los tiempos, y la
luna, uf, plena, alumbrando la música. Las primeras notas ya susurran
"sube al viaje". Después, una espiral de sonido, delicada y potente.
La mente se relaja, se siente segura y se deja ir. Es una descarga, es hacer el
amor con la vida.
Flotando sobre la música, un suelo
firme, se revisitan los momentos guardados con celo de una vida. Uno a uno,
pequeños hitos, emociones y sensaciones. Microexplosiones nucleares que bombardean
el lado derecho del cerebro y sus neuronas. Salta el color, la emoción, la
imaginación, la música, la creatividad y las imágenes.
Y, ahora, tantos años después,
recupero la misma sensación con las notas de esa canción. A los recuerdos de
entonces se le han acumulado otros, al almacén de la memoria le han crecido
estanterías y rincones. Ahora no hay luna, ni cielo, ni un baluarte, ni músicos
en directo. Y en el fondo está todo. La música y su luz se alejan, las oigo
partir. Mientras yo hago balance y repaso de nuevo hitos de mi vida, que
convertidos en polvo cabrían en la palma de mi mano. Una vida digna, llena de
belleza y amor. No necesito más..."
-Señora Volpe, disculpe, es la hora.
-Espere un momento, por favor, deje
que acabe la música. Era su voluntad.
-De acuerdo, cuando acabe la música
le desconectaremos de la máquina.
Voy por el bosque, siguiendo
los pasos de ayer, acompañada de mi perro y mis pensamientos errantes, hasta
que llego frente a él.
Está viejo, agrietado por el
paso del tiempo, partido por la mitad; es hembra porque tiene algarrobas.
En ella juegan ardillas y
tórtolas de día, y al llegar la noche se posa el cárabo.
Frente a él juego yo también
a silenciar mi mente, a despertar la conciencia, a estar lo más presente que
soy capaz de estar, invoco mi presencia al presente, y sin darme cuenta pierdo
ese instante de conexión y armonía.
Entonces me invade la
soledad, me invaden los deseos, y con ellos me olvido otra vez de mi misma,
regreso a mis pensamientos errantes, y canto.
Canto al árbol testigo de mi
recuerdo y de mi olvido, canto a las ardillas y a las tórtolas juguetonas; y al
caer la noche, a escondidas de la mirada de algún vecino curioso, me adentro en
el bosque acompañada de mi incondicional amigo y canto bajo la luz de la luna,
y la sombra del cárabo.
Un pentagrama puede evocar si el lector convierte los impulsos visuales
en sonoros. Un equipo de música puede reproducir grabaciones y el oyente
recibirá vibración sonora; si la persona expuesta a la vibración es sorda no se
considerará oyente.
Un músico que comparta su arte puede hacer bajar el cielo y repartirlo
entre todos los mortales, como Jesús con los peces, distribuyendo copias de
grabaciones.
En la Biblia del País de los Pentagramas Jason, en Porverdiós 3.45 se
refiere a este milagro: [… y de la mesa de mezclas al estudio […] él lo arregló
y lo colgó de la red, y donde antes sólo escuchaban tres ahora escuchaba el
planeta entero…] y aún va más allá en Premios 72: [… y bajaron tres ángeles y
su luz era música y la música era luz. Todos los que allí había comprendieron
la estructura del universo en ese instante.] Los nombres de los ángeles eran
Avishaí, Shai y Mark.
Sin título
Avishaí Cohen, Mark Gulliana y Shai Maestro, tres puntos definen un
espacio, tres músicos crean un universo, un todo musical.
No sé si es dicha, pero si Gloria, que el cuerpo físico tenga la
destreza para expresar la vibración cósmica y, además, milagrosamente,
entegrado en una triada, formando un todo.
Tres partículas, un átomo; tres magos, la música. Integración, creación,
vibración, sin más límite que la estructura del universo.
Su música son mis gafas para ver las entrañas del universo.
Sin título
El pentagrama se desgañito hasta quedar afónico; era una pesadilla, por
más que gritara nadie le oía. Él, que tenía el don de evocar maravillas en
aquel que supiera escuchar, capaz de transportar a los humanos al paraíso, era
ignorado sistemáticamente.
Primero las corcheas, luego las negras… fueron licuándose y resbalando
por las líneas hasta disolverlas. Lloró a mares, día tras días, noche tras
noche, hasta anegar la ciudad. Colgaba de un cartel en una plaza arbolada que
desapareció bajo las aguas. De nada sirvió a los habitantes de la ciudad saber
nadar, estas aguas no obedecían a las leyes de la física ordinaria.
Una planta con
extremidades finas y largas crece buscando la poca luz que sus vecinos árboles
le dejan. Hoy sopla el viento de levante y las dos ramas más altas se sacuden,
bailando el lenguaje de su diálogo.
El calor del sol
se sortea al mismo ritmo del viento. Una rama de la planta, la más robusta y
alta, se mantiene ambiciosa y recta, solo dejando vibrar al baile, dos hojas de
su amor. La rama más flexible y fina baila rápidamente al viento abrazando y
acercándose al calor de su rama recta. Hay un diálogo. La rama más alta y recta
crea el sonido de la atención y enfoque, mientras que la más fina, flexible y
movida le transmite el sonido del amor. Primero suena una, y después la otra.
Cada vez existe menos espacio entre vibraciones hasta que al final escucho la
armonía que ofrecen fundidas en el conocimiento de que son partes
imprescindibles dentro del mismo cuerpo que baila.
Se me ocurre que al oxidarse, al aparecer en una playa remota, solitaria, entre las rocas, la lata es bonita, testimonio del tiempo pasado, corroida y agujereada, apenas un pequeño suspiro de algo que un día existió. El sol, la sal, el mar, las rocas, la eternidad, lo efímero, está todo en los óxidos de irreconocible procedencia. Tal vez un pescador refrescara su sed en un caluroso día de verano años atrás bebiendo de ella, un cerveza fresca con lúpulo y cebada asutralianos. Es promesa de aquel momento en que los labios vaciaron su contenido y la mano la lanzó al mar. De allá hasta aquí, solitaria, sometida al imperio de la magestuosidad de los implacables océanos, viajó sin existir para nadie más que las olas. Aquí yace, frente a mi, proyectando su sombra sobre la arena, temblando con los golpes de viento que un poco más allá arranca espuma de las agitadas aguas. El sol calienta y el aire es fresco.
18 de septiembre de 2011, seis de la tarde, nos reunimos en Can Ignasi. Asistimos Pau, Rocío, Romanie, Jason, Marcela y Antonio.
Ejercicio: Describir una música, o desarrollar aquello a lo que te lleva una música determinada. Todos traemos la música sobre la que escribimos y la escuchamos en grupo antes de leer el texto.