viernes, 25 de enero de 2013

Silencios - Marcela

Pregunté por él en la vieja pensión y subí al tercer piso sin ascensor. Me abrió la puerta y me pidió que pasara mientras terminaba su maleta.
Lo observaba en silencio, y en silencio él recogía y ordenaba su ropa.
Sólo tenía que dejarlo en el aeropuerto y volver a olvidarlo.
Cuánto daño me hizo su ausencia en la infancia, pero más daño sentí al no tenerlo durante la adolescencia. Silencios interrumpidos por inesperadas cartas de tono melancólico, quizá una cada tres años; y tan sólo, un par de visitas.
Recuerdo la primera… Yo tenía doce años…

“Mi pose sugería indiferencia pero todo mi ser vibraba de ilusión. Me llevó de compras y aunque me gustó más el regalo que recibió mi hermana – una radio-cassete stereo, de doble pletina – le agradecí gustosamente aquellas zapatillas Nike que tanto deseaba.
Me ganó prometiendo planes que resolveríamos juntos en breve, y se fue para no volver.”

Ahora, a mis cuarenta años, lo tengo a pocos metros y lo observo. Mi pose sugiere indiferencia y todo mi ser también.
No se qué puede sentir él, tampoco me importa, lo que sí sé es que no es capaz de mirarme a los ojos, ni acercarse para darme un abrazo. No conoce a mis hijos, no sabe nada de mi vida pero dice estar orgulloso de tener un hijo policía, y no ve que sólo está orgulloso de una profesión.

En el aeropuerto me pidió que no aparcara. Se bajó rápidamente sin darme tiempo a bajarme, y se despidió desde la puerta, agradeciéndome el favor, un cuídate y besos a los niños. Lo ví alejarse lentamente, con paso torpe y encorvado por la edad, rumbo a ninguna parte. No se si regresará con su segunda familia que también abandonó, o si tiene nuevos planes que nunca resolverá con nadie.

Al llegar a casa, escucho cómo juegan en el salón mi hermana con mi hijo. Me acerco sigilosamente para no ser descubierto. Y veo una escena que me transporta al pasado.

“Tengo una larga fila de coches que recorren toda la alfombra del salón. Sé que cuando coloque el último, mi hermana, que ya asoma una perversa sonrisa, destrozará sin piedad toda la ordenada y larga fila de coches de todas las marcas, que papá me compra
al volver de cada viaje”

Un grito de rabia y risas descontroladas me hicieron regresar al salón de mi casa. Sin dudarlo corrí al encuentro de mi hijo para darle un gran abrazo, ese abrazo que mi padre nunca supo dar, aunque lo deseara con todas sus fuerzas. Mi hermana me observaba en silencio, sonriendo, cómplice del porqué de mi incontrolable impulso amoroso.

La casa de la colina - Guillermo


Bajé del tren en la estación de Bielefeld. Luego de un viaje trasnochado debía darme prisa si quería llegar al albergue. Contaba sólo con el nombre del lugar: La Casa de la Colina, una residencia de estudiantes que se situaba en la zona boscosa.
Era medianoche y la cuidad estaba desierta. Caminé siguiendo las indicaciones de un croquis que había confeccionado con la ayuda de un vendedor de periódicos en la estación anterior. Llegué a la plaza que figuraba en el plano. Varios senderos convergían a ella, y todos se adentraban en el bosque. Había una persona sentada en un banco, decidí acercarme a preguntarle por el albergue, se trataba de un vagabundo, al llegar a él nos saludamos y me extendió su caja con vino, nein, danke shön, ¿conoce ud la casa de la colina? Se sonrió, luego se levantó y me hizo una señal de que lo acompañara, caminamos hacia uno de los senderos, el peso de mi mochila me ayudaba a combatir el frío de la noche, el hombre se detuvo ante uno de ellos, quedé estupefacto, era la entrada de un túnel de vegetación tupida, con un manto de hojarasca de más de un palmo. El viento agitaba un cartelucho de madera y hacía crujir sus bisagras, no había pérdida: Hill House. Pregunté tontamente al hombre nuevamente, este asintió, me dió la mano y me dijo que estaría a unos 15 minutos del albergue andando. Me invadió una extraña sensación, cómo si nos conociéramos desde siempre. Nos despedimos y me dispuse a ajustar mi mochila bajo la última farola de la plaza. Era noche sin luna, tenía que armarme de valor y entrar en la completa oscuridad. A cada pisada, las hojas crepitaban emitiendo un estruendoso eco a lo largo del sendero. Mi corazón se aceleraba por momentos. Ya no sentía la carga de mi mochila. Caminé durante algunos minutos, con una mano adelante como guía, me maldecía a mí mismo por llegar a un pueblo desconocido a esas horas, no había marcha atrás, me encontraba en medio de un túnel completamente oscuro del cual no tenía la certeza de poder salir.
Continúe la marcha dando tumbos entre la maleza, el suelo de hojas se hundía por momentos, la telarañas se pegaban a mi rostro, comenzé a ver alucinaciones en forma de animales que correteaban junto a mí, sentía mi respiración cada vez más fuerte. Pensé en salirme del sendero a través de los setos pero cada vez que lo intentaba quedaba atrapado en ellos. Hasta que por fin divisé un haz de luz entrando por la bóveda del techo, fue una tímida señal de salvación, me lanzé hacia ella a través de la vegetación.  
Y ahí estaba la casa de colina, en un claro del alto de la colina. Divisé a dos estudiantes jugando ping-pong en la sala del altillo, ajenos a los secretos de bosque seguramente. Golpeé a la puerta en dos ocasiones. Salió el anfitrión con cara de pocos amigos. “Llegas tarde!” me reprochó.

Cuaderno de bitácora: sesión 21

9 de febreo de 2012, siete de la tarde, nos reunimos en Can Alone. Asistimos a la sesión: Marcela, Romanie, Jason, Guillermo, Pau, Diana y Antonio.

Ejercicio: Relato de temática libre, introduciendo en la narración un salto al pasado para poder entender la situación que planteamos.

Lecturas compartidas:
  • Luis Rosales: "Diario de una resurrección"
  • Wislawa Szymborska: "Instante" 

microrrelato - Hassan Ahmar


Carambolo murió sólo, despesado, la tarde del veintidos de mayo de 1920, en el camino de regreso a su casa. Carambolo se tiró, a sus cincuenta años. Lo encontró José Boyazo una semana más tarde mientras pastoreaba por la cañada, cuando en el pueblo ya lo daban por desaparecido. "Que desgracia! Que infortunio! Pobre Encarna, por lo menos tiene a su hija y a su yerno!". Toda la vida trabajando para acabar así!.... Fueron algunas de las frases más repetidas en Losada del Caballero tras la muerte de Carambolo. Pero Carambolo murió feliz, cumplió su mayor sueño, volar!

Años después - Antonio

Años después, frente a la misma taza que en su día le regalé, tomaba café con él y le confesaba que tenía una aventura con su mujer. Nunca fuimos amigos, y es algo que ya no seremos, nunca nos apreciamos realmente, y eso tampoco cambiará. Pero allí, solos en su pequeña cocina, con el café humeante, por primera vez, aprendimos a respetarnos. Todo bien, me dijo, pero llévate la taza, no os quiero volver a ver a ninguno de los dos.

Microrrelato - Romanie

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Suena el despertador y son las seis de la mañana, justo a tiempo para apreciar la puesta de sol.

Seres Alados - Diana C


Siempre había soñado que volaba, pero ahora que le habían salido las alas no sabía qué hacer con ellas. Iván se miraba las plumas relucientes, cada mañana las cepillaba, las extendía y se asombraba de su envergadura y su belleza. Pero, ¿cómo aprender a usarlas sin que alguien lo viera en la ventana y lo creyera un suicida? En el metro se veía obligado a replegarlas bajo la ropa, protegiéndolas de la masa voraz. En casa se relajaba y las extendía, pero al moverse siempre tiraba el mando del televisor o, como aquella vez, el jarrón de la difunta tía Tomasa. Cuando una chica le gustaba sus alas resplandecían y aleteaban a pesar del propio Iván. Al fondo del autobús, tras una hilera de plumas quebradas, se preguntó si alguna vez encontraría, junto a las plazas reservadas a minusválidos, ancianos y embarazadas, un lugar para los seres alados. 

Apocalipsis 2012 (Rhinovirus) - Marcela




Rino despertó dentro de la nave. Allí tenía todo lo necesario para cumplir su cometido.
Introdujo la información en el ordenador central y esperó al resto de la tropa para salir juntos antes de hacer estallar la nave. Su éxito era el principio del fin.
A un nivel de dimensiones superiores ya tenían preparada la campaña de vacunación antigripal 2012.

Microhistoria - Analia



Yo   también me enamoré  otra vez,
 además   estaría  llena de  astillas del  cristal
las que el  actor de la película  ( el que es dos: él  y  su martillo) 
 rompió  delante de mi  cardíaco lugar hueco
 cuando Él  sin mirar con ternura   lastimó   texturas  luz del Puente

Cuaderno de bitácora: sesión 20

15 de enero de 2012, seis de la tarde, nos reunimos en Es Pou de s'hereva. Asistimos a la sesión: Marcela, Romanie, Rocio, Jason, Guillermo, Pau, Diana y Antonio.

Ejercicio: Escribir un microrrelato.

Lecturas compartidas:
  • Shah Idries: "La sabiduria de los idiotas"
  • Albert Masó y Manuel Pijoan: "Observar mariposas" 
  • Alfred de Musset: "Le saule"
  • Augusto Monterroso: "Cuentos, fábulas y lo demás es silencio"

Escritos sobre el mar




Analia: 
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al mar !
 
azul
misterioso 

poema húmedo


callas la fiebre
de Cualquier opaco


 Diana:

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Lengua generosa que lame las heridas de los hombres/ de la tierra/ de la arena

Saber decir hola y adiós y ola

Abrazo/caricia imposible de ser negado

Lametones/ Lengüetazos que juegan a recordarnos a Dios/ el infinito

Sustentador de vidas infinitas

Náufrago borracho que siempre vuelve a casa

Porción infinita de vida

Cielo al revés conteniendo sus propias estrellas/ Cielo bocabajo fabricante de sus propias estrellas
Marcela:
  
 
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1.         “Matriz de Gea, líquido salado, de vida y muerte”

2.         “Matriz salada, envuélveme. Silencia mi tormento en tu oscura profundidad”.

3.         “Mientras surco la matriz salada, sólo veo la estela”


Antonio:
Tira, estira, va, viene, se retira 
Un corazón natural bombea olas de agua y sal.

Jason:





1-Mis huellas borraste mil veces
   lamiendo, ruboroso, mis pies.

2-¡Bailalunas!





Romanie:


 


Movimiento de vaivén. Caricias marinas.
En el mar recuerdo los rincones olvidados de mi cuerpo.








Guille

Una ola muere
Donde nace otra
La espuma estará
Cuando te extingas.



Cuaderno de bitácora: sesión 19

18 de diciembre de 2011, seis de la tarde, nos reunimos en Can Nebot. Asistimos a la sesión: Marcela, Romanie, Rocio, Jason, Guillermo, Pau, Diana y Antonio.

Ejercicio: Descripción del mar utilizando como máximo 10 palabras.

Lecturas y audiovisual compartido:
  • Niko Kazantzakis: "Zorba el griego"
  • Adam Sagajewski: "Antenas" 
  • Ian McEwan: "Sábado"
  • Película: "Latcho Drom"  

    Can Cifre - Antonio

    " La última vez que le vi, juraba no haber jugado nunca antes al póquer, ni haber apostado. Cabrón, me sacó más de 10.000 pesetas casi pidiéndome perdón. Las buenas personas son peligrosas, siempre lo he sabido. Le dije, mañana por la tarde vuelve al bar y te pago. Nunca más le he vuelto a ver. Decía que el dinero le daba igual, que sólo era un juego. Cabrón, no te vas a escapar. Yo no le debo dinero a nadie".

    El hombre se acerca a la puerta de entrada de una casa cuyo jardín delantero está infestado de malas hierbas altas y secas. Toca el timbre.
    Un niño despeinado y delgado como un alambre abre la puerta.
    -Hola pequeño, ¿está tu padre?
    Inmediatamente el niño piensa: "¿Mi padre? La última vez que lo vi con vida se alejaba por esta misma puerta, prometiendo que volvería a buscarme para ir al cine, y que me compraría un nuevo libro de Los Cinco".
    El niño mira al extraño, se gira hacia el interior de la casa y grita:
    -Mamá, hay alguien que pregunta por papá.
    La madre deja caer al suelo la taza de té caliente que aguanta en las manos. con el impacto llega a su cabeza el último recuerdo de su marido vivo: "Mi marido estaba a punto de salir, contento. El día anterior había estado con antiguos compañeros de la mili y había ganado una apuesta. Me decía, no te preocupes, tardaré un poco, pero he de ir, necesitamos el dinero para permitirnos algún capricho".
    El segundo grito de su hijo desde la otra sala llamándola le hace reaccionar. Se levanta y va hasta la puerta. Ve al extraño y le pregunta:
    -¿Qué quiere? Mi marido no está.
    -Da igual. Sólo quería saldar una deuda con él. Dígale que soy un compañero de la mili.
    Y el extraño le tiende un sobre blanco con dinero dentro. Se aleja. La mujer se queda parada y su mirada también se aleja. El niño observa.          

    concierto para piano



    _ Mamá !!! ha venido un tal Pedro , dice que quisiera hablar con Papá!

    _ Buenas  tardes! Soy María, Mariano a muerto. Su piano quedó  mudo hace tres años.

    _ Lo siento mucho!, seguro que ahora toca tocatas a los  ángeles. Ahora  vivo en Praga,  le conocí en Mallorca en un festival de jazz en el 2001 , era un músico irreverente y solar como digo a veces. He venido  a Ibiza sólo por un concierto, es este domingo . Pensé en verle era mi único conocido  en esta isla, no tenía su teléfono  apenas recordaba esta dirección. Me encantaría  invitarles al concierto entonces.

    _Es un buen regalo de navidad no crees Pablo!, dice María a su hijo.

    _ Hasta  el domingo entonces, dice  Pedro .


    Diario de María:

    “ Anoche  fui al teatro,
    Pedro, un colega  conocido de Mariano, nos invitó a Pablo  y a mi.

    Orgánicamente  me caí dentro de la música,  me pregunto si éso sentía durante sus soleadas en  su estudio,  el jazz del clarooscuro  era su arte!
    De nota en nota  la música blanca me  abría espacio entre los ventrículos, cada resonante  caricia guardada entre ellos , recuerdo de la música con la que vestía mis días. Ya casi  es navidad  de nuevo  y Pablo ya tiene doce años. En  el espacio intermedio de estas  líneas  suena  un  concierto para piano sólo.”

    Niño - Diana C


    Andrés estaba secando los platos. Se había subido a un taburete para llegar a la encimera. La última vez que una loza se le rompió, su madre, al oír el ruido, salió de la habitación. Se quedó parada en la puerta mirando el suelo, sin decir nada. Ojalá le hubiese gritado, así él también hubiese podido gritarle de vuelta, y luego, tal vez, se hubiesen abrazado. Pero no. Su madre al ver los pedazos rotos lloró, y no pudo parar, sentada junto a ellos en el suelo de la cocina. Qué pena, pensó, de todos los platos que he secado el único que ha visto es el que se me ha caído. Pero eso ahora no importaba. No podía romper ni un solo plato más. Trataba de concentrarse con todas sus fuerzas. Aún así, a veces se distraía. Pensaba en la clase de gimnasia, en que quería ser futbolista. O en María de sexto C. Esta vez una libélula se paró en la ventana irisando sus alas al sol, y Andrés se fascinó mirándola. Entonces llamaron al timbre. El estridente sonido de campana vieja  le sobresaltó e hizo que el plato se escurriera de sus dedos. Sus mandíbulas se apretaron, su cuello, su respiración paró y toda la adrenalina de su cuerpo se dirigió a sus manos que lograron, en un giro de último segundo, cazarlo. El equilibrio perdido, un paso hacia atrás, dado en falso. Andrés cayó de espaldas apretando el plato contra su pecho. Se hizo daño. Fue a abrir la puerta cojeando y apareció un señor enorme que le miraba con el sol dándole por la espalda. La sombra de su cara hacía un pico anguloso en su pecho.
    -      Buenos días, ¿está tu padre?
    Andrés apretó el plato aún con más fuerza.
    -      No, no está.
    -      Y ¿sabes cuándo va a volver ?
    Cuándo iba a volver su padre... intentó pensar en su cara y se dio cuenta de que las facciones se iban difuminando en una angustiosa sensación de olvido. Los recuerdos se iban sustituyendo por otros nuevos: las fotos, fijas, quietas, eran ahora su padre y no el que una vez había presidido el salón con su periódico y el humo penetrante de sus pipa. Los abrazos habían dado paso al frío tacto de un mármol que se visitaba una vez al año, un beso que se daba a la piedra con la punta de los dedos. Andrés no sabía cuántas veces iba a morir su padre. Cada vez que había tenido que informar del suceso a otra de las personas a las que su madre le pidió que llamase – ella era apenas un ovillo de lana desbaratado- era una certeza que sumaba. Y así fue como, de tanto decirlo, Andrés terminó por creerse que su padre había muerto.
    Ahora, tres años después, llegaba este hombre reclamándole vivo. Hacía tanto que esto no le sucedía, que nadie resucitaba a papá, que Andrés sintió una bocanada de aire fresco en sus ahogados pulmones -una ventana abierta a la vida.
    -      Está de viaje, pero volverá dentro de un mes. Inténtelo entonces.
    Cuando el hombre regresó, esta vez abrió la madre.
    -      Hola, ¿Está Ernesto?
    -      No... pero... ¿no sabe? Ernesto falleció... hace,,, tres años – era la primera vez que su madre lo decía
    -      ¿Cómo? Pero su hijo me dijo...
    La madre, una vez hubo terminado de explicarse, subió corriendo cargada de una electricidad nueva al cuarto del niño. Aporreó la puerta.
    -      ¡Andrés! ¡Sal aquí ahora mismo! - bramaba, era un trueno. El niño abrió la puerta
    -      Qué...
    -      ¿Tú le has dicho a un hombre que tu padre seguía vivo? ¿Pretendes burlarte de èl, de mi dolor? ¿Es eso? ¿Te ríes de la gente? ¿Te parece gracioso que tu propio padre haya muerto?
    -      ¡Sí, me encanta que se haya muerto, me muero yo de la risa! ¡Tengo todo el derecho del mundo a reírme de lo que me de la gana, hasta de la muerte si quiero!
    Su madre le dio una bofetada. Después lo castigó encerrado en su habitación. Y después fue a la cocina y fregó los cacharros, haciéndolos chocar con gran estruendo. El niño se tocó la sorpresa de la mejilla ardiente, mirando por la ventana el árbol del jardín. Bajo su sombra descansaban unos pedazos de loza dejados ahí un mes atrás, cuando, una vez el hombre se hubo marchado, Andrés corrió y estampó contra su tronco el plato que solo unos minutos antes había rescatado.  Sonrió.  Mamá había resucitado.